Cultura y Libros

Los leones nunca dejan de rugir, ni siquiera en invierno

Alfaguara acaba de lanzar la segunda entrega de los Diarios de Abelardo Castillo, que abarcan el período 1992 - 2006.

Domingo 09 de Junio de 2019

La literatura autobiográfica no ha sido una práctica tan habitual como pudiera haberse esperado en los escritores argentinos. Para dar dos ejemplos célebres del siglo pasado, no resulta sencillo pensar en símiles nacionales de los Carnets de Albert Camus o El oficio de vivir, de Cesare Pavese. ¿Recato? ¿Inmadurez de una cultura aún demasiado joven? Quién sabe. Lo concreto es que los Diarios que dejó el narrador y dramaturgo Abelardo Castillo (1935-2017) aparecen como una excepción a la regla.

Alfaguara acaba de lanzar al mercado el volumen que abarca los años que van desde 1992 a 2006 (ya había sido publicado el que abarca el período 1954-91). Se trata, como pudieron haber dicho cariñosamente los integrantes de pasadas generaciones, de un auténtico mamotreto: nada menos que 656 páginas, a un costo que no cualquier bolsillo puede afrontar en medio de la recesión imperante. Sin embargo, ciertos lectores —especiales, sin duda— encontrarán compensación a la inversión de tiempo y dinero.

Castillo, vale recordarlo, fue autor de una obra narrativa y teatral que dejó huella. Recordable explorador del terreno del relato breve (el temprano Las otras puertas, Cuentos crueles), además de ambicioso novelista (Crónica de un iniciado, El que tiene sed, Evangelio según Van Hutten), su obra de teatro Israfel —homenaje certero a Edgar Allan Poe— ha sido también elogiada de manera incesante.

En estas páginas privadas que han sido, sin embargo, pensadas para la publicación póstuma, el escritor expone su intimidad y, de modo simultáneo, cuenta el devenir del oficio. Así aparecen las enfermedades, las manías, el amor, la política, la ideología, las lecturas, los viajes (nunca demasiado lejos de su amada Buenos Aires). Y los odios, claro.

Lo más interesante para los curiosos serán acaso las observaciones acerca de sus colegas. Su tortuosa relación con Ernesto Sabato, oscilante entre la admiración y el desprecio, merecería un capítulo aparte, pero también se destacan los irónicos cuestionamientos de ciertos rasgos de Jorge Luis Borges (a quien valora a fondo, aunque no de modo inocente) y, sobre todo, la munición graneada que lanza sobre la aristocrática y no pocas veces frívola figura de Adolfo Bioy Casares. También son objeto de feroces embates Juan Gelman, David Viñas y Ricardo Piglia. El único que se escapa de todo dardo es su amado Roberto Arlt.

La extensión del libro no le pesará al lector avezado, que valorará el espesor de las ideas y, sobre todo, el íntimo conocimiento de la literatura universal. Y aunque en ocasiones Castillo se equivoque de medio a medio (al sostener, por ejemplo, que Lugones es "el mayor poeta argentino"), otras veces se tornará exquisito a la hora del análisis (como cuando, al referirse a Cortázar, afirma que "en el último Cortázar se nota a veces la necesidad retórica de seguir siendo Cortázar"). Y así pasan las páginas, de modo placentero. Castillo, a diferencia de muchos narradores (sobre todo contemporáneos) era poseedor de una vasta y honda cultura que abarcaba la filosofía, la música y el ajedrez, del que fue un jugador de respetable fuerza.

El paso de los años se volverá perceptible, claro, a medida que nos vayamos internando en estas páginas: "Espero no estar demasiado viejo para darme el lujo de decir: espero" escribe memorablemente, aunque tal vez la frase que mejor lo defina sea esta: "No aceptar que nadie más se meta en mi vida, en mi soledad interior. Esto mismo, con otras palabras, vengo escribiéndolo desde los veinticinco años: ya es tiempo de ponerlo en práctica".

Aunque sea invierno, difícilmente los leones se olviden de rugir.

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