Cultura y Libros

"Los animales no son objetos, y tampoco son personas"

"Zoografías", una reciente y profusa antología publicada por Adriana Hidalgo, abre universos desconocidos en torno de la más antigua de las compañías del hombre sobre la Tierra. En diálogo con Cultura y Libros, su compilador, Mariano García, alertó sobre la extinción masiva de especies y a la vez condenó a quienes observan el drama con "sentimentalismo".

Domingo 05 de Julio de 2020

“La convivencia de las personas con los animales se reduce hoy a las mascotas. Hasta no hace mucho era corriente comprar pollos y gallinas vivos, o criarlos; la leche se obtenía recién ordeñada de la vaca, y el murmullo de la ciudad iba ritmado por el sonido de los cascos de los caballos. Las ideas mismas del zoológico convencional y del circo con tigres, leones y elefantes, tan cotidiana para los niños de otras épocas, son hoy algo exótico y mal visto. El animal ya no convive con nosotros, porque después de haber usado y abusado de él de todas las maneras imaginables, ahora intentamos restaurarlo a un paraíso terrenal del que idealmente el ser humano debería estar ausente. Pero lo que está progresivamente ausente es el animal…”.

Con estas inquietantes palabras comienza el prólogo de una de las antologías más seductoras que se hayan publicado en lengua española en los últimos años, Zoografías, recopilación de relatos que tiene al reino animal como protagonista excluyente. Su autor, Mariano García, quien se paseó con soltura por universos literarios tan lejanos como disímiles, charló con este suplemento, contó de qué manera plasmó la obra y alertó sobre la extinción masiva de especies que ya se encuentra en pleno desarrollo.

—¿Cómo surgió la idea del libro? ¿Fue a partir de un impulso tuyo o de un proyecto editorial?

—La editorial Adriana Hidalgo viene publicando hace tiempo antologías de distinto tipo, con muy buena respuesta de parte del público. Hace un par de años preparamos con Mariana Dimópulos una antología sobre la comida en literatura, Textos sobre la mesa, y fue una muy grata experiencia, que quisimos repetir. Lamentablemente, en esta segunda vuelta Mariana tenía varios compromisos de traducción así que tuve que seguir yo solo después de haber ideado un esquema general del libro con ella. De Mariana queda la impronta en dos de sus autores favoritos, George Eliot y Thomas Hardy. Por mi parte, yo ya me había acercado al tema desde la investigación, ya que trabajé en un proyecto para Conicet sobre las transformaciones en la obra de Silvina Ocampo, Marosa di Giorgio y César Aira, entre otros. A través de esa investigación me asomé a todo un mundo fascinante que se remonta a la antigüedad y también a los mitos y leyendas de distintos pueblos, que manifiestan de manera sorprendente su relación con lo animal y qué tipo de sentimientos y pensamientos despierta lo animal en el hombre.

—Los animales están, literalmente, desapareciendo. ¿Creés que será posible revertir el proceso de extinción?

—Lo veo bastante difícil, salvo para los insectos, y ni siquiera todos ellos: abejas, mariposas y luciérnagas están en el límite. Los animales no pueden competir con los humanos, en buena medida dependen de nuestra condescendencia y del espacio que se nos ocurra asignarles, ya que es evidente que los humanos estamos sobrepoblando irracionalmente la tierra, además de trabajarla, fertilizarla, fumigarla, transitarla sin descanso, ocupando de manera permanente o efímera cada metro cuadrado del planeta, lo que necesariamente implica invadir territorios. El ser humano siempre consideró tener prerrogativas sobre los espacios (¡que se lo digan a los osos o a los lobos!), y solo ahora surge una conciencia en las generaciones más jóvenes. No está todo perdido pero tampoco se puede “dejar para mañana”. Es algo bastante complicado, además, porque los animales tienen sus propios problemas entre sí, en relación con su hábitat y en relación con otras especies. De nuestra parte lo que hace falta es inteligencia y conocimiento, y evitar el sentimentalismo, que es otro factor que, en lugar de ayudar, entorpece.

—¿Considerás que el vínculo con los animales es importante para los seres humanos? ¿O creés que se puede prescindir de él sin que la pérdida revista trascendencia?

—Creo que es importante. En esta antología hay un par de textos de filósofos antiguos que se dedicaron a este problema, ya que el tema de los animales no es algo nuevo sino que hay toda una tradición filosófica y ética que viene de muy lejos. Y si bien hubo pensadores que hicieron un flaco favor a la causa animal, como Santo Tomás (que les hizo un flaco favor a muchas cosas) o Descartes (que no veía diferencia entre un animal y un autómata), hubo otros como Plutarco o el neoplatónico Porfirio que defendieron sin concesiones la causa de los animales y fueron famosos vegetarianos. El argumento de la Antigüedad era que la convivencia, el cuidado y la consideración para con los animales favorecía la sensibilidad humana y suavizaba los impulsos destructivos y asesinos del hombre. No es el caso del circo romano, precisamente, pero lo interesante es que muchos, como Marcial o Séneca, condenan horrorizados esos espectáculos. San Agustín sostiene que los animales nos enseñan piedad, compasión y respeto, por ejemplo, y si bien uno quisiera que a los animales se los considere en sí mismos y no por el beneficio eventual que producirían en una especie que se cree el centro de la Tierra y del universo, al menos es algo. Yo tengo la impresión de que hay gente con sensibilidad a lo animal y gente que no la tiene en absoluto, es algo involuntario. Sin embargo hay cosas que se pueden aprender y es innegable que, pese a nuestros muchos errores, los humanos estamos cambiando gradualmente nuestra manera de considerar los derechos de los animales, algo que se manifiesta en el hecho de que importantes filósofos contemporáneos como Derrida hayan abordado, y no como un problema menor, este tema. Pero también hay aspectos culturales: uno no puede pretender que un chino o un africano se relacione con los animales como lo hace un occidental, muchas veces con una visión Disney-burguesa del asunto.

—¿Cuál es tu relación personal con los animales? ¿Te gustan las mascotas?

—Yo soy de los que piensan antes en los animales que en los humanos, y no me jacto de eso. Pero desde chico siempre me llamaron la atención. Me gusta observar a las aves, los insectos (intento no matar arañas, a las que admiro); el sonido de las cigarras o de los grillos o de las ranas me tranquiliza, pese a que soy muy neurótico con otros ruidos. Si veo un animal en problemas trato de ayudarlo, y cuando voy al volante soy capaz de dar un ligero bocinazo si hay pájaros en la calzada (aun a las palomas de ciudad, tan desacreditadas las pobres). Con todo eso, reconozco con vergüenza que no he llegado a la instancia del vegetarianismo, aunque es una idea que considero con seriedad. En cuanto a las mascotas, de chico tuve de todo, peces, tortugas, hámsters y desde luego varios perros. Ahora pasé a los felinos, que me apasionan. Tuvimos un siamés de lo más complicado, controlador, celoso, antisocial, pero lo adorábamos. Lo mató un perro y fue un drama del que nos costó recuperarnos, hasta que apareció una huerfanita en la puerta de casa, como en las novelas, y es la gatita que nos acompaña ahora, la reina de la casa. Pero las mascotas pueden ser una carga, y a mí me espanta la irresponsabilidad con la que mucha gente trata a sus animales. Creo que los veterinarios o vendedores de mascotas tienen la obligación de hacerles entender a sus clientes que los animales no son objetos (y tampoco son personas, que es la otra exageración). Sobre todo, habría que evitar el exotismo y limitarse a los animales domésticos, y dentro de esto, también considerar que hay perros que se marchitan en la ciudad, y que no tiene sentido tenerlos encerrados entre cuatro paredes.

—El libro es una antología apasionante y, a su modo, también un gran homenaje. ¿Seguiste algún criterio puntual para la elección de los autores, o te dejaste llevar simplemente por tu gusto personal?

