Opinión

¿Hay que colegiar el periodismo?

Los periodistas no cuentan con tribunales de ética como la mayoría de las profesiones. ¿Quién es periodista y quién no? La responsabilidad social acerca de lo que se dice y se publica no siempre es un valor supremo.

Sábado 05 de Septiembre de 2020

Uno de los mayores debates en relación a la profesión del periodismo ha sido históricamente si es necesario contar con título universitario habilitante para ejercer. Esa discusión parece ya saldada porque pese a la existencia de colegios de periodistas en algunos países, como España, ni siquiera es exigible allí exhibir título de grado o posgrado para trabajar en un medio de comunicación. La práctica avala esta modalidad porque contar con título universitario o terciario no es siempre garantía de mejor calidad profesional sobre un periodista formado en el oficio o en otras disciplinas.

La diferencia radica, tal vez, en el bagaje cultural con que la Universidad prepara a sus graduados en campos interdisciplinarios. Para ser buen periodista hay que estudiar historia, política y economía, entre otras temáticas, además de hablar otros idiomas. También la lectura permanente y la actualización son indispensables. Pero por sobre todo, la ética debería ser un valor supremo en esta profesión y eso no tiene que ver solamente con la universidad. Lo mismo ocurre con otras profesiones.

El escritor Gabriel García Márquez, que se inició en el periodismo, lo definió así hace algún tiempo: “Para ser periodista hace falta una base cultural importante, mucha práctica, y también mucha ética. Hay tantos malos periodistas que cuando no tienen noticias se las inventan. Nos preocupa la crisis ética del periodismo escrito. El empleo vicioso de las comillas en declaraciones falsas y las citas de fuentes de altos funcionarios que pidieron no revelar su nombre –y que en realidad no existen–, o la de supuestos observadores que todo lo saben y que nadie ve”.

El argumento central de no colegiar el periodismo ha sido siempre el temor a cercenar la libertad de expresión. Los diarios norteamericanos lo resolvieron, en parte, hace casi un siglo con la introducción de las famosas y vigentes “Op-Ed” (abreviatura de “opposite the editorial page”), que son las notas de opinión de colaboradores externos al medio de comunicación que no necesariamente deben ser periodistas. Además, hoy el acceso a la divulgación de la información y opinión está garantizado por las redes sociales donde interactúan millones de personas.

Pese a que en Estados Unidos no es necesario el título habilitante, las universidades de periodismo son de excelencia. Una de las primeras de ese país fue creada gracias al aporte de Joseph Pulitzer, conocido por el premio a la excelencia en periodismo que con su nombre se entrega todos los años. Pulitzer no estudió periodismo pero entendió que la formación de sus redactores era esencial. Sobre todo después de que enviara a sus periodistas a cubrir la guerra española-estadounidense y los reportes no fueron del todo veraces, pero sí algo sensacionalistas.

En la Argentina, donde la decadencia general golpea también desde hace años a la calidad y credibilidad del periodismo, ¿no sería oportuno abrir el debate acerca de la necesidad de contar con colegios de periodistas, con miembros con títulos universitarios o ganados por la experiencia, para poder instrumentar tribunales de ética, como cualquier otra actividad profesional? Además, ¿no servirían para trazar una línea clara entre quiénes son periodistas y quiénes hacen un ejercicio ilegal de la profesión? Por ejemplo, ¿los panelistas de televisión, muchos con escasa o nula formación, los artistas con apellidos ilustres y las modelos que conducen programas, están habilitados para cumplir el rol del periodista? Se los ve opinar e informar con supuesta solvencia desde la pandemia actual hasta el complejo conflicto en Medio Oriente.

Y a los que son periodistas, ¿es pertinente ampararse siempre en las fuentes, a veces escasas y dudosas, cuando lo que se publica resulta ser falso o tergiversado y con fines deshonestos? Como cualquier otro ciudadano el periodista que comete un delito responde ante la Justicia. Pero no existe ningún tribunal ético basado en la deontología, como tienen los abogados, los médicos y tantos otros que tampoco revelan sus fuentes por la confidencialidad profesional.

Un órgano rector podría revisar todas estas situaciones con una sola finalidad: mejorar la calidad del periodismo en base a la ética, la moral y en beneficio de la sociedad.

En el país hay conductores de televisión que bebieron dióxido de cloro frente a las cámaras y su ejemplo causó la muerte de un niño. Otros promueven la violación de la cuarentena basados en las libertades individuales. También se ha visto a periodistas en colusión con fuentes ligadas al delito y que están en proceso judicial. Se sospecha que la plata de la política y de las empresas fluye siempre entre los inescrupulosos y que la “pauta” les hace perder independencia analítica. Se ha visto replicar información que se divulga por Twitter sin ser chequeada y que resulta finalmente falsa. Se ha escuchado hablar del periodismo de “guerra” o “militante”, aspectos que desnaturalizan el trabajo profesional. ¿Hasta dónde se puede bastardear la labor del periodismo argentino?

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El estadounidense Ernest Hemingway se destacó en sus brillantes crónicas de la Guerra Civil española como corresponsal de un diario. El ruso Vasili Grossman, por sus relatos desde el frente durante la Segunda Guerra Mundial para el diario del Ejército Rojo. Desde Stalingrado a Berlín, con un camello como mascota de las tropas soviéticas recreó, con no pocas dificultades por la censura militar, la magnitud de esa tragedia. Ninguno de los dos se había formado inicialmente como periodista, pero ambos advirtieron cuáles eran los ejes centrales de la profesión: informar sobre lo que se quiere ocultar, contar historias verdaderas y opinar con fundamento. Todo en un marco de responsabilidad ética hacia la sociedad.

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