Opinión

Ahora sí: el ocaso de Trump

Su bárbaro asalto al Congreso le haría perder el gran capital político con el que se estaba retirando de la Casa Blanca

Jueves 07 de Enero de 2021

Antes del demoledor asalto al Congreso de este miércoles que quedará en todos los manuales de Historia, Trump ya había superado todos los límites institucionales. Fue a partir de su derrota del 3 de noviembre. Más de 50 juzgados, desde los de primera instancia a la Corte Suprema nacional y la de Pensilvania, habían dictaminado que no había, no ya pruebas, sino ni tan siquiera indicios del tan denunciado "fraude electoral masivo" que solo logran ver Trump y sus fanáticos. Esa cincuentena de tribunales fueron todos muy tajantes en sus sentencias y resoluciones.

Entonces la batalla final de Trump se dirigió contra funcionarios de su propio partido, que gobierna el sureño estado de Georgia, donde apretó y extorsionó al Secretario de Estado (algo así como el ministro de Gobierno) Brad Raffensperger, para que le "encontrara" 11.700 votos con su nombre, que eran por supuesto inexistentes. Esto pasó el sábado pasado y el alevoso apriete se conoció el domingo. Trump le sugirió al funcionario que dijera que "había recalculado" para justificar el fraude que él le proponía. El secretario de Estado rechazó los avances y aprietes de Trump con firmeza y luego le dejó el lugar a un funcionario de segunda línea que estuvo a cargo del control de las elecciones en Georgia, quien dio una clase magistral ante las cámaras de TV de todo el país de por qué Trump mentía y decía falsedades groseras. También este funcionario de segundo nivel es republicano, claro.

El martes en Georgia, el Partido Republicano sufrió una derrota histórica: las dos bancas de senador nacional en disputa fueron para los demócratas. Esto garantiza a los demócratas de Joe Biden el control de las dos cámaras, algo bastante inusual en EEUU. Cuánto habrá influido el maltrato de Trump a esos funcionarios de Georgia en el resultado no se sabe, pero es posible que bastante. Luego vino el inenarrable miércoles de los hoooligans o walking dead trumpistas arrasando el Capitolio. Arengados y estimulados por Trump con su discurso de barricada apenas minutos antes de lanzar el asalto, digno de una película del Señor de los Anillos. Se vio allí una sucinta antropología del tipo trumpista más extremo. En EEUU les dicen despectivamente "red necks" y "white trash" (cuellos rojos y basura blanca, respectivamente). Son los marginales y semimarginales que desde los primeros 90 vieron cómo se iban cayendo de la economía o simplemente continuaban en el margen, por sus limitaciones formativas, mientras la nueva economía crecía al galope muy lejos de sus comarcas.

Son los campeones de las armas de guerra y de las teorías conspirativas que infectan Internet. Por supuesto que para ellos hubo fraude electoral, no tienen dudas ni tampoco pruebas, como su líder. No importan las montañas de evidencias en sentido opuesto: el complejo de inferioridad canalizado a través del redentor Trump puede muchísimo más que la racionalidad analítica y fáctica de esas evidencias. Más allá de estos pobres marginales, carne de cañón de Trump que seguramente veremos desfilar de mameluco naranja y cadenas en los próximos días ante tribunales penales, el punto que se alcanzó en el Capitolio no tiene precedentes. Es una obviedad ya dicha, pero conviene repetirla. Hay que remontarse a 1814, dicen los estadounidenses, para hallar algo similar.

EEUU es la democracia más antigua del mundo, tomada de modelo para construir las democracias latinoamericanas en el siglo XIX, no solo su diseño constitucional sino como ideal de las élites y clases medias urbanas. Trump le produjo un daño que tardará mucho en repararse, si es que algún día se logra. Deberán pasar muchos años de gobiernos ejemplares para conseguirlo. El miércoles, los enemigos locales de ese modelo no podían ocultar su alegría morbosa. "Ven? ese es el modelo de ustedes" era el nudo del "argumento" del populista promedio argentino y latinoamericano. "Después se espantan de Venezuela" fue otro leit motiv.

La dictadura de Maduro no dejó pasar la oportunidad, claro, y publicó un solemne comunicado donde se mostraba muy preocupada por lo que ocurría en Washington, como si hablara desde Estocolmo. Días antes, en Caracas se había terminado de usurpar el Congreso con la posesión de unos diputados surgidos de un fraude masivo y con la verdadera oposición apartada de las boletas electorales y sus figuras principales presas, exiliadas o con sus derechos politicos anulados.

