Cultura y Libros

"Somos un país moldeado por un proyecto autoritario"

Federico Lorenz, autor de libros cruciales a la hora de pensar la Argentina contemporánea, acaba de volcar su vasta experiencia al frente de un aula en Elogio de la docencia, un texto donde las ideas se muestran en carne viva.

Domingo 25 de Agosto de 2019

El argentino Federico Lorenz no es un apellido más en el panorama de quienes intentan pensar el mundo y el país de este convulsionado presente. Autor de libros intensos y controversiales, como Cenizas que te rodearon al caer (sobre la breve y tremenda vida de la montonera Ana María González), Los muertos de nuestras guerras y Todo lo que necesitás saber sobre Malvinas, este docente nacido en 1970 decidió justamente volcar, en su último trabajo, su larga experiencia al frente de un curso. El fruto resultante se llama Elogio para la docencia y es un texto atípico en esta época de grisuras y neutralidades.

Aferrado a una visión humanista, Lorenz se juega a fondo por valores que hoy parecen perimidos, pero lo suyo no es un canto a la nostalgia sino una apuesta por el futuro. En diálogo con este suplemento a través del correo electrónico, dejó muy claras tanto su desconfianza respecto de las nuevas tecnologías como su fe en que es posible restaurar los diálogos perdidos y refundar la capacidad de cambiar el mundo.

—¿Por qué afirmás que el que se vive en la actualidad es un contexto de desesperanza? ¿Aludís al país, al planeta entero?

—Pienso que hay una desesperanza en un doble sentido. En un clima concreto de coyuntura, fruto de una serie de factores: el avance mundial de distintos autoritarismos, el empobrecimiento de la discusión, el afianzamiento de una serie de desigualdades. Pero también “des-esperanza” en el sentido de que ese sentimiento ha sido limitado en su potencialidad, tanto por derrotas estructurales como por su traducción en metas cortas, que le quitan potencialidad. No se trata de que no existan grandes objetivos colectivos, sino de que las fuerzas que las sociedades pueden dedicar a concretarlos, de alguna manera, están tan precarizadas como su cotidianeidad.

—En cierto momento sostenés que el mundo globalizado e hiperconectado es una forma “engañosa” de comunidad. ¿A qué te referís, específicamente, y qué conjunto de fenómenos definís con la palabra “presentismo”?

—El presentismo es la anulación de las tres dimensiones temporales, pasado, presente y futuro, subsumidas en un único presente permanente. No hay un linaje (político, familiar, de clase) que remita al pasado; lo vivido socialmente es parte de una serie de imágenes convocadas con ritualidad para los aniversarios y en los memoriales, pero que no necesariamente encajan en una discusión alimentada por cuestiones del presente: discutimos los setenta, por ejemplo, en términos de los setenta; Malvinas, como si la guerra no hubiera sucedido. La derrota de proyectos políticos que le disputaron la hegemonía al capitalismo ha logrado instalar una sensación de que las condiciones del mundo que habitamos se discuten dentro de lo dado. La imaginación del futuro se empobrece: cómo volverse “normales”, por ejemplo, dentro de reglas ya dadas. ¿Quién imagina otras reglas? En cuanto a la conectividad y su carácter engañoso, me refiero a que los instrumentos son tales en tanto están al servicio de condiciones innatas de los humanos: su agencia, su imaginación, su sensibilidad asociada a lo corporal, por ejemplo. Hoy podemos “conversar” sin vernos, sin compartir un espacio, con alguien en cualquier lugar del mundo. Las dos dimensiones básicas del pensamiento histórico están borradas: tiempo y espacio. No lo digo como si fuera un destructor de máquinas en la Inglaterra de la Revolución Industrial; lo digo pensando que tenemos que pensar qué consecuencias tiene eso para nuestro pensamiento y nuestras formas de acción colectiva.

—Hay una frase muy significativa: “Nosotros somos el futuro de los proyectos revolucionarios derrotados”. ¿A qué proyectos te referís y qué rescatás de ellos? ¿Creés que la noción de revolución merece ser sostenida?

