El médico húngaro Semmelweis a mediados del 1800 luchó contra el descreimiento de sus pares, quienes no aceptaban que podían ser ellos portadores de una enfermedad. Igualmente, alrededor de 1830, el irlandés Collins combatía enfermedades limpiando las salas de atención y lavando sábanas y ropas a altas temperaturas. Hoy veo asombrado que, en algunos aspectos, hemos retrocedido 200 años. Cotidianamente podemos encontrar profesionales de la salud, practicantes y estudiantes que deambulan fuera de sus lugares de trabajo con sus guardapolvos o mamelucos que han utilizado o utilizarán en sus prácticas entremezclados con la gente. Por desconocimiento, comodidad o ahorro distribuyen agentes infecciosos de la calle al lugar de atención y del allí a la calle. Aún llevan estas ropas a sus casas, exponiendo a sus propias familias. He visto a un escolar con su nariz a escasos 10 cm del guardapolvo azul o verde de un enfermero parado en el pasillo del transporte más de una vez. Ese guardapolvo probablemente ha estado a 10 cm del paciente que atendió esa mañana. Semmelweis sostenía: lavarse las manos evitaba la transmisión de "algo" que genera enfermedad, que luego Pasteur y Koch identificarían como microorganismos. Hoy, esta simple práctica también parece olvidada. ¿No tendríamos que revisar estas cuestiones? ¿Cuánto nos cuestan estos "descuidos"? ¿Quién debe controlar que esto no ocurra? ¿Estamos formando adecuadamente a nuestros futuros profesionales?



























