De los 90 al presente

Límites difusos, propuestas múltiples

Martes 17 de Noviembre de 2020

Resulta una tarea desafiante reflexionar sobre la pintura en la contemporaneidad teniendo en cuenta el peso que tuvo bajo el dominio de categorías rígidas que matrizaron algunos sectores de la modernidad estética. Desde las rupturas programáticas de las vanguardias al contexto de otra dimensión histórica que derribó la idea de cambio como valor absoluto, los artistas hicieron discurrir sus necesidades por soportes y técnicas variados. La movilidad y la migración se convirtieron en modos de transitar el campo artístico, ya no desde la beligerancia vanguardista sino desde la contemporaneidad y sus escurridizos límites que promueven a una reflexión constante.

Con un pasado local caracterizado por grandes portentos masculinos, revisado en las últimas décadas a partir de investigaciones que derivaron en necesarias exposiciones sobre el rol de artistas mujeres, el panorama artístico actual se caracteriza por la diversidad en varios sentidos. Desde ese lugar se puede pensar en un conjunto de creadores que se han dedicado a la pintura en un sentido más estricto, otros que la han visitado eventualmente y, también, quienes la forzaron conceptualmente para repensar sus fronteras. Dentro de este panorama se puede configurar una selección, obligatoriamente arbitraria e incompleta, en función de los límites concretos de un espacio que propone un recorte y no la totalidad de la pintura rosarina. Con esta salvedad, se pretende dar cuenta en este recorrido de algunas representaciones que juegan con la idea de este soporte, ciñéndose más o menos estrictamente a él, en un amplio arco temporal que inicia en la transición entre los años 80 y 90 para llegar al presente.

En este camino es insoslayable la figura de Daniel García, quien representa un ejemplo paradigmático en la medida que sostiene su producción desde momentos en donde se había dictaminado “la muerte de la pintura”. Consciente de lo que implica producir a partir de la pulsión creativa más allá de modas y tendencias, ha convertido la experiencia del tiempo y la fugacidad de la existencia en un tópico central de su obra. En su trabajo está presente la idea de porvenir, desde el tratamiento de las superficies que son erosionadas adrede, a la reflexión sobre tópicos tradicionales de la historia del arte que giran en torno a esta temática como las vanitas o naturalezas muertas. Sus citas recurrentes a artistas del pasado actualