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El Rosario debe ser la capital de la República

Este texto del autor del "Martín Fierro" fue publicado en La Capital el sábado 4 de julio de 1868.

Domingo 06 de Octubre de 2019

José Hernández

Hacen quince años que vivimos en un provisoriato funesto respecto de la Capital. Y este provisoriato amenaza continuar.

¿Qué? ¿Sólo lo provisorio habrá de ser siempre permanente entre nosotros?

Ya basta de incertidumbre. Ya es época de decidir de una manera definitiva y concluyente, dónde deben tener su asiento las autoridades nacionales, ofreciendo así esa seguridad más a los grandes intereses que aguardan impacientes esa resolución.

Ningún pueblo de la República puede sostener con el Rosario la competencia, sobre las condiciones y ventajas positivas que reúne para ser el punto de residencia de las autoridades nacionales.

La cuestión presenta faces variadas y complejas, pero bajo cualquiera de ellas que se estudie, el Rosario será siempre el que mejor responda a todas las grandes conveniencias que deben consultarse para decidir en tan grave cuestión.

En la solución de la cuestión Capital, deben tenerse en vista, no sólo los beneficios que ella puede ofrecer al país, sino también los males que es necesario prever y que es prudente evitar.

La situación geográfica del Rosario lo coloca en condiciones ventajosas para hacer fáciles, realizables y fecundas para los pueblos esas ventajas, y para alejar también los peligros que pueden amenazarlos en lo futuro.

Las fuerzas activas de la República, las fuerzas que pesan más decisivamente en el orden de todos los acontecimientos políticos y sociales, residen en la gran línea del Litoral, formada por las provincias de Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes.

Colocado como se halla el Rosario en el centro de esa gran línea, es decir en el centro de todas esas fuerzas, el Gobierno aquí, regularía sus movimientos y trazaría a esos grandes centros de poder, la órbita en que deberían girar para bien general de la República.

El poder de Buenos Aires, que ha de ser siempre una amenaza para los pueblos mientras aquella provincia se mantenga como hasta aquí dominada por un círculo exclusivista y anárquico, ese poder se encontraría contenido por la proximidad del Gobierno Nacional, establecido en un punto fuera del alcance de su influencia; se hallaría observado de cerca, y forzosamente estrechado dentro de los límites territoriales de su provincia.

Buenos Aires se vería detenido por la presencia de la Autoridad Suprema de la República, y sujeta a la Unión Nacional por la ley de las conveniencias y de la necesidad.

Por este lado, la capital en el Rosario neutraliza el poder de Buenos Aires, garante a los pueblos contra toda tentativa anárquica cuya iniciativa puede partir de aquel centro, y asegura también a la República contra las criminales tentativas de desmembración.

Entre Ríos y Corrientes no ofrecen por hoy ningún peligro, pero el Gobierno General debe hallarse en condiciones de estrechar más y más los vínculos que ligan esas Provincias a la nacionalidad argentina. Ellas que son de las más productoras y ricas de la Confederación, demandan también el cuidado y dedicación esmerada de parte de la autoridad nacional para comunicar mayor impulso a su prosperidad y riqueza, a la vez que con su poder son para él una verdadera garantía, un respeto que ha de contener siempre la anarquía y dar seguridades de permanencia sólida y estable de esa misma autoridad nacional.

Por este lado también, la capital en el Rosario ofrece todas las ventajas apetecidas, y funda así un gobierno fuerte, colocado fuera del alcance de la amovilidad que traen las luchas políticas, y estrecha más y más los vínculos de la fraternidad que deben ligar siempre a los pueblos, aproximándolos para que se conozcan, y se enlacen por recíprocas relaciones políticas y comerciales que hagan más firme y duradera la paz. Por lo que respecta al Litoral, pues, estudiando la cuestión bajo el punto de vista político y administrativo, el Rosario es el único punto en que puede ventajosamente situarse el Gobierno Nacional respondiendo a todas las ventajas, a todas las necesidades y conjurando todos los peligros.

Cualquier otro punto que no fuera éste, ofrece inconvenientes que sería en extremo fácil señalar.

