Mi familia comenzó a vivir una nueva experiencia con la desidia argentina. Y comprobamos otra vez una verdad que por ser tan obvia nos hicimos expertos en negar: el país que tenemos es consecuencia de nosotros mismos, de nuestros comportamientos cotidianos. Mi hijo quiso seguir la carrera de comunicación social. Como sus padres, sintió el tironeo de la profesión y fue en busca del conocimiento académico. Comenzó las clases en la Universidad del Estado y ya en la primera semana de tres jornadas de clase tuvo dos días de paro. Claro, dijimos, los docentes están luchando por su dignidad y un aumento que les pertenece. Sin embargo, en las pocas clases que pudo tener hasta ahora, él y sus compañeros descubrieron que lo académico no es siempre responsable. El primer día aproximadamente diez alumnos de un grupo de 40 descubrieron que por un error administrativo no habían sido anotados en la comisión. La profesora se negó sistemáticamente a incluirlos a pesar de que el error no era de ellos. Los chicos se quejaron ante la Secretaría de Extensión y lograron entrar a la clase, después de presenciar 15 minutos de discusión entre la profesora y un administrativo. El episodio alteró de tal manera a la profesora que fumó un cigarrillo tras otro en media hora en el salón de clase. Esto, por lo que pudimos averiguar, es muy común. En la Universidad pública algunos profesores y como consecuencia también los alumnos fuman a gusto durante las clases. En la segunda semana tuvo su primera clase de Redacción Periodística, una de las materias más importantes de la carrera que, según figura en los horarios, dura tres horas. La profesora sin embargo dispuso dictar una clase de una hora, sin ninguna explicación. La clase siguiente comenzaba a las dos horas, lapso perdido en el aprendizaje y molesto para la espera. Esto se repitió en los otros cursos. Supongo que estas profesoras cobrarán junto a los otros, algunos muy buenos que ya conoció y que conocerá mi hijo a lo largo de su carrera, el mismo aumento de sueldo consecuencia de la lucha. Es evidente que no todos lo merecen. Pero lo más peligroso es que ninguno de los chicos de la clase planteó la irregularidad, ninguno preguntó por qué, ninguno protestó. Nuestros hijos se acostumbran a la falta de respeto, de compromiso, de responsabilidad; al incumplimiento de la ley, a la falta de excelencia académica, a la desidia, al desorden administrativo, a la ineficiencia, al qué me importa si total con lo que me pagan. Esta es la manera en que se forman los futuros profesionales del país. Hace poco mi hijo me dijo que sentía un enojo muy profundo sin poder explicarse por qué, y no supe qué contestar. Siempre inculcamos a nuestros hijos el respeto crítico por las autoridades, pero del enojo no se sale sino con el retorno de ese respeto, por ellos y por la educación misma. Respeto y educación, lo único que nos puede sacar de este terrible pozo que parece no tener fin.



























