Cultura y Libros

Un bienvenido oasis de autenticidad en medio de tanto y tan elogiado olvido

En El niño del tren, recientemente publicada por Edhasa, el novelista italiano Paolo Casadio logra escapar de las coordenadas de un árido presente y conmueve al lector.

Sábado 24 de Noviembre de 2018

No resulta sencillo para el consumidor de ficción orientarse en la selva de las librerías. Y es que, pese a que como una muletilla muchos sostienen que se lee menos (y es posible que así sea), se edita, sin embargo, profusamente. Las novedades, entonces, van y vienen de las vidrieras y las mesas de exhibición, y dado que su precio dista de ser amigable (sobre todo desde que gobierna Macri), sólo los más audaces y pudientes se arriesgan a invertir para ver de qué se trata. Ocurre que la crítica brilla, en general, por su ausencia. Y en consecuencia, son el boca a boca —que nunca pasa de moda— o el consejo de un librero de confianza los que asumen el rol de intermediarios entre el escritor y su imprescindible contracara, esa maravilla que se llama "lector", de la cual depende el destino del mundo.


Edhasa es una editorial que tiene la tradición de publicar textos valiosos. Entre las novelas que difundió recientemente está El niño del tren, del italiano Paolo Casadio.

A Casadio, en la Argentina, apenas deben conocerlo (si es que lo conocen) los especialistas en literatura italiana. Nacido en 1955 en la bella Rávena, vive en Godo, localidad cercana a su ciudad natal. El niño del tren es su primer libro traducido al castellano.

Tras una acerba mirada a la desafortunada tapa, el autor de estas líneas abrió el volumen con desconfianza. Tal escepticismo —fruto de décadas de lectura de supuestas "obras maestras"— se fue diluyendo, sin embargo, casi de inmediato, para irse tornando —oh sorpresa— en interés creciente, primero, y franca admiración, más tarde.

Y es que el arranque de la novela resulta ciertamente atractivo. La historia de la joven pareja compuesta por el empleado ferroviario Giovanni Tinni y su bella y embarazada esposa Lucía, quienes a principios de la década del treinta del siglo pasado llegan a una minúscula localidad montañesa de cuya estación de trenes él se ha transformado en jefe, atrapará inevitablemente al lector. El nacimiento del pequeño Romeo será el punto de partida para que el matrimonio —sobre todo ella, personaje que se irá convirtiendo paulatinamente en inolvidable— modifique su negativa percepción inicial del pueblito para ir afianzando, tanto con sus habitantes como con el áspero paisaje que lo entorna, un vínculo amoroso.

Ya desencadenada la Segunda Guerra Mundial —de cuyos efectos el aislado villorrio apenas se entera—, la inesperada llegada a la estación de un tren cargado de prisioneros judíos con destino a los campos de concentración alemanes cambiará bruscamente la bucólica realidad cotidiana de los habitantes de Fornello. Sobre todo porque entre los condenados hay una niña de inquietante belleza de quien Romeo se enamorará de manera instantánea.

Pero carece de sentido avanzar en el relato de la trama. Lo que convierte a El niño del tren en una novela altamente recomendable en esta época de vacas flacas en el campo de la creación literaria no es la destreza de su autor en el terreno argumental sino su talento para construir personajes y la sensibilidad de que se nutre su prosa, precisa y elegante.

Ajena a urbanas posmodernidades, la obra del sorprendente Casadio no teme internarse a fondo en un ámbito que tiende a extinguirse en esta época exangüe: el de los sentimientos. Aquellos lectores que (sin pretensión de comparar) recuerden a Vittorini, Pratolini o Pavese, y descrean de la matriz borgeana del reseco Calvino, se sentirán agradecidos de haber descubierto en El niño del tren un módico oasis de autenticidad en medio de tanto y tan elogiado olvido.


¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario

script type="text/javascript"> window._taboola = window._taboola || []; _taboola.push({flush: true});