La ciudad

"Espero que el libro que ganó el premio sea mejor que yo mismo"

Patricio Pron | Bío | El escritor rosarino vive en España desde 2008. Obtuvo uno de los mayores galardones de la narrativa en español, el Alfaguara, con su novela "Mañana tendremos otros nombres".

Domingo 27 de Enero de 2019

Desde el otro lado del Atlántico, celular de por medio, es posible percibir la alegría en la voz de Patricio Pron. No es para menos: el escritor rosarino, que vive en España desde hace más de una década, ha ganado uno de los premios más prestigiosos de la lengua castellana: el Alfaguara. Un jurado presidido por Juan José Millás e integrado, entre otros, por el periodista y novelista argentino Jorge Fernández Díaz, decidió entregar el galardón a su novela "Mañana tendremos otros nombres", que fue considerada como "la fascinante autopsia de una ruptura amorosa, que va más allá del amor: es el mapeo sentimental de una sociedad neurótica donde las relaciones son productos de consumo".

Para Pron, nacido en 1975, la distinción no sólo significó hacerse con la suma de 154 mil euros, sino también formar parte de una destacada lista de premiados que incluye, por ejemplo, a Sergio Ramírez, Laura Restrepo, Juan Gabriel Vázquez y Elena Poniatowska, además de los argentinos Tomás Eloy Martínez, Leopoldo Brizuela y Eduardo Sacheri. Literalmente asediado por la prensa en este momento, Pron nos concede una generosa media hora desde su refugio en Madrid. El escritor fue colaborador de La Capital entre 2000 y 2001.

—Antes que nada, felicitaciones, Patricio. Y ahora contanos, ¿es cierto que en la novela con la que ganaste el premio describís cómo es el amor en estos tiempos, los tiempos de Tinder?

—Algo de eso, sí. Cuento la historia de una pareja que se separa, ya de cierta edad, y entonces los dos se ven obligados a "salir" de nuevo al mundo. Y se enfrentan con un paisaje muy distinto del que conocían. Este es un momento histórico singular, con más incertidumbres que certezas, pero precisamente esos momentos son los más interesantes. Y la novela lo describe, sin pontificar.

—Vos tenés cuarenta y tres años, ya sos de otra época. ¿No te generan estupor los cambios que se viven o, en cierto modo, pánico?

—Estupor sí, pero no me siento amenazado. Aunque, claro, tú y yo hemos establecido relaciones con las personas sin todas las mediaciones que existen actualmente. En el presente existe otra complejidad, aunque esa complejidad no es necesariamente mala, y acaso tenga que ver con una serie de luchas que se están dando en la sociedad hoy día. Por ejemplo, la manera en que las mujeres han tomado las calles no debe provocarnos miedo, sino impulsarnos a pensar nuevas formas de comunidad y también nuevas formas de pareja.

—La novela no está aún a la venta...

—No, sale a fines de marzo.

—¿Me podés dar más detalles de la historia que cuenta?

—Se trata de dos personas, llamadas Él y Ella, que viven en una ciudad europea, que podría ser Madrid pero también cualquier capital. Como te decía, se separan. No tienen hijos. Entonces, ellos, que se sentían parte de "algo", tienen que volver a pensarse como sujetos individuales y se preguntan qué hacer y cómo hacerlo, en un ámbito que –tal como decíamos– ha cambiado mucho, con los desarrollos tecnológicos en el espacio de la intimidad, las nuevas definiciones de pareja y de género. Ambos pertenecen a un mundo que se extingue, y que es el mundo al cual vos y yo pertenecemos. En este nuevo mundo, los nombres que tenían ya no les sirven, y tampoco los modos en que antes abordaban la sexualidad.

—Aunque la pregunta parezca pueril, ¿tiene, digamos, un "final feliz" esa historia?

—Los miembros del jurado, que fueron sus primeros lectores y críticos, han hablado del carácter luminoso de la novela. Tal vez, entonces, podría hablarse de un "final feliz", aunque es muy difícil en este momento histórico pensar cuál es el final feliz de una relación. Es decir, ese "final feliz" puede llegar tras dos horas de sexo, tras una vida compartida entre dos personas, tras la aparición de una tercera persona, o puede tener lugar en el ámbito puramente virtual: construir una relación sin cuerpos. Todo indica, en síntesis, que el final feliz tradicional, ese de "fueron felices y comieron perdices", está desactualizado.

—Vos sos rosarino de la zona sur, te criaste en el habla argentina. Yo veo, sin embargo, por dar un ejemplo trivial, que escribís "apartamento" en vez de "departamento", y alguna vez leí en un texto tuyo una frase que me hizo pegar un salto, "coger un bus" por "tomar un ómnibus". ¿Cómo te manejás con la cuestión del español castizo, con las exigencias del mercado en ese sentido?

-Bueno, contrariamente a lo que piensan muchas personas, el mercado español no va en la línea de disimular las diferencias nacionales sino, más bien, en la de exagerarlas. Se considera que es más atractivo comercialmente. A un autor colombiano, digamos, no se le reclama que oculte sus rasgos colombianos sino que, por ejemplo, escriba sobre narcos o sobre las Farc.

