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París, bajo la luz de una estrella muerta

En su primera novela, Paula Klein bucea en la enigmática figura del artista plástico argentino Alberto Greco, quien se suicidó en plena juventud en la seminal década del 60

Domingo 19 de Septiembre de 2021

París, siempre París. La que para Ernest Hemingway era “a moveable feast”, la de Baudelaire, Verlaine y Rimbaud, la de Toulouse Lautrec, la de los surrealistas, la de Walter Benjamin, la de la Nouvelle Vague, la de Cortázar en Rayuela, la de tantos otros… Y, también, la del singular artista plástico argentino Alberto Greco (1931-65), quien pese a su pasión por Francia se suicidó –demasiado joven– en Barcelona.

Paula Klein, escritora porteña que vive en la capital francesa, donde se desempeña como profesora universitaria en el área de su especialidad, la literatura, fue seducida por el aura del prematuramente desaparecido Greco y lo convirtió en leitmotiv de un texto literario, nada menos que su debut. En su primera novela de sugestivo título, La luz de una estrella muerta, publicada por Mansalva, Klein se aferra a esta figura de ribetes malditos para desarrollar una trama seductora, que se lee a alta velocidad y genera un extraño desasosiego.

Cultura y Libros dialogó con la narradora, virtualidad de por medio. Ella, claro, desde París. Quien firma esta nota, desde la no tan glamorosa Rosario.

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Paula Klein: luz y misterio.

Paula Klein: luz y misterio.

–¿Cuándo surgió, Paula, esa fascinación por Greco que revela tu libro, y también por París, “esta ciudad en la que todo lo falso brilla”, según escribiste?

El interés por Greco surgió un poco por casualidad después de haber terminado mi tesis. Estaba escribiendo un artículo sobre artistas argentinos en el París de los sesenta y di con su manifiesto del Arte Vivo-dito que propone la idea de un arte vitalista, la idea del arte como una “aventura de lo real” que, sin transformar la realidad, nos la muestra desde una óptica diferente.

La fascinación por París es de larga data, casi una ensoñación infantil. Cuando llegué para hacer un máster acá, hace ya unos diez años, me tocó confrontar esa imagen idealizada con una ciudad que me parecía preciosa pero inaccesible, una especie de mausoleo enchapado en oro.

–¿Cuánto hay de la autora en la protagonista de La luz de una estrella muerta, es decir, de vos en Elena?

Es todo ficción, pero claro que hay algo de mis experiencias como becaria recién llegada, rodeada de otros argentinos en más o menos la misma situación, que sirvieron de inspiración. Hoy en día se habla de “autoficción” para nombrar esa reescritura imaginativa basada en experiencias personales, pero es un término con el que no me identifico del todo. Como dice Antonio Muñoz Molina, “una gota de ficción tiñe todo de ficción”. Un detalle real que retomo en la novela es mi experiencia como investigadora en la biblioteca del Arsenal, justo en los bordes del Sena en el Quai Sully-Morland. Es cierto que trabajar ahí y tener acceso a los pasajes subterráneos de la biblioteca, a las salas de manuscritos y otros salones de esa antigua residencia por la que pasaron grandes marqueses me parecía como estar en una novela de Victor Hugo.

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–¿Por qué creés que Greco partió hacia Europa? ¿Qué buscaba que no estaba en la Argentina, o mejor dicho en Buenos Aires? Y ya que estamos, retomo el paralelo: ¿qué buscabas, o buscás vos? ¿Lo encontraste?

Calculo que, en Greco, había algo de la búsqueda de novedad y también ganas de irse de un lugar en el que él siente que no se lo aprecia. A eso hay que sumarle que la situación en la Argentina del año 1554 se estaba poniendo cada vez más tirante para los homosexuales. Aunque Greco no hubiera hecho su “coming out”, los graffities con el lema “Greco puto” que inscribe en los baños públicos de París desde su llegada, dicen algo sobre ese clima de libertad recuperada. Y, por supuesto, está el hecho de que París, incluso en los 50 y los 60, seguía actuando como un foco del arte para los argentinos. Si te iba bien en París tenías una especie de garantía de poder hacer una carrera internacional.

En mi caso, buscaba crear una distancia lo suficientemente grande como para sentirme lejos de casa y, aunque me pese por momentos, eso lo encontré.

–El trasfondo de la novela -y arriesgo al opinar- es una atmósfera de lánguida derrota, en la que todo parece haberse perdido excepto una entrevisión de cierta remota belleza. ¿Cómo era, a grandes rasgos, el mundo de Greco, y cuáles son los cambios en relación con el de hoy si tuviéramos que compararlos?

En su Cuaderno de Centurión, que es un diario que Greco lleva durante su estadía parisina, nos habla de un París “caliente”, es el lugar del despertar sexual, de las aventuras, las fiestas, las discotecas y los flirts. Pero también está el Greco que deambula por una ciudad desconocida, con frío y sin plata, la postal típica de tantos artistas exiliados que atraviesan una serie de penurias para sobrevivir y aun así sueñan con vivir a lo grande.

Supongo que no alcanzaría una nota entera para hablar de los cambios que experimenta la ciudad, pero sí me gustó la idea de un París “copie-conforme”, ciudad de espejismos y de “trompe-l’œil”. Elena, mi protagonista, vuelve a visitar en el París de hoy algunos de los lugares y los antros en los que Greco salía en los sesenta, con Marta Minujín y tantos otros. Ella describe a París como una “ciudad en la que la magia ya no existe, pero los magos sí”. Y es cierto, como dice Edgardo Cozarinsky, que es una de esas ciudades que manejan el arte de abolir la discrepancia entre tiempo y espacio: hay muchos lugares que parecen copias perfectas de ese pasado cercano.

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–¿Por qué fue la novela y no el ensayo la forma que elegiste para retratar tu pasión –si esa fuera la palabra justa– por Greco?

Después de ponerle punto final a la escritura de mi tesis, que escribí en francés y me resultó ardua, yo también tenía ganas de reírme un poco de la opinión de los medios especializados y de contar, con algunas “instantáneas”, la vida de un artista que me parece genial. Greco supo transformar su biografía en un mito y también venderse como una marca de jabón en polvo. Sin embargo, en su momento, fue un recién llegado más, otro “argentino de París”, como los llamaba Copi, con sus ilusiones y sus frustraciones, como los hay hoy y seguirá habiendo mañana.

–Greco parece haber optado por la vida en lugar de la obra, por el manifiesto en vez de la producción, y sin dudas logró su cometido: el éxito (aunque acaso de manera póstuma). ¿Se puede crear, todavía, o en la actualidad solo es posible citar?

Greco hace de su vida un manifiesto y una obra de arte. Como diría Foucault, tiene una “estética de la existencia” muy poderosa. Mientras me documentaba sobre él y sobre su obra me lo imaginaba un poco como un equilibrista que atraviesa la cuerda floja, tironeado entre la necesidad de crearse nuevas aventuras y esa especie de sufrimiento o desesperación tan profunda que lo acompaña como un ave de mal agüero.

Sobre la posibilidad de crear hoy en el arte contemporáneo, les dejo la pregunta a los artistas.

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–Me gustaría que me dieras una breve o no tan breve lista de tus amores literarios...

Mis amores literarios son muy eclécticos. En una lista no tan breve diría, para lo que es la literatura argentina y citando a “las tres vanguardias” de Ricardo Piglia: Puig, Saer y Walsh. Para el resto, reconozco que soy muy clásica, prefiero a los escritores del “canon”: de Homero a Joyce, pasando por todos los que cita Harold Bloom. Por suerte, mi rol como docente me vuelve más “contemporánea”. Justo ahora estoy metida con los clásicos “de ayer y de hoy” de la literatura feminista (Virginia Woolf, Colette, Katherine Mansfield o Virginie Despentes), pero también con autoras latinoamericanas contemporáneas sobre las que hablo en mis cursos. Por citar solo a algunas: Selva Almada, Ariana Harwicz, Gabriela Cabezón Cámara, entre las argentinas; las chilenas Diamela Eltit y Nona Fernández, o las mexicanas Fernanda Melchor y Valeria Luiselli.

–En cierto momento recordás una frase de Copi, quien se autodefinía como “un ser apolítico y apátrida”: ¿era así Greco?

