Con una convocatoria que superó las 250 personas en la terraza de la Plataforma Lavaren, Martín Kohan (Buenos Aires, 1967) presentó en Rosario, su último libro de ensayos ¿Hola? Un réquiem para el teléfono (Godot, 2022) De la hot line a la espera amorosa de Roland Barthes, de Tangalanga a Trotsky, de Raffaella Carrá a Emma Zunz, de Walter Benjamin a Carver, y mucho más, en una miscelánea de textos que indagan las múltiples formas de la conversación que solo fueron posibles con y por el teléfono, un objeto central del siglo XX que está cayendo en desuso para convertirse en tantas otras cosas. “Me llama la atención que la función haya caído y el nombre permanezca, a mi me suena disparatado aunque ya no lo es: «alcanzame el teléfono que te quiero sacar una foto» y al mismo tiempo no decimos «alcanzame la cámara de fotos que quiero llamar a mi tía» pero no es más absurdo semánticamente pedirlo así” expresó Martin Kohan en la charla que mantuvo con La Capital, un día después de la presentación en la Terraza, en la que durante una hora y media y con el cambio de frente frío en pleno febrero, cautivó al público con una auténtica clase de literatura. “Me apasiona la conversación literaria, que fue lo que ocurrió ayer. Cuando firmo libros estoy respondiendo al entusiasmo de lectura, no al reconocimiento de escritor”, afirmó el autor de Ciencias Morales, novela ganadora en 2007 del premio Herralde. El evento, organizado por Encuentro Itinerante, tuvo una convocatoria inusual para la presentación de un libro, aunque esperable alrededor de la figura de Kohan que, además de docente universitario y autor de una veintena de libros entre novelas (dos de ellas llevadas al cine), ensayos y cuentos, es uno de los más lúcidos pensadores de la cultura argentina contemporánea.
"Hace un par de años Boca me hizo un homenaje como escritor. Para mí fue conmovedor: por primera vez en mi vida entro al campo de juego, piso la cancha, camino y voy al arco. Me paro en el medio, se acerca el secretario de Cultura del club y le digo: ¿sabés por qué soy escritor? porque no llego al palo", contó y luego dijo: "La escritura no es un medio para ser escritor, es un fin en sí mismo, y cuando esa escritura encuentra lectores y lectoras me entusiasma muchísimo".
El autor de El país de la guerra y La vanguardia permanente reflexionó, además, sobre las transformaciones subjetivas que suponen los cambios tecnológicos y cómo éstos, a su vez, repercuten en el sistema literario. Por último, Kohan analizó las tensiones clásicas dentro del campo de la literatura, entre la academia (a la que él como trabajador pertenece) la industria cultural, el bestsellerismo y la agenda de tendencia. “La academia produce lecturas deseadas y deseables”, dijo, al mismo tiempo que alertó sobre el creciente mercado universitario, que ofrecen becas, fondos de investigación y programas que imponen "agendas exógenas, ya sean de mercado o dominantes políticas con las que hay que ponerse a tono. Esa no es la literatura que me interesa".
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Más allá de cierto aire de melancolía del libro, sos el único que se puso a pensar en la desaparición del teléfono cuando todos lo dejamos atrás y seguimos como si nada
Usemos una forma benjaminiana: “en trance de desaparecer”, por eso la melancolía, no de aquello que ya no está sino de aquello que se está yendo, se está extinguiendo, y entonces pregunto ¿qué supuso la aparición del teléfono y qué clase de inercia nos está haciendo pasar por todo esto como si nada? Cuando estamos atravesando una transformación muy notoria también en las ventajas y lo provechoso, porque mi postura no es en absoluto reactiva ni anti tecnológica, pero ¿qué estamos perdiendo como si no pasara nada? Cuando apareció, el teléfono supuso una forma de conversación inédita. Primero una perturbación como toda novedad, que fue la distribución estable de la interioridad del espacio burgués del hogar, de la casa, y del afuera: las calles, la ciudad, los otros. De pronto, con la sola presencia de ese aparato en la casa, esa distribución estable se había alterado, ahora el afuera estaba dentro, el mundo de afuera ya formaba parte del adentro.
