Economía

Argentina puede crecer: ¿lograremos tomar el camino?

Los países que crecieron en los últimos 50 años siguieron senderos similares. Frustra ver cómo Argentina persiste en repetir vanas recetas

Domingo 04 de Julio de 2021

La historia reciente de los países traza de manera evidente recorridos hacia el progreso más o menos virtuosos, que comparten características más allá del ethos de cada nación. Los países que crecieron y se desarrollaron en los últimos 50 años, amén de sus culturas, tamaños, tradiciones o ubicación en el globo, han seguido senderos similares. No hay secretos. Ni atajos.

Es por ello que sorprende y frustra ver como Argentina sigue obstinada en repetir recetas que no sirven. Renegociación de deuda, aumento del gasto público, creciente inflación y aumento por doquier de impuestos son algunas de las posturas que expresa gran parte de la dirigencia, sin sonrojarse, sabiendo que los resultados serán exactamente contrarios al crecimiento y al desarrollo. Spoiler alert: esto termina de nuevo mal.

La trayectoria argentina de los últimos 50 años muestra que hemos logrado una arquitectura perversa, que resultó en uno de los indicadores tal vez más escandalosos en un país con recursos: alcanzamos el 50% de pobreza. No logramos crecer y cuando crecemos, es insuficiente como para bajar esa pobreza. Vivimos en eterna volatilidad. Gastamos siempre más de los que tenemos y si no alcanza, no atacamos el origen del problema: o emitimos o nos endeudamos, lo que ahonda el drama. Eso detiene la inversión genuina y paraliza la creación de empleo privado que sirve a dinamizar la economía. Tenemos niveles impositivos ahogantes, que bloquean la creación de valor, los emprendimientos y la innovación. Y hemos creado en todos los niveles una burocracia elefantiásica e ineficiente.

Son problemas que parecen inabordables, pero no mucho más graves que los que tenían algunos países que estudié: Alemania de post guerra o Corea tenían un panorama negro enfrente y lograron superarse. Indagué en detalles sobre la historia contemporánea de 6 países: Chile, China, Irlanda, Noruega, Corea del Sur y Alemania, que recorrieron el camino inverso al recorrido de los últimos 50 años de Argentina. Mientras nuestros políticos —avalados por el voto de un país entero— emitían, se endeudaban, no lograban dominar la inflación, sumaban pobres y ahuyentaban inversiones, estos países crecieron y mejoraron sus indicadores económicos y sociales.

En los 6 países mencionados surgen 6 principios fundamentales sobre los que me gustaría reflexionar y tomar aprendizajes.

El primer principio es la reducción del tamaño del Estado para evitar crisis recurrentes de financiamiento. Reducir el tamaño del Estado es una quimera, pero debe darse para bajar el gasto. Hoy el contexto es propicio: sobra plata en el mundo.

El segundo principio consiste en lograr estabilidad macroeconómica, trabajando especialmente para erradicar el déficit fiscal, eliminar la emisión y poner coto al endeudamiento.

Un tercer principio consiste en potenciar la apertura, la libertad económica y la competitividad: un plan gradual para alcanzar a los países más libres del mundo. Esto requiere desregular la participación estatal del Estado en el sector privado.

Un cuarto pilar está relacionado al fortalecimiento de las instituciones económicas y políticas, para mejorar su eficiencia. Hay que alargar los períodos presidenciales a 6 años y tener elecciones legislativas cada 3, para evitar el desgaste que conllevan elecciones constantes y la falta de foco en la gestión por sobre la campaña y la elección.

Un quinto pilar es el trabajo sobre la Justicia: reformándola para lograr independencia judicial.

Por último pero no menos importante, el sexto pilar está relacionado con la educación y su adaptación a las necesidades educativas actuales. Es vital terminar con el estatuto docente y emular a los que hoy lideran –pero no lo hacían hace 50 años—las pruebas Pisa o similares.

No es un sueño de locos: hoy los ciudadanos de Chile, China, Irlanda, Noruega, Corea del Sur y Alemania viven mejor que nosotros. Si bien sus países no son perfectos y enfrentan contradicciones, en general tienen mejores salarios, más oportunidades de progresar y una mejor calidad de vida. Acceden a mejores productos y servicios, disfrutan de relativa certidumbre y pueden planificar, viven más seguros y gozan de más justicia, acceden a mejores servicios públicos y sus sistemas educativos son más eficientes.

Debemos tener madurez y la responsabilidad de distinguir entre caminos tal vez arduos pero que lleven a la prosperidad que Argentina supo conocer o promesas vacías y soluciones mágicas que nos hunden cada vez más en la debacle.

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