Pablo Matías, de ocho años, nació con una piernita más chica que la otra por un problema congénito. Desde muy pequeño aprendió a trasladarse entre el monte y las calles de tierra, apoyándose con una caña que su papá cortaba de un cañaveral. La pobreza fue la culpable de que Matías no conociera una muleta. Un grupo de rosarinos que trabajan en zonas donde nadie llega, detectó esta cruda realidad y puestos en acción decidió juntar fondos para tal fin. Decenas de empanadas vendidas permitieron que este fin de semana Matías camine con muletas por los caminos polvorientos del monte entrerriano. Sus padres lloraron de felicidad, sobre todo su madre, que diariamente lleva al hombro a su hijo a la escuela del paraje distante a unos cinco kilómetros de su rancho. El amor es más rápido y eficaz. Cuarenta jóvenes rosarinos sintieron en carne propia lo bien que se siente cuando se pinta este mundo de un color diferente. Viva la patria.



























