
La propuesta de cambiar las lámparas incandescentes por las de bajo consumo parece una iniciativa que nos ahorraría muchos megavatios de consumo de energía. Desafortunadamente, aunque ahorraríamos por un lado perderíamos por el otro. Este otro es el medio ambiente y la salud de aquellos expuestos a los peligros inherentes con las lámparas de bajo consumo si no se toman precauciones. De acuerdo con expertos cada lámpara de bajo consumo contiene de 5 a 15 miligramos de mercurio, un metal altamente tóxico incluso en muy pequeñas cantidades. Un gramo es suficiente para contaminar cuatro billones de litros de agua, o sea 4 mil millones de metros cúbicos. En EEUU si se rompe una lámpara de bajo consumo se recomienda evacuar la habitación por lo menos 15 minutos y las instrucciones para la limpieza de los residuos son complicadas. En Australia se descartan por año quince millones de lámparas de bajo consumo y ellos mismos se han dado cuenta de que con el programa de reciclaje actual (menos del uno por ciento se recicla) van a terminar con un serio problema de contaminación. También hay dudas sobre las ventajas energéticas y larga vida reales: las pruebas que se han documentado comparan luces incandescentes y de bajo consumo encendidas continuamente, pero este no es un caso real porque estamos acostumbrados a apagar las luces cuando salimos de una habitación y esto acorta la vida útil de una lampara de bajo consumo. Supongamos que ignoramos las dudas sobre las ventajas reales y continuamos con la iniciativa, estamos al principio de este proceso y tenemos la oportunidad de comenzar bien, con un programa paralelo de reciclaje que evite que dichas lámparas terminen en vaciaderos municipales. Al mismo tiempo habría que obligar a los manufacturadores de lámparas con mercurio que incluyan instrucciones para deshacerse de lamparas usadas y/o rotas de forma segura y sin peligro para el medio ambiente.
Guillermo Bolger




Por Mariano D'Arrigo