En EEUU ahora se pronostica el fin del "trumpismo" por el costo que tendrá el bestial asalto del Capitolio. Fue necesario semejante acto de ataque a las instituciones para que los líderes republicanos finalmente le soltaran la mano a Trump. Cierto, ya lo habían comenzado a hacer antes, con la ley de Defensa vetada por Trump, que ratificaron en las dos Cámaras para anular ese veto, pero este miércoles al menos13 senadores y un centenar largo de representantes se disponía a avalar las denuncias de fraude de Trump, haciendo del trámite de certificación del resultado del Colegio Electoral una sesión interminable en lugar del trámite aburrido y rápido que siempre fue. La invasión terminó con esos planes y muchos legisladores republicanos retiraron su compromiso de objetar el resultado del Colegio Electoral, espantados luego de que ellos mismos fueron obligados a evacuar el Congreso en medio del caos, y también espantados por el costo político que ven venir para todos los que estén alineados con Trump. Por eso la certificación del triunfo de Biden salió en la madrugada muy rápido.

El dictamen de muchos analistas políticos en Washington es que Trump quemó en la tarde del miércoles su capital político. Este era muy considerable y lo posicionaba con fuerza para 2024. Pese a la derrota en las elecciones del 3 de noviembre ante Biden, que resultaron mucho más parejas de lo que preveían los demócratas y los medios. Sus 75 millones de votos ahí están. ¿Pero cuántos están después de lo visto en el Capitolio? Los sondeos lo dirán en los próximos días y semanas. La actitud súbitamente "legalista" de Trump el día después, garantizando, ahora sí, una transición pacífica, también indica que parece haberse dado cuenta de que "se le fue la mano", para decirlo en términos criollos.

Lectura local y regional

A nivel de la Argentina, el episodio deja sus lecciones. La rápida reacción de regocijo y festejo en las redes de los sectores duros del oficialismo "K" y de la constelación de "orgas" aliadas no deja dudas. Estos sectores "juegan" con Rusia, Venezuela, Nicaragua y China y contra el modelo que encarnan EEUU y Europa. Lo cierto es que con potencias autoritarias puestas a la par -en cuanto a poder duro, solamente- de Occidente (tomado este como el viejo G-7 y la UE, básicamente) el auge de la democracia experimentado desde mediados de la década de los 80 ya está en franco retroceso. Se volvió a un escenario similar al de los años 60.

Los pueblos y los ciudadanos deben tomar nota, si no les preocupan las libertades, que en esas naciones la economía es habitualmente gris y de muy baja performance. Ningún pueblo del nuevo modelo autoritario puede ni soñar con el nivel de vida que aún hoy y pese a la globalización tienen europeos y estadounidenses, japoneses, taiwaneses y surcoreanos.

Puede tomarse el ejemplo de la Rusia de Putin, tan admirada por el "cristinismo". Rusia, pese al auge económico de la primera década del siglo gracias al precio récord de los hidrocarburos, que se desinfló en 2014, no tiene hoy ni una marca global. Los rusos siguen viviendo mal y movilizándose en sus anacrónicos autos Lada, imposibles de vender en Europa. No tienen nada parecido a las marcas globales de, no digamos Alemania, sino Corea del Sur, un pequeño país sin recursos naturales y con la perpetua amenaza de aniquilación de su hermana psicótica del Norte. La Rusia de Putin solo sabe extraer gas y petróleo y fabricar armas. Como en tiempos de Stalin, básicamente. La misma mediocridad vale para los demás integrantes de esa constelación, como Irán. Venezuela no cuenta: y su colapso es un caso único en la historia económica. Sí, está China, pero además de la escala inalcanzable, China aplica, gracias a la lucidez de Deng Xiao Ping, a nivel interno un modelo de economía y educación empresarial que es una copia de EEUU. Sus universidades de élite imitan a las "Ivy League" y sus empresas públicas y privadas aplican los estándares de management y productividad que son propios de las grandes compañias estadounidenses. ¿Derechos de agremiación y huelga? No existen. Los sindicatos son del Estado y la huelga es delito, algo visto como traición al Partido, como lo era en tiempos de Mao.

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