-Pero lo que vos estás describiendo tiene que ver con el tema de la obra, y a mí me preocupa el lenguaje. ¿No te piden, por ejemplo, que escribas en un español "neutro"?

-No, en absoluto. Esa demanda sería completamente improcedente. Si me lo exigieran, lo rechazaría: un escritor es su lengua. Ahora bien, para quienes vivimos hace mucho tiempo afuera, en uno o varios países, la cuestión de la lengua es un asunto. Cada escritor tiene una forma de resolverla que es completamente individual. Alguna vez escribí acerca de tres casos que representan tres formas distintas de resolver el problema: los de Roberto Bolaño, Copi, Juan José Saer.

-A ver...

-Bolaño se contamina de los muchos "españoles" que conoce: las jergas mexicana y chilena, y también emplea expresiones que no se usan en todo el territorio español, sino apenas en algunas zonas. Copi, en cambio, se pone simplemente a escribir en francés.

-Otro caso extremo similar sería el de Héctor Bianciotti...

-Exactamente.

-Y me interesa tu visión de Saer.

-Bueno, Saer construye un territorio lingüístico que le pertenece absolutamente y que tiene algo, digámoslo así, de fósil. Lo cual no es una objeción, desde luego, yo soy un gran fan de su obra. Las que te menciono son tres soluciones posibles, y una cuarta, que es la que yo propongo, es la de ir hacia una especie de "transparencia", que sería la transparencia de las traducciones. Yo me formé con traducciones, muchas de gran calidad, y sin duda me han marcado. Después, ya sabes, voy siempre por la Argentina, y cada vez que vuelvo descubro nuevos modismos, nuevas entonaciones. A mí no me desagrada ese diálogo, que está en mí, de distintas lenguas nacionales.

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-¿Me das una breve lista de los escritores que considerás fundamentales?

-Esas cosas cambian mucho con el tiempo, ja ja. Yo diría que mis escritores de referencia, más allá de que hay muchos alemanes o ingleses, son argentinos. Tendría que nombrar a Ricardo Piglia, César Aira, Fogwill, Marcelo Cohen, Alan Pauls, Martín Caparrós, María Moreno.

-¿Y cómo te vinculás con Rosario? ¿Cómo la caminás cuando venís?

-Bueno, es una ciudad que ha cambiado mucho. Antes el río estaba cerrado, te acordarás. Ahora, cuando vuelvo, me sucede algo que suele ocurrir en los sueños: me parece que las cosas hubieran cambiado de sitio.

-Y es que han cambiado. ¿Qué lugares de la ciudad recordás más?

-Yo soy de Tablada. Cuando vivía en Rosario y trabajaba en la zona céntrica, solía hacer un recorrido que no puedo olvidar: desde Córdoba tomar Maipú hasta Pellegrini, subir hasta San Martín o bajar hasta 1º de Mayo, desde allí 27 de Febrero hasta Ayacucho, y Ayacucho hasta Deán Funes. Podría describir casa por casa ese recorrido, que hice desde muy pequeño, ya que prefería caminar a tomar colectivos. Y para mí hay un lugar que tiene una especie de misterio, que es la vieja estación Central Córdoba.

-Volviendo al premio, ganaste 154 mil euros, te podés dedicar a la poesía ahora... (risas). ¿Cuáles son tus planes para el futuro?

-Lo del dinero me parece la cuestión menos importante, aunque te parezca una frivolidad lo que digo.

-¿Vos vivís de la literatura, vivís de tu pluma?

-Sí, sí. Y por cierto que el dinero ganado representa un inmenso golpe de suerte, tanto para mí como para mi mujer. Nosotros estamos solos aquí en Europa.

-¿Ella es argentina?

-No. Es chilena, criada en Venezuela. Pero regresando a tu pregunta sobre el premio, lo que sí ha cambiado es la caja de resonancia: la caja de resonancia del Alfaguara es extraordinaria. La importancia que tiene, dadas la calidad y reputación de los escritores que lo han ganado en el pasado, implica una responsabilidad muy grande. Voy a tener que hacer una enorme cantidad de viajes en el lapso de un año a distintas capitales del mundo hispanohablante, llegarán cientos de entrevistas. Voy a procurar hacerlo bien. Aunque hay algo que quiero destacar: yo no he ganado el premio Alfaguara, lo ha ganado un libro que yo he escrito. Y si un libro es bueno, es mucho más inteligente y mejor que el autor que lo ha escrito. Espero que el libro que ganó el premio sea mejor que yo mismo. Bueno, peor que yo mismo, no puede ser.

-¿Y tenés proyectos de escritura para el futuro? ¿O por ahora se trata de gozar del premio, nada más?

-Bueno, gozar, en el contexto de estas veinticuatro horas frenéticas, es un poco difícil.

-Alguna botella de vino habrás abierto...

-Eh, sí, pero no vamos a ir por ese lado... Citando al maestro, Piglia decía que de joven él había soñado con escribir novelas, y que más allá de los premios o de su enorme reputación, lo que más lo satisfacía era haber podido cumplir con ese sueño. Puedo identificarme por completo con esa frase.


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