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El demonio de Tasmania lucha por sobrevivir

No es de extrañar que el diablo de Tasmania fuera bautizado precisamente con ese nombre: cuando se excita, sus orejas se tornan rojas, su cuerpo desprende un olor nauseabundo y su potente mandíbula, dotada de prominentes colmillos, se prepara para asestar una mordedura excepcionalmente fuerte para su tamaño.

Domingo 14 de Enero de 2018

No es de extrañar que el diablo de Tasmania fuera bautizado precisamente con ese nombre: cuando se excita, sus orejas se tornan rojas, su cuerpo desprende un olor nauseabundo y su potente mandíbula, dotada de prominentes colmillos, se prepara para asestar una mordedura excepcionalmente fuerte para su tamaño. Por ello, este carroñero cuyo nombre científico reza Sarcophilus harrisii no ha gozado de demasiada simpatía.

Sin embargo, en los últimos años la imagen del marsupial endémico de Tasmania —la isla del sur de Australia en la que vive desde hace más de cuatro siglos— ha cambiado notablemente. El asco ha dado paso a la compasión, en parte debido a un tumor descubierto en 1996 que causa la muerte de más del 80 por ciento de los ejemplares. Algunos expertos calculan que de los 200.000 individuos registrados a mediados de los años 90 hoy en día sólo quedan 10.000.

El tumor facial (DFTD, por sus siglas en inglés) afecta de manera espantosa a este animal de unos 70 centímetros de longitud y 12 kilogramos de peso. Para muchos, sus últimos días son una tortura, pues las úlceras de boca y fauces no les permiten comer. Si no se logra controlar la enfermedad, el demonio de Tasmania podría desaparecer en los próximos dos años, tal y como le sucedió al extinto tigre de Tasmania. El último ejemplar murió en 1936.

El DFTD se transmite a través de los mordiscos, bien durante el apareamiento o en la lucha por la comida: las células tumorales pasan a la pareja o enemigo y se asientan en sus tejidos. No obstante, este tipo de contagio por contacto directo de un animal a otro es extremadamente raro en el caso de los tumores. La rápida propagación de la enfermedad, según los estudios actuales, se debe a la escasa variedad genética de la población de demonios, que hace que las reacciones del sistema inmune sean también menos diversas.

"La mayoría de demonios son, por lo general, clones inmunológicos", explica la genetista Katherine Belov, de la Universidad de Sydney. "Sus células son muy similares entre sí, y por ello resultan tan susceptibles al DFTD". Pero además, los tumores faciales no son el único peligro al que se enfrenta este icono de la isla: anualmente, decenas de demonios mueren atropellados en las carreteras de Tasmania. Y en cualquier caso, la esperanza de vida de este marsupial no suele superar los cinco años.

Ahora, el programa Salvemos al demonio de Tasmania intenta preservar al emblemático animal con la creación de un área protegida en una península de difícil acceso. Allí, en el extremo sureste de la isla —de camino a la antigua prisión de Port Arthur— hay una reserva privada en la que los animales viven prácticamente en libertad. Por todas partes, las señales de tráfico advierten a los conductores del riesgo de atropellos.

Además, parece que pese a la epidemia tumoral, algunos demonios están generando anticuerpos y que la vacuna en desarrollo funciona: más de un centenar de demonios criados en cautividad y vacunados, que fueron puestos en libertad en los últimos dos años, siguen con vida. Ahora, el objetivo es que se apareen con demonios salvajes y tengan descendencia.

John Hamilton, uno de los iniciadores de la campaña para proteger a los marsupiales, considera que la batalla ya está ganada: "En nuestra península hemos salvado a una enorme población. Puedo afirmar con seguridad que el demonio sobrevivirá".

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