—Sí, hubo un criterio, porque estas antologías son libros bastante complicados de organizar y de armar con cierta coherencia, de modo que es necesario tener un mapa previo, sin perder, en lo posible, la cualidad de la lectura hedonista, placentera. A su vez, está el aciago tema de los derechos de autor. Uno puede pensar en la lista ideal de autores pero en la práctica van surgiendo los problemas: autores de los que hay que encontrar los herederos, agencias literarias que no solo no están dispuestas a ceder derechos sino que ni siquiera contestan, y así sucesivamente. Qué más me gustaría a mí que figurasen aquí autores como Borges, Silvina Ocampo, Cortázar o Clarice Lispector, pero por temas de derechos preferí evitarlos ya que con la antología anterior eso retrasó muchísimo la publicación. Por otro lado, en este tipo de libros hay que hacer de la necesidad virtud: concentrarse en textos antiguos me pareció una manera de acercarlos a un público que normalmente no va a encontrarse con autores como Jean-Paul, Horapolo o Eliano. En este mundo de hoy en el que la gente, y sobre todo los más jóvenes, creen que todo surge por generación espontánea en un presente continuo, y que sus ocurrencias son absolutamente originales, me parece bueno que sepan que otros antes que ellos pensaron en los mismos problemas y propusieron soluciones serias y comprometidas. El hecho mismo de que esas voces de la Antigüedad no hayan sido muy escuchadas es otra cosa que debería hacernos pensar. Por otra parte, adopté el criterio de dejar de lado la tradición oriental, que es inmensa y que tiene una forma muy distinta de relacionarse con los animales, además del obstáculo más obvio del lenguaje. Lo más lejos que me atreví a ir fue a Rusia, para lo que conté con las maravillosas traducciones de Luisa Borovsky. En lo demás, hay mucho de gusto personal: el cuento de Tieck o el del mosquito atribuido a Virgilio o el del cocodrilo son mis favoritos. El de Loti sobre sus gatas es un gran clásico, pero también me gusta mucho el del doctor Johnson sobre la madre buitre que habla con sus hijos, un texto que no conoce nadie. Es decir que me di el gusto de incluir lecturas personales. Con los filósofos fui más sistemático, pero no incluí a Montaigne, por ejemplo, que dice cosas maravillosas sobre los animales (y sobre su gata) pero resultaba muy complicado porque el arte de Montaigne está en la digresión, y necesariamente habría que haberlo acotado.

—La lista de escritores que armaste para “Zoografías” es vasta y abarcadora. Una sola ausencia me llamó la atención: la de Jack London, que tanto en “Colmillo blanco” como en “El llamado de la selva” construye dos obras maestras con los animales como personajes centrales. ¿Hubo algún motivo concreto para que no lo incluyeras?

—Es una buena pregunta. Las antologías, decía Borges, parecen hechas para pensar en lo que falta más que en lo que incluyen. Debo confesarte que no he leído nunca a Jack London, extrañamente. Y eso que soy bastante fanático de la literatura estadounidense y por el tema debería haberme atraído. Recuerdo vagamente haber tenido alguno de sus títulos en la biblioteca Billiken o en la otra de tapas amarillas… la colección Robin Hood, pero de chico desconfiaba de los libros que me regalaban los adultos: prefería leer los que le regalaban a mi hermana.

¿Te gustó la nota?

Segui Leyendo

Opinión

Etica, ¿estás?

El descuido de la ética pública y la ausencia de mecanismos que la garanticen explica y predice que actuales o potenciales funcionarios públicos sean tentados a caer en prácticas de corrupción, por lo que el rescate y fomento de la ética construye, reconstruye, fortalece, motiva y crea una identidad en la administración pública que conduce a una mayor responsabilidad funcional, contribuyendo a evitar o disuadir actitudes y posicionamientos reñidos con la ética y la corrupción, así como, consecuentemente con ello, la recuperación de la confianza ciudadana en sus instituciones públicas.

Por Roberto Fermín Bertossi - Experto Coneau / Cooperativismo

Dejanos tu comentario