Los Juegos Olímpicos, con su inauguración y su clausura, han sido realmente un sueño. Pero un sueño que llama a otros sueños. Ese derroche de inteligencia, de belleza, de grandeza, de juventud y habilidades, es un grito de fraternidad universal; y es el llamado antiguo del mens sana in corpore sano. La llama olímpica se va convirtiendo en el fuego del amor. La apertura de China al mundo y del mundo a China es algo muy valioso, pero que debe completarse con la apertura más plena e íntegra a la libertad, incluyendo, lógicamente, la libertad religiosa. La fraternidad vivida clama por la paternidad de Dios. La belleza de los cuerpos, de las imágenes, transmite espiritualidad y aspira a ser completada con el esplendor de la verdad. Hay cimas en el arte, la armonía, la grandeza humana, que elevan, que emocionan, en las que se respira trascendencia y se anhela eternidad. Saludos, abrazos, bienvenidas, esfuerzos físicos y mentales, logros, felicitaciones, alegrías, despedidas transitorias, aspiraciones de eterna juventud… Sonrisas, lágrimas, gratitud, momentos únicos. Para los cristianos también está el sueño de que la llama olímpica llegue a reflejar, de algún modo la luz de Cristo y el fuego de su amor. Ahí está nuestra esperanza, nuestro compromiso de renovada oración, sacrificio, buen ejemplo, junto a la oración sacerdotal de Jesús: ¡Que todos sean uno! Entre tanto, con los pies en la tierra, no podemos menos de exclamar con el Cantar del Mío Cid de la literatura castellana: ¡Dios, qué buen vasallo si oviese (si tuviese) al Gran Señor!



























