Hace unos días, aburrido durante una de estas tardes que no se distinguen una de la otra debido a la pandemia, pensé que sería una buena idea revisar unos cuentos que escribí hace casi treinta años. Quizás podría reescribirlos. El ambiente era propicio: el cielo plomizo y la luz amarilla de mi escritorio propiciaban un viaje como ese. Cinco minutos después de mi ocurrencia estaba ante pilas de papeles desplegados sobre mi escritorio. Acababa de exhumar una caja de archivo azul en la que guardo los cuadernos en los que escribí historias y anoté ideas entre 1987 y 1995, junto con el borrador de una novela inédita y una colección de relatos llamada Crónica de las Ciudades Mayores.
Revisar esos originales fue una conmoción. El contenido de la caja no se parece ni por asomo a mi actual forma de trabajo. Hoy he perdido casi por completo la escritura manuscrita. Mi caligrafía es ilegible y se restringe a apuntes sueltos y listas de tareas en un cuaderno. Pero mientras revisaba los manuscritos la primera y más llamativa señal del paso del tiempo fueron mis distintas caligrafías, desde la cursiva a la imprenta mayúscula tardía (recuerdo que la adopté cuando me di cuenta de que con mayor frecuencia no entendía lo que había escrito). Luego, el cambio en los soportes de escritura que utilicé. Hay tempranos cuadernos que combinaban apuntes de materias del colegio con mis primeros cuentos, rellenos con una letra redonda, clara e ingenua. Luego, un par de blocks Lancaster escritos a pluma, con tinta azul oscuro, en los que la letra ya es definitivamente inclinada y nerviosa. Muchos cuadernos espiralados llenos de apuntes para futuras historias, primeras versiones y reflexiones propias de alguien que dejó su casa muy temprano disfrazando las incertidumbres de certezas y blandiéndolas como escudo protector para salir al mundo.
Anocheció y mi escritorio seguía cubierto de historias abandonadas y escondidas. Todos esos textos son otras tantas versiones de mí mismo, y podía asociar cada uno de ellos a situaciones concretas de mi vida. Las Ciudades Mayores (el libro que buscaba para el concurso) es una serie de cuentos con moraleja que se notan inspiradísimos por Las ciudades invisibles, de Calvino (me da vergüenza hasta escribirlo). En una carpeta de cartón con elástico, numeradas, encontré las versiones “definitivas” de algunas de aquellas imaginaciones: “El hombre que reía tarde”, “La ciudad mausoleo”… Descubrí con asombro una historia temprana sobre Malvinas que ni siquiera recordaba. Así comienza: “En las Ciudades Mayores también tuvimos un momento vergonzoso en nuestra historia…”. Los últimos cuentos de esa recopilación estaban escritos en las viejas hojas de computadora perforadas de las impresoras de punto. Las hojas que sobraban de la contabilidad de Tío Tom, la librería mayorista de Once que fue mi primer trabajo y se incendió.
El viaje a través de las escrituras que había intentado y materializado fue también el regreso a quienes yo había sido antes. Las historias que escribimos, salvo que sean ejercicios retóricos o despliegues de saberes técnicos, nos remiten a momentos concretos de nuestras vidas. Releer cuentos antiguos y no publicados, conscientemente guardados, es un duro ejercicio de historia contrafáctica: caminos que deberíamos haber seguido y no lo hicimos; perdones que no supimos pedir, besos y amores postergados. Y es probable, también, que sea exactamente lo opuesto: la corroboración de decisiones que sí tomamos, la reafirmación de iniciativas y pensamientos. Pero en todo caso, la relectura es un viaje a quienes fuimos y ya no podemos volver a ser, anclado en la materialidad de los objetos y, también, en lo que de inapelable tiene lo que dejamos por escrito.
Tengo aquí a mi lado uno de los últimos relatos que encontré y que guardo para releer una vez más dentro de un tiempo. Es un ensayo largo sobre la Historia, redactado por alguien que se estaba por recibir de profesor a los veinticuatro años. Es el soliloquio de un viejo profesor que toma el antiguo ómnibus 52 (“La Lujanera” para quienes vivimos en el oeste del Conurbano bonaerense). El viajero reflexiona sobre la Historia, sobre el oficio, sobre las luchas que no terminan nunca. Mi primer pensamiento, en este 2020, fue sentarme junto al protagonista y hacer un contrapunto con muchas de sus afirmaciones. Tardé un rato en darme cuenta de que mucho de mi recorrido hasta este hoy en el que releí esas líneas se había apoyado en ese pilar manuscrito: en esas certezas presentadas como si fueran reflexiones después de un día de trabajo a bordo de un micro suburbano, el que yo mismo tomé durante muchos años.
Es extraño leerse desde el futuro de los manuscritos que hemos guardado. ¿Nos parecemos a quienes quisimos ser? ¿Hemos escrito ese libro que iba a hacer que nos recordaran como escritores? Nuestras obras inéditas no solo son papeles de trabajo. Estoy convencido de que son personas que hemos sido. Entonces, ¿cuál es nuestro derecho a alterarlas en su descanso con nuestros deseos y frustraciones actuales? Personas que hemos sido y escritores que no hemos llegado a ser, pero que nos transformaron en los que somos hoy. Inéditos por propia voluntad, porque como capas geológicas allí han quedado esos textos, testimonio de nuestros esfuerzos y deseos.
Hay allí un equilibrio delicado y frágil, que al menos yo, esa noche que revisé los cientos de cuartillas, las decenas de historias, no me sentí autorizado a alterar con una posible revisión o reescritura. Malos, perfectibles, ingenuos, con otros finales posibles, deben quedar así. Y hablo de manuscritos inéditos pero, si lo pensamos bien, también de nosotros mismos. El pasado no se corrige ni se repara. A lo sumo, podemos vivir de forma diferente para que sus efectos, si son dañinos, no se prolonguen. Tal vez le asigno un valor casi sagrado a lo que está escrito. El cuento del profesor de Historia concluye: “Se le habían caído unas hojas de la mano. El chofer vio que estaban escritas, las juntó, y se las guardó. «Capaz que sirven», pensó. Pero después de revisarlas, las tiró. Todas estaban tachadas con una gran cruz. Roja como la sangre, negra como lo incierto, absolutas como el destino”.
Los papeles que guardamos en cajas son testimonios. Pero aunque buscaban un destino público, al no haberlo encontrado, una vez que morimos son testimonios involuntarios. Es probable que la curiosidad por saber quiénes fuimos no nos pertenezca en exclusividad, pero sí la decisión de aquello que queremos dejar explícito. En ocasiones, mientras pasaba las hojas guardadas y me reafirmaba en la decisión de deshacerme de muchas de ellas de manera definitiva, sentí que hacía algo obsceno: espiaba sin permiso a una persona desnuda y despojada, que con total franqueza me hablaba de sus aprensiones y sus esperanzas, sin saber lo que había sucedido después. Aunque el diálogo fuera conmigo mismo, era una relación demasiado desigual.
No es diferente, desde ya, la relación entre los investigadores y los documentos, entre los críticos y los papeles de los autores que investigan. Me gustaría ser capaz de transmitir la profunda emoción que entraña, como investigador, leer la correspondencia de personas que habitaron el pasado. Hay algo casi sobrenatural en esa acción, que no por eso deja de ser una tarea crítica. Pero si perdemos de vista ese aspecto emotivo e irracional, no solo estamos haciendo mal nuestro trabajo, estamos siendo un poco menos humanos.
Pero como escritor, esa noche, mientras guardaba los manuscritos nuevamente en su caja, decidí que no quiero reescribir los textos de aquellos escritores que no he sido. Porque en realidad los fui. Y allí descansan en paz, en esa caja azul que es también testimonio de los mundos que habité y soñé. No quiero reescribirlos, del mismo modo que no puedo volver el tiempo atrás para muchas situaciones que me gustaría revertir o prolongar. Esos escritos son el pasado. El pasado no vuelve. A lo sumo, podemos volver a escribir sobre esos desvelos en el ropaje de quienes somos ahora, muy probablemente parecidos al joven que en algún momento imaginó que era un profesor viejo que después de un agotador día de trabajo tomaba notas a bordo de un micro suburbano.