Por lo que hace al Interior, las Provincias necesitan un Gobierno que vigile de cerca por ellas, que oiga la voz de sus necesidades, que repare solícito los desastres que les ha causado la anarquía, que impulse su comercio, que promueva su industria, que propenda al desarrollo de su riqueza, que fomente la fundación de instituciones útiles, que lleve hasta ellas el espíritu de mejora y de progreso, que las ponga en fácil contacto con las plazas comerciales activas y ricas, y que con las fuerzas del Litoral garanta la paz, el orden y su quietud interior.

Solo del Rosario pueden partir para los pueblos estos grandes beneficios. El Gobierno establecido aquí sería el primer interesado en la paz de las Provincias, porque toda perturbación sería para él una amenaza y un peligro.

No comprendemos cómo haya en el Congreso quien vacile el dar su voto en la cuestión.

Con examen detenido, con espíritu patriótico, con amor al adelanto y progreso de nuestros pueblos, con ánimo desapasionado, nadie puede dejar de convenir en que el Rosario es el punto señalado por la naturaleza y por la política, para ser capital de la República.

De aquí debe partir para todas partes la palabra de unión y el espíritu de orden que han de fundar la paz, estrechar la unión, impulsar a la República en el camino de su engrandecimiento moral y material, y regenerar a los pueblos por el trabajo, por la industria y por la riqueza. La capital en el Rosario sería la única solución conveniente que puede darse a las grandes cuestiones políticas y administrativas que nos han agitado y dividido hasta hoy. (*)

Cada provincia argentina tiene un interés positivo, sólido, perfecto en que este hecho se realice.

La palabra del Congreso que así lo determinara, sería el fiat luz (**) para esta República que vaga hace cincuenta años en el caos de las tinieblas y de las vacilaciones.

Dese al fin un paso firme.

Sancione el Congreso esa ley que tiene en estudio desde hace tanto tiempo.

Este proyecto que se eterniza entre los empolvados legajos de la Secretaría, debe al fin salir a luz.

La capital en el Rosario haría la prosperidad de la República.

La capital es Buenos Aires sin traer grandes beneficios para aquel pueblo, hace la ruina del resto de la Nación.

Aun cuando fuera posible el ridículo de fenómeno de la coexisten- cia en Buenos Aires de los dos Gobiernos, Nacional y Provincial, esa coexistencia trae en sí misma aparejados inconvenientes de tal naturaleza que la convierten en un absurdo, en una extravagancia política. Hoy que la coexistencia ha desaparecido, el fenómeno es mayor todavía.

El Gobierno Nacional no tiene residencia, se encuentra en Buenos Aires como huésped, sin jurisdicción alguna sobre el territorio en que tiene su asiento; y sólo no teniendo ni la más ligera noción de Gobierno, puede pretenderse posible el Gobernar sin tener un pedazo de tierra, centro de poder y de recursos, teatro de acción donde se ejerza una jurisdicción propia exclusiva y amplia.

Al Congreso Argentino toca poner de una vez el sello a nuestras vacilaciones, el único punto final que hoy es posible a los males que afligen a los pueblos, dotando al país definitivamente de una capital que ejerza en él una influencia bienhechora y fecunda.

Inspírense los representantes de los pueblos argentinos en las grandes conveniencias de la República, y echen su voto en la balanza de nuestros destinos futuros, para asegurar para siempre los beneficios que los pueblos aguardan impacientes.

¡Óigase su voz, como la palabra de redención para los pueblos mártires!

(*) Evidentemente la capitalización es una preocupación esencial en Hernández. Ya lo hemos visto, cinco años antes, proponiendo a Paraná como la candidata ideal en sus notas de El Argentino del 14 de febrero ("Los tres roles") y del 23 de abril ("El único camino"). Ahora ha volcado su mirada hacia Rosario y aun habremos de verlo esgrimir la posición de Buenos Aires en su oratoria parlamentaria. Como discrimina Chávez: "Hernández, como veremos, defenderá doce años después todo lo contrario de lo que propició aquel invierno rosarino; su tesis será asumida en 1880 por Alem, su contrincante ocasional" (Chávez, Fermín, La vuelta de José Hernández. Del federalismo).

(**) La locución latina que Hernández cita con una errata es fiat lux y quiere decir "que se haga la luz", "que sea la luz".

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