—Digamos que con la implosión de la Unión Soviética, con el impacto simbólico de la caída del Muro de Berlín, por poner dos hitos tan caros a las periodizaciones, el mundo bipolar se disolvió, y desde ese momento no solo se aceleró la globalización sino la consolidación de facto de la dominancia del capitalismo. ¿Es hegemónica? No, aún no lo es. ¿Busca serlo? Por supuesto que sí. En el caso argentino, concretamente, la democracia en la que vivimos desde 1983 fue amasada entre otras cosas con los huesos y la sangre de miles de argentinos. Los sectores sociales, corporaciones e instituciones que emergieron victoriosos de esos años marcaron a sangre y fuego las reglas del juego de la convivencia. Somos, en buena medida, un país moldeado por un proyecto autoritario, al servicio de intereses económicos concretos. Entonces, cuando aludo a que nosotros somos el futuro de la revolución (su distopía, si se quiere), intento provocar. Quiero romper la idea de que no se pueden pensar comunidades políticas con otras reglas que no sean estas; quiero recuperar la idea de la acción política colectiva. En ese sentido, por supuesto que la idea de revolución debe ser no digo recuperada, sino resignificada. Revolución asociada a los valores de la izquierda: la solidaridad de clase, la igualdad, la fraternidad, la impugnación del capitalismo como sistema de explotación. Esas críticas, quienes se reconozcan en ellas, deben poder a la vez encontrarse en los experimentos políticos que los precedieron y recuperar la noción de que los procesos históricos son de larga duración. Por lo tanto, también deben ser capaces de criticar a quienes los precedieron. Pero como quien critica a compañeros, no como quien condena a culpables.

—¿Por qué asegurás que, al menos hoy, el anacronismo es revolucionario?

—Lo es porque plantear una temporalidad diferente, la de la escala humana, es disruptor. Recuperar los espacios para el encuentro y la construcción a partir del diálogo es disruptor también. No es lo que se espera de nosotros. No se trata de un anacronismo que exhuma proyectos antiguos, sino que permite el reencuentro con sensaciones que sí lo son: la de lo colectivo, la de la agencia, la de saberse protagonistas de la historia a partir de una imaginación de futuro. No puedo hacer eso si no pienso a mi escala. Y el ser humano, si bien puede “proyectarse” tecnólogicamente, “es” en un lugar y un momento dados. Recuperar esa conciencia, entonces, es revolucionario.

—Te referís al horror que constituiría un “mundo de consumidores”. ¿No es este, ya, un mundo de esas características? ¿Es posible revertir esa situación?

—Pienso que sí es posible modificar esa situación. El horror no es tanto ser un mundo de consumidores, sino llegar al extremo de que los seres humanos seamos objetos de consumo. Lo hemos sido en el pasado, pero capaces de identificar luego esa situación, y denunciarla. La esclavitud, por ponerlo en situación extrema, no era ni más ni menos que la compraventa de personas. Hay mecanismos mucho más sutiles de perder la libertad, aunque seamos libres. Podemos ser culturalmente esclavos, y ese es el mayor peligro.

—¿Cómo describirías brevemente el estado actual de la educación en la Argentina?

—No puedo ser tan pretencioso de ofrecer un diagnóstico en un panorama complejo y muy diferente regionalmente. Pero es evidente que el ataque simbólico y material a la educación pública, el aumento de la brecha entre las familias con mayores y menores recursos es cada vez más grande. Si por “educación” pensamos en “conocimiento y su producción y transmisión”, es más sencillo pintar un panorama de deterioro creciente. Los recortes en Ciencia y Técnica son un dato insoslayable. Los bajos sueldos de investigadores y docentes son inversamente proporcionales al lugar que culturalmente se le asigna a la educación. Es una cosa bastante esquizofrénica, ¿verdad? Sin embargo, vemos en distintos medios, con regularidad, noticias que ensalzan ya la excelencia académica de las universidades públicas, ya la capacidad de los científicos, ya los logros de un chiquito que camina vaya a saber cuántos kilómetros para ir a clase… ¿Por qué no leerlos en la clave de entender que si no se destinan los recursos suficientes, si no se reconoce materialmente el trabajo de nuestros docentes y científicos, lo que hagamos siempre va a ser “a pesar de”?

—¿Por qué ves al profesor como un “demiurgo” y a qué te referís cuando hablás de la “endogamia y ombliguismo académicos”?