¿Todo esto se está yendo de nuestras vidas? seguramente para muchos sea mejor, las respuestas pueden ser miles, pero se está yendo un mundo de experiencias muy fuertes, muy intensas y muy determinantes para la vida de todos. Y está ocurriendo como si nada. La relación entre tecnología y experiencia, es también la relación entre experiencia y sujeto, hay otro sujeto ahí, es otra subjetividad y otra relación con la palabra, y con el otro.
Y esas transformaciones tecnológicas, ¿de qué manera pensás que afectan la producción literaria?
Hay un cambio muy marcado en los últimos tiempos en la condiciones de publicación y de posibilidad de publicación. Entonces hay un estado de proliferación, distinto de otros tiempos, en los que también se publicaba mucho, pero las cosas pasaban por las cuatro o cinco editoriales grandes, y las tiradas eran más grandes. Entonces había un efecto de relativa concentración. Cuando empecé a publicar en los años 90, las tiradas tenían que ser de mil ejemplares si no, no le convenía económicamente al editor, la diferencia económica entre 500 y mil era mínima y te convenía tirar mil, pero después no vendías mil. Ahora, las nuevas condiciones de producción, de edición y publicación alteraron eso, el problema sigue siendo el papel, pero con las nuevas tecnologías vos podes imprimir 200, 100, 50, o 10 y que siga siendo redituable, y eso cambió radicalmente el estado de cosas, porque antes si no tenías para imprimir mil ejemplares no te podías largar, y ahora sí, te largas con 100 y ves qué pasa. Entonces se publica muchísimo más, y al mismo tiempo el fenómeno de las pequeñas editoriales se multiplicó a niveles exponenciales, por lo tanto el estado de cosas es muy diferente.
¿Eso supone que hay más escritores que antes?
Lo que parece estar pasando es la proliferación de talleres, es impresionante, es enorme, pero al mismo tiempo no hay correlación entre esa multiplicación de personas que escriben con el número de lectores, todo parece indicar que hay una cierta cantidad de personas, que no son pocas, que escriben y que no leen, y eso se nota en lo escriben.
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Martín Kohan junto a Juan Sasturain en la grabación del programa Ver para Leer.
¿Es lo que vos llamas el fetiche del “ser escritor”?
A mí nunca me pasó. Yo disfruto al escribir y disfruto al leer, y también de escenas como la de ayer, en la presentación, que es un intercambio literario. Firmar libros tiene que ver con gente que se entusiasmó leyéndote, estoy respondiendo a tu entusiasmo de lectura, no al reconocimiento del escritor. La escritura, la lectura y la conversación literaria me apasionan. Entiendo que a alguien le resulte deseable ese lugar de escritor, yo llego a ese lugar como efecto de escritura, la escritura para mi no es un medio para llegar a ese lugar. Sé que en muchos casos lo que desean es estar ahí, en la presentación del libro, el libro en la librería, la invitación a la feria, y es válido. Algunos cuentan que cuando los llevaron de chicos a la feria del libro se sentaron a escuchar a un escritor y dijeron yo algún día quiero estar ahí. Yo nunca sentí el deseo de ser escritor para estar en ese lugar, yo sentí el deseo de ser arquero para estar en el arco de Boca, y no me dio.
Hay gente que la parte de escribir les embola un poco, pero les parece que vale la pena pasar por eso porque después está el libro publicado y el nombre ¡les encanta! A mi escribir me encanta, publicar me encanta y me entusiasma, porque entonces va a haber lectura, y me encanta el intercambio o eso que llamamos conversación literaria.
Como intelectual que forma parte de la academia, ¿qué crees que se pone en juego en el campo literario hoy?
Así como me resisto a la solemnidad no sólo la de ser escritor, también me resisto a ella para hablar de la academia. Yo digo que laburo en la universidad, y por dos mangos. Y quitarle solemnidad no significa quitarle peso, es un lugar de legitimación, porque es un lugar de elaboración y sofisticación de la lectura, de lectores especializados, y las lecturas que se puedan llegar a elaborar en la universidad son deseables y deseadas, porque cuando Beatriz Sarlo te lee, es deseable esa lectura, cuando Josefina Ludmer te leía era una lectura deseable, porque es fabuloso lo que hacen con un texto cuando lo leen, entonces se desea esa lectura que no está solo en la universidad, pero es en la universidad donde se forman principalmente los lectores especializados.
Beatriz Sarlo una vez escribió sobre una novela de Claudia Piñeiro, la reseña era muy adversa, y sin embargo Claudia dijo que para ella era muy halagador, porque es muy reconfortante que alguien a partir de un texto que uno escribió elabore una lectura con ese grado de sofisticación.
Me parece muy ilustrativo este caso de alguien central en el mercado frente a una crítica adversa, en un estricto sentido valorativo. Y Claudia dijo «me gratifica que se analice así un texto mío» frente a otros comentarios que vienen con puros elogios pero sin elaboración, o por lo menos no en ese grado o intensidad. A eso me refiero con una lectura deseable y deseada.
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Kohan en la presentación de su libro en la sala Lavarden.
Fuente: Bertina Ruffini
Ahora que hablás del mercado, cada vez hay más agentes que posicionan sus obras siempre que se ajusten a la agenda del establishment, que de momento es "progresista"
El mercado estuvo siempre, hay literaturas más atentas a la demanda, a satisfacer lo que un lector puede querer, según las tendencias. En un momento fueron las novelas históricas, hoy puede ser la literatura del yo, el ecologismo o las minorías, o lo que fuera. Darle al lector lo que el lector espera, con la fórmula que tenía la mayonesa Hellmanns que era “satisfacción garantizada o le devolvemos el importe”, y que son textos que no corren riesgos ni quieren correrlos. Su grado de consumación más potente es lo que llamamos mercado. Si uno discute el mercado en relación a las ventas uno discute el mercado con el lenguaje del mercado, para mi se trata de una cuestión literaria y estética ¿qué tipo de escritura hay ahí? En los 80 esto era una disputa entre Juan José Saer, Piglia y Osvaldo Soriano, y la respuesta era que, como Soriano vendía mucho lo atacaban. No era exactamente un ataque y no era porque vendía mucho, más vale la pregunta es ¿cuáles son las condiciones estéticas y de posibilidad para una venta de decenas de miles? ¿Cómo hay que escribir para tener miles de ejemplares vendidos? y ahí hay una discusión literaria, no económica ni comercial. ¿Por qué Saer no vende 100 mil? porque no hay 100 mil lectores formados para leer a Saer, que es el desafío que uno como docente asume, que es el desafío de María Teresa Gramuglio, el desafío de Sarlo y el desafío que asume Martin Prieto a seis cuadras de acá: elaborar un lugar para la literatura de Saer y ampliar el campo de lectores posibles, y eso nisiquiera es promoción, que es otra vez el lenguaje del mercado, sino formación de lectores. Pero me temo que la academia también ha incorporado las agendas de los temas que "no pueden faltar".
¿Y cómo se da eso en la universidad?
Hay dos corrimientos, si pensamos la universidad y el mercado en términos nítidos, en el cual los autores del mercado empiezan a desear las lecturas universitarias. Y por otro lado, hay un mercado universitario, las becas, los fondos de financiamiento ¿a qué clase de proyectos se los dan? Las invitaciones a congresos ¿qué clase de temáticas priorizan? ¿Qué proyecto de investigación hay que presentar para obtener fondos? No es un secreto que dentro de la universidad uno puede hacer una ponencia sobre una novela que, reconocen, es pésima, ¿y por qué? "Porque incluye minorías", dicen.
"Porque estamos en un proyecto de sexualidades disidentes y a mi me viene bárbaro", o "estamos en un proyecto sobre ecologismo y a mi me viene bárbaro", ¿qué son esas definiciones temáticas? agendas de tendencias ¿y qué es ese corrimiento en los criterios de valor literario? En una editorial pasa eso, una empresa comercial dice vamos con el tema del momento, y vendemos, ¿pero por qué en la universidad?. Yo pretendo en un sentido saereano y adorniano, no verse subordinado a esas agendas exógenas, ya sean de mercado o dominantes políticas con las que hay que ponerse a tono, no es el tipo de literatura que a mi interesa. Y como esa es la tendencia y el estado de cosas, yo quise escribir, desde la crítica literaria, sobre el teléfono.
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