Superando las disputas medievales sobre la primacía de la razón o la fe, Descartes inaugura el pensamiento moderno tomando como modelo de racionalidad a la matemática y a la duda como regla metódica; y con ésta, su primera certeza: si él duda es porque piensa y si piensa es porque existe. De aquí derivará otras verdades, hasta la existencia de Dios mismo. Pero lo que faltaba era el modelo experimental. Si hasta podríamos invertir la certeza: sólo sé que existo; por tanto, a mi creencia en un Espíritu absoluto y en un alma inmortal bien puedo derivarla de esa “fe primordial”.
Y puesto en el tiempo mi “yo existo”, ocurre que soy y no soy. De momento a momento; en un fenómeno de tránsito de mi presente consciente, que transcurre de la retención de mi pasado inmediato a la orientación a un porvenir imaginado que anticipo. De ahí que mi perspectiva a este respecto sea necesariamente inestable y móvil, como faro de nave que oscila en la tormenta. Mi conciencia del tiempo se viene a confundir con este llegar continuo de nuevas circunstancias que sustituyen otras que se desvanecen en mí sin desaparecer ni olvidarse por completo. Sólo idénticos y como si no pasaran, se repiten los actos de la rutina diaria; que tanto me pueden significar este momento, este día… hasta abarcar la conciencia de mi vida entera; cuya fragilidad, como el faro que se mece suspendido en el abismo, el inconsciente implica.
Inconsciente que no se reduce a lo instintivo sino que abarca, aún, todo cuanto no conceptualizo. Tampoco se trata de un pasado que condicione por completo la vida, como parece derivarse del complejo de Edipo psicoanalítico: si la actividad racional se inicia ya en el sujeto infantil, en cuanto éste empieza a aplicar, en lo que se le presenta, un orden susceptible de ser controlado por el pensamiento, nos enseña Piaget. Con un carácter reversible que no tiene mi experiencia del tiempo según el párrafo anterior pero que así operaría la inteligencia y así procede sin duda, por otra parte, la experimentación científica al repetir el fenómeno para determinar su frecuencia.
No obstante, ya la fenomenología aplicada a aquella experiencia nos ha hecho ver la incidencia que tienen la significación y la intencionalidad, en la realidad humana; si bien nos lo ha mostrado con una cierta ambigüedad… pero mostrar lo ambiguo no es todavía comprenderlo.
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Jean Piaget en su jardín.
Sí ayuda a vislumbrar en tanto, la diferencia habida entre explicación causal y comprensión de implicaciones, entre el fenómeno y la intencionalidad. Ni tampoco cabe dudar de las conexiones existentes en las ciencias del hombre: tanto en las estructurales (Lévi Strauss con el lenguaje) como en psicología, sociología y otras; en tanto que estas relaciones interdisciplinarias no desatiendan niveles diferentes. Así la biología, que supone física y química, está supuesta a su vez en economía, en reglas de conducta, en valores y signos,… implicados en la vida humana.
Es que hay niveles jerárquicos en las estructuras del espíritu: entre lo individual y lo colectivo; entre valores cuantitativos y cualitativos, inmanentes estos últimos a las evaluaciones interindividuales…
De modo que, ante el aumento de una complejidad caótica, la alternativa sea su estructuración. La que, por tratarse de interacciones e interdependencias, deberá consistir en aplicar las regulaciones y equilibraciones que sean necesarias. Si bien “en el sentido dinámico y constructivista de las superaciones continuas”; no tan sólo por equilibrio físico de fuerzas ni por superación dialéctica del conflicto entre tendencias, sino por “una reorganización que constituya su síntesis equilibrada”.
En cuanto al hecho social, ya en la sociología animal lo vemos aparecer; por haberse empezado a distinguir de lo orgánico: se dan ya en él, interacciones “exteriores” que no se reducen al instinto. Y mientras que la explicación biológica se ocupa de las transmisiones internas heredadas y de los caracteres determinados por ellas, la sociología, a su nivel, lo hace de las exteriores: transmisiones e interacciones externas entre individuos.
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El gran antropólogo Claude Lévi-Strauss (1908-2009).
Y ya al nivel del individuo humano hay causalidad de las conductas pero, asimismo, (lo tenemos dicho), implicaciones en la representación (sólo falsas si, siendo verdadera la condición, no lo es la consecuencia, nos dice la lógica)… en una “construcción operatoria” (en términos de Piaget), que traduce en estructura mental las potencialidades del sistema nervioso. Habiendo correspondencias entre factores materiales y “conciencia colectiva”; lo cual conlleva una noción de totalidad, siendo el hombre el elemento y la sociedad el todo: es que habiendo hombres en interacción habrá por tanto ideas implicadas. Donde parece la ambigüedad, no eliminada del todo.
Ahora bien, ¿cómo concebir un todo que modifica sus elementos sin utilizar otro material más que esos elementos? Es que el todo social es menos conglomerado de individuos que sistema de relaciones; y “en cada una de éstas se engendra una transformación de sus términos”: la relación social es determinación recíproca de conductas; en que, tanto la acción procede del pensamiento como que a éste lo motiva la acción. La sociedad, “sistema de actividades”, “según leyes de organización y equilibrio”… si ya en la relación social hay totalidad que transforma al individuo en su misma estructura mental. Ambigüedad entonces, pero también estructura… que ambas dieron paso al mundo moderno, con la libertad de pensar y el derecho a dudar.
Y hay por fin, en la vida social humana, un aspecto afectivo, en que rigen valores; presentes en el hecho social ya en su base, en lo que Gurvitch denomina “el hecho normativo”, en que se concilian y regulan. De donde, una común cultura social.
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