—Porque en las aulas se pueden discutir a escala capilar condiciones de vida aparentemente inmodificables. La escuela es caja de resonancia y amplificación de las problemáticas sociales, no es una isla. Pero el profesor, el docente, tiene que sentir que hace las cosas con un sentido que es la confluencia de una cantidad de situaciones: el sentido de la tarea, el reconocimiento material y simbólico que se transforman en saberse dignos, tanto por la tarea por lo que ese reconocimiento implica. Una legitimidad para ocupar ese espacio en el aula que los obliga a ser responsables en su tarea. Pues la importancia de la tarea se traduce en lo cotidiano, en su realidad. Tenemos que armar sueños, pero también tenemos que mostrar la encarnación de aquello que proponemos y la experiencia desde la cual hablamos. En cuanto al encierro de lo académico, lo pienso en dos vertientes. Existe aún una noción muy fuerte de que el espacio educativo es mero ámbito de transmisión del conocimiento que otros producen. Por otra parte, la acreditación científica se ha transformado en algo para iniciados: la evaluación de pares, la validación. Se “mide” con criterios científicos, y está bien, por supuesto, pero se le presta bastante menos atención a la incidencia de la producción científica en la sociedad. Hablo de las ciencias sociales, que es lo que más conozco. Si esos puentes no son anchos, fluidos, y de doble vía, el encierro termina justificando que después cualquier ajustador plantee la “inutilidad” de ciertos temas frente a otras “urgencias”. La divulgación, en ese sentido, sigue siendo una deuda. Es una forma específica de nuestra tarea.

—Salgari, London, Melville, Brecht, Calvino, Tolkien, Bradbury, London, T. E. Lawrence…. La lista de escritores (fundamentalmente, narradores) que citás en tu libro es extensa y entrañable. ¿Cómo los descubriste e incorporaste a tu vida? ¿Fue gracias a un docente?

—Calvino, tal cual comento en el libro, me lo recomendó un profesor. Habló del Barón Rampante en una clase diciéndonos que un día, en un acto de rebeldía, había decidido vivir en los árboles y no bajar nunca más… Ese profe, que hoy es mi amigo, Lucas, sembró la curiosidad a partir de un comentario casual. Por eso Elogio también dedica un espacio a recordar a aquellas y aquellos docentes que hicieron la diferencia y me orientaron. La lista de libros es más compleja en su armado. En el recorte que hacés, verás que muchos son autores asociados a épicas. La tarea del docente lo es. Para ir al punto, la biblioteca que uno porta es un catálogo no solo de libros y situaciones. Me remite a amigos, a librerías de usado, a recomendaciones y emociones compartidas y luego reproducidas como comentarios y mis propias clases. Es decir: me decís “Melville” y pienso en Agustín, que me prestó una edición abreviada durante el secundario; pienso en encontrar usada la edición de tapas celestes del Fondo Nacional de las Artes, y más recientemente, las conversaciones tan ricas con mi amigo Juan Duizeide, marino y escritor. Tolkien es un autor que me acompañó durante el profesorado, cuando regresaba en tren y casi podía escuchar las canciones de los hobbits o los cascos de los caballos a bordo del tren… Bradbury, lectura a escondidas en las viejas ediciones de Minotauro bien al fondo de la clase, y luego material de trabajo con mis alumnos de La Reja… No es que un libro es un palimpsesto, un lector lo es, un profesor lo es, y yo tuve la suerte de encontrar maestras y maestros que me ayudaron a aprender eso.

—¿Cómo es un día “normal” en tu vida?

—Doy clases en el Colegio Nacional de Buenos Aires, donde además soy coordinador del Departamento de Historia, e investigador del Conicet. Vivo en el Conurbano bonaerense, pero trabajo casi todos los días en Capital Federal, así que viajo en el tren Sarmiento, donde si la hora pico lo permite, aprovecho para leer. En ese sentido mi vida es semejante a la de millones de compatriotas. Trabajo lejos de donde vivo, como al paso, en la calle; desde que dejé el Museo Malvinas recuperé algo que me gusta mucho, que es caminar mi ciudad. Estaba enojado con ella, pero sigue teniendo esos espacios asociados a recuerdos donde el tiempo se detiene y vuelve a mi escala. Conscientemente busco esos recorridos, que sirven para ordenarse y procesar lo que absorbemos. Un día, por más anodino que sea, es como esos libros desplegables que al abrirlos nos muestran un paisaje que era completamente plano. No tenemos que privarnos de eso. Los días que puedo dedicar a la escritura, me armo un mate, comienzo a tipear (hace años que no escribo a mano, salvo algún texto breve) y trato de recuperar las ideas asociadas a las notas que he tomado durante los días anteriores, lo que me cuesta bastante pues he “adquirido” una pésima caligrafía. Pero eso es en general los fines de semana, o en horarios inverosímiles. Diría que mis tareas son rutinarias, no así lo que sucede en mis momentos de trabajo: en el aula te sorprendés siempre, tanto como ante la hoja en blanco. Trato de alimentar ese fueguito de todas las maneras posibles.

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