Cultura y Libros

De escritos y escritores

Las novedades de la industria del libro tuvieron estos días varias curiosidades que asombran.

Domingo 28 de Enero de 2018

El fantasma

Durante 25 años Germán Alvarez escribió libros para otros. Fue un escritor fantasma al que muchos famosos admiraban por su bajo perfil y la carencia de identidad. Incapaz de tener ideas propias, rechazó cuanta propuesta tuvo de publicar textos de su autoría. Esa negación a ser él mismo, que muchos confundieron con humildad, le generó reconocimientos y algunos problemas. Alvarez no podía sostener una opinión y en sus diálogos intercalaba frases de sus clientes sin reconocer si eran propias o prestadas.

Tuvo más de un juicio por plagio a sí mismo que, las más de las veces, perdió.

La carencia de originalidad se notaba, también, en los títulos de sus libros. "Yo, Locomotora Castro"; "Yo, el Diego"; o "Yo, Flor de la V" fueron algunas de las obras más reconocidas (de los supuestos autores). A partir de una insólita entrevista televisiva en la que se lo vio alterado y confundido, decidió no mostrarse más en público y utilizar una respuesta para toda pregunta: "No sé qué decirte". De esa forma perdió interesantes contratos editoriales y se sumergió en la dejadez y el abandono. Parecía otra persona. Y realmente ya lo era.

Reseña de libros para empresarios

Hopes ataca de nuevo

Entre las novedades de este mes se destaca "Cómo explotar gente con responsabilidad social", de William Hopes. El autor, que ya nos había sorprendido con "Haga feliz a su empleado con una caja de turrones", retoma ahora el tema de la culpa como eje central, con un enfoque novedoso: la "no-culpa".

Hopes investigó durante dos años el trabajo en una fábrica de osos de peluche en un país no emergente y de esa experiencia nos relata: "Hubo meses en que los empleados no cobraban los tres dólares previstos para la producción de cien mil osos diarios por persona. No se podía hacer frente a semejante coste laboral. Entonces a la empresa se le ocurrió premiarlos con un oso de su producción, de sus manos, al final del día. Solo aquel operario que superara esa diaria podía llevarse el premio. (...) Recuerdo la emoción de Bobanda Unuki cuando obtuvo su primer peluche. Al día siguiente llevó a la fábrica una docena de huevos de avestruz de regalo".

Esa felicidad es la que William Hopes rescata y sugiere en su ensayo; que la gente se sienta partícipe de lo que hace; la sinergia de la alegría.

"Aquellos empleados hicieron propio un nuevo contrato de trabajo", nos cuenta Hopes. Y, con un dejo de ternura, nos comenta que "lo rubricaron con sus huellas dactilares. A pesar de que ya muchos carecían de ellas por el inevitable desgaste laboral". Recomendable.

Charla magna

Luego de varias idas y venidas por fin pudimos conocer a Adolfo García, el escritor y poeta; el referente ineludible del español preciso. Casi ausente, alejado de los medios, muchos creímos que su inalcanzable lejanía era el alimento del mito del hombre aislado, del creador solitario. Pero no. García, por un tiempo, había decidido jugar a las escondidas "para no ofender a la lengua", para evitar otro impronunciable momento con una ya olvidada y defectuosa prótesis dental.

Dos libros breves e inconseguibles son toda su obra literaria, "La ausencia" e "Incipiencias", nombre de la poesía homónima publicada en la efímera revista "La alondra en la aurora asombra ahora". Pero es Ficus, sin dudas, su gran obra, su razón de ser y hacer. El "mensuario de las grandes letras" que fue filtro de noveles y talentosos escritores y periodistas. Una generación que debió soportar los gritos de un exigente García, el que no toleraba una coma fuera de lugar, el que sancionaba con el olvido a quienes pretendían subvertir las más exquisitas reglas de la sintaxis.

Lo visitamos antes de que venga a nuestra ciudad para dar una charla sobre "Crónicas con más de 600 mil palabras".

La entrevista es en una vieja casona porteña que el escritor imagina y recuerda. Es allí donde atesora su vida y obra. Y donde nos recibe con un andar cansino, que nos indica el camino a una cocina, a un comedor y, por fin, a su lugar, la biblioteca.

En un viejo y descolorido sillón verde, sentado al lado de su fiel perro Sultán, ahora embalsamado, García nos señala con orgullo sus libros.

Los estantes guardan la exactitud de la obsesión. Al lado de "¿Qué hacer?", de Lenin, Vladimir, está "Comer y pasarla bien" de Lepes, Narda. Se levanta y toma un ejemplar al azar.

—A los libros hay que leerlos en su idioma original— dice, mientras sostiene unos cuentos de Cortázar.

Recostado en sus memorias nos dice que para lograr una buena entrevista hay que convivir durante unos meses con el entrevistado; y en lo posible dormir con él. También valora la importancia del pequeño detalle y nos habla de cómo se hizo una crónica sobre el zapato desacordonado de un ministro de Finanzas que parecía tenerlo todo bajo control. Se expresa con metáforas; nos dice que Fulano ganó un premio pero que él fue el artífice de la nota por la que ganó.

—¿Es verdad que en Ficus se reescribían las notas?— le preguntamos.

—Decenas de veces si era necesario.

García tomó unas hojas A4 impresas, nos miró, las rompió y las arrojó al aire como papel picado.

—¡Hacelo de nuevo! era la frase que más se escuchaba en Ficus.

Traído por la Fundación Pluma, que promocionó la ponencia a través del hashtag #aversiaprendenaescribir, antes de dar su gran conferencia García será nombrado "doctor honoris causa".

Pero poco antes de llegar aquí, a la ciudad, le propusimos un último encuentro, para cerrar la entrevista, tal como nos enseñara desde las páginas de Ficus. El escritor parecía (otra vez) haberse alejado, evadido. Hasta que, por fin, alguien de Pluma nos acercó su hasta entonces ignorado número de whatsapp. Fue así, también, en ese contacto, que nuestra sencilla pregunta sobre si era posible una nueva charla tuvo una sola e indefendible palabra por respuesta. El viejo maestro clavó un visto y luego de unos minutos nos contestó:

— Haber...

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