La memoria siempre tiene pliegues, huecos difíciles de llenar. Quizás por eso, Alicia Simeoni no pueda precisar la fecha exacta, ni tampoco la ocasión, de esa recorrida protocolar por el Museo Histórico Provincial Julio Marc que le tocó cubrir cuando recién había ingresado como periodista en el diario La Tribuna.
Pero, a falta de datos de contexto, secretaria adjunta del Sindicato de Prensa Rosario, sí puede precisar con todos los detalles, casi como si la escena ocurriera en cámara lenta, su intento de acercarse al dictador Jorge Rafael Videla para hacerle una pregunta. Recuerda el silencio del hall central del museo del parque Independencia en el momento en que el militar ingresó junto a su esposa, Alicia Hartridge. Recuerda que a la prensa se le había asignado un espacio en uno de los laterales de la sala y recuerda también como se fue colando hasta quedar a menos de un metro de Videla.
"Cuando logré acercarme fui muy formal. Tragué saliva y le dije: Señor presidente. Y él se dio vuelta me dirigió una mirada gélida, como si mirara una basura o un ratón, con esa mirada de malignidad que tenía. Y después miró de soslayo a los milicos que los acompañaban, que rápidamente salieron a mi paso con armas largas y me impidieron seguir avanzando", cuenta Alicia.
_Seguramente primero alguna pavada, pero después quería preguntarle donde estaban las personas que secuestraban.
_¿Qué pasó después?
_Algún compañero me tomó del brazo y me sacó del lugar.
_¿Escribiste algo cuando llegaste al diario?
_Seguramente hice una crónica vacía, contando que Videla visitó Rosario; obviamente no puede nombrar nada de lo que me pasó ahí.
El archivo del diario La Capital permite completar el relato. La nota que relata la estadía de Videla en el museo está fechada el 21 de junio de 1980, se titula "El presidente de la Nación visitó el Museo Histórico" y se ajusta a describir el paso de la comitiva por la sala.
Ocho años antes de todo eso, Alicia Simeoni, segunda hija de una familia humilde y estudiante súper aplicada, terminaba el secundario en el Superior de Comercio y tomaba dos decisiones que iban a marcar su vida: vendía una guitarra para inscribirse en la facultad privada de periodismo que funcionaba en el colegio Sagrado Corazón, en Mendoza y Moreno, el único lugar donde estudiar la carrera por esos días y se acercaba a "la Fede", la Federación Juvenil Comunista, a la que se afilió en el 75, después de que una bomba destruyera el local del partido, en la calle Pueyrredón.
El comienzo de la última y la más cruenta de las dictaduras argentinas, irrumpió en su vida como estudiante de nivel superior. "Yo empecé a estudiar periodismo en la primavera camporista. Trabajaba ocho horas y entraba a la facultad, en casa eran años económicamente muy duros, pero para mí eran años de mucho aprendizaje, de conocer un mundo totalmente nuevo", dice.
La alegría tenía fecha de vencimiento. Con la excusa de una asamblea realizada en el instituto, el 7 de junio del 73, Día del Periodista, se decide el cierre de la carrera. Alicia recuerda al hermano que conoció por esos años, el Pato Mauro, y sus compañeros de los años superiores, Víctor Aliprandi, Viviana Della Siega, Viviana Nardoni o Mirta Marengo gestionando la creación de lo que después fue la Escuela de Comunicación Social, el paso por Humanidades, las clases de Eduardo Garat, las lecturas de sociología y política, la voladura del bar Iberia, otro cierre de la carrera y una nueva mudanza a la Facultad de Derecho.
El golpe cortó de cuajo toda esa efervescencia. Para Alicia significó la detención de docentes y compañeros, el cierre del comedor estudiantil, el final de las asambleas. "Cuando estuvimos en Derecho, enfrente a lo que era el Comando del Segundo Cuerpo de Ejercito (hoy Museo de la Memoria) recuerdo que entraban los milicos a buscar gente. Son flashes aterrorizadores, tengo la imagen de dos o tres tipos de civil que entraban al aula y de nosotros quietos sin movernos".
Militante, mujer y periodista
En junio del 77, Alicia llegó al edificio de Santa Fe al 900, donde funcionaba el diario La Tribuna con instrucciones precisas.
"Hablá poco, no digas que militás, no digas que estás estudiando periodismo", le había sugerido Coco López, quien la había recomendado para ocupar el puesto de correctora en el vespertino preferido de burreros y quinieleros.
El diario era un mundo casi completamente masculino, en la redacción no había mujeres, solo la administración contaba con un par de empleadas, y Alicia aún recuerda los gritos de "loooba", cada vez que ingresaba al taller donde se imprimía el diario para entregar las columnas corregidas al linotipista.
"Un día me cansé, me paré en el medio de la imprenta y les grité "Bueno, estoy acá quien quiera venir y decirme algo me lo dice. Lo único que les pido es que no me griten más. Me di media vuelta y me encerré en la oficina de corrección". Después, por unos días, nadie volvió a gritar nada.
De sus primeros años de periodista, Alicia recuerda como que vivía dos vidas paralelas. Una era la de la militancia en la clandestinidad, la de las pintadas sorpresivas y contrarreloj y la de la participación de las escuelas de formación, y la de su oficina de corrección del diario.
"Era una forma de preservación a la que estábamos acostumbrados, de la misma forma que nos acostumbrábamos a caminar en la calle de una manera especial, nunca en la dirección del tránsito, y atentos a gritar nuestros nombres si nos pasaba algo, también nos acostumbrábamos a no exponernos en nuestros trabajos", señala.
En el 78, después del Mundial de Fútbol, empezó a trabajar como cronista en la redacción de La Tribuna. De esos días recuerda tres cosas: la adhesión sin fisuras a la información oficial, los comentarios sobre personal de los servicios que pedían a la dirección del diario las fotos de las movilizaciones que se realizaban sobre los últimos días de la dictadura y la crónica que nunca pudo escribir sobre la visita de Videla.
Muchos años después, ya estando en la conducción del Sindicato de Prensa, alguien le acercó un telegrama reservado del Ejército Argentino pidiendo al director del diario Rosario la nómina de los periodistas que trababan en la publicación "aclarando el puesto o cargo que desempeñan". La nota está fechada el 25 de enero de 1983.
"El miedo que se sentía en la calle, en las redacciones era real. Esas cosas pasaban", repite Alicia.
Varios años después de todo eso, entro a trabajar a Rosario/12, se especializó en temas judiciales, cubrió los juicios a los genocidas, el trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense, recorrió varios centros clandestinos de detención. Periodista, militante sindical y feminista, escribió sobre todo eso y también sobre temas de género.
"Fue como volver a poner en sintonía esas dos vidas", dice y hace un balance: "Resistimos la dictadura y ganamos la democracia estando en la calle. Muchas veces sentíamos que teníamos un gran vacío en el pecho del miedo que sentíamos, pero pudimos resistir. Y vencimos porque estuvimos en la calle, como estamos ahora en la calle con las mujeres. Resistiendo".