Copi definía a los “argentinos de París” como “seres apolíticos y apátridas”, aunque no exactamente “exiliados”.

Greco es un artista viajero, itinerante y muy libre. En ese sentido, no me parece alguien “arraigado” a una cierta argentinidad. En lo que hace a lo “apolítico” de su personaje, me parece que su obra es políticamente disruptiva precisamente porque él no juega el rol del “militante”. En España participa de algunas acciones antifranquistas, pero en él el gesto político no pasa por el “compromiso”. Retrospectivamente, podemos formular ciertas interpretaciones políticas de su obra, pero en lo personal está muy alejado de los exiliados políticos de los sesenta y los setenta.

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Así escribe: un fragmento de “La luz de una estrella muerta”

París, junio de 1954. “¿Me irá bien?”

Por Paula Klein

El invierno de 1954 fue el más duro que conocieron los franceses desde el final de la guerra. Ese año, las temperaturas glaciales congelaron el mar entre Dunkerque y Saint-Malo, condenándolos a un invierno sin fin. Mientras atraviesa el océano Atlántico, Greco seguramente no intuye aún la larga hibernación que lo espera. Arrugada en un bolsillo lleva la carta de recomendación que Manucho Mujica Lainez le dio, un salvoconducto para hacerse hospedar en alguno de los cuartos de servicio de André Breton. Sin embargo, el padre del surrealismo es difícil de contactar y, durante algunas semanas, Greco deberá costearse el alojamiento por sus propios medios, vendiendo mantas y ponchos norteños a parisinos apreciativos de los productos étnicos. No es difícil imaginarlo recién llegado en su hotelito de la rue Saint-Jacques, recorriendo las calles, esperando cruzarse con algún amigo, acosando en un francés incomprensiblemente enternecedor a los artistas que acaba de conocer, garabateando un impreciso proyecto de novela. El manuscrito, que terminará extraviándose, es su ancla con Buenos Aires. En la cubierta de su cuaderno hay un título escrito en lápiz:

Viviendo en casa de las tías viejas; el mismo de un cuento que le valió algunos elogios antes de su partida.

Pero demasiado rápido el hábito de vagar roe sus planes de éxito y plata rápida. El vicio de la deriva se expande como una mancha de humedad. Apenas resulta visible pero ya ha enviciado el aire y tal vez comprometido los andamios del edificio. Las horas pasan lentas y perezosas como un animal domesticado. El joven Greco camina y camina, y mientras el paisaje cambia, el mundo que lo rodea le parece hermoso. La calle, los semáforos, cualquier rincón al final de un pasaje angosto se le figura cargado de una belleza simple y salvaje. Cuanto más se atraganta con los detalles de esta ciudad más se siente observado. ¿Serán sus zapatos estropeados o esa bufanda que decide ponerse a veces como un turbante para contrarrestar el frío en su pelada? ¿Será que tiene pinta de paria? No le basta con ser pobre, extranjero y homosexual, sino que, además, insiste en sufrir por un amor no correspondido.

En el cuerpo de Elena rebota el placer que debió sentir Greco al hacer el camino a pie entre su hotelito y la Place Pigalle. En cuanto llega a la plazoleta y atraviesa el Boulevard de Clichy, las prostitutas y los lumpens salen de sus grutas y, de a poco se convence de no ser el único. Lo imagina sentado en alguno de los bancos de la estación Anvers, pintando unas acuarelas que intentará vender en los cafés de Saint-Germain al caer la noche.

Pero París no es solo la ciudad del frío y la vagancia. Es también un hervidero de bares y discotecas, de besos robados y caricias mal disimuladas en los minúsculos departamentos de algún amigo. El de 1954 es un verano sin sol marcado por la voz de Elvis Presley haciendo vibrar al mundo con el berrido naciente del rock. Y mientras del otro lado del océano los jóvenes bailan, en Francia las ondas de la radio alcanzan apenas a cubrir el estruendo. La guerra de Indochina se acaba solo para dar paso a la de Argelia. Probablemente, la política exterior y los vaivenes de la Cuarta República tengan a Greco sin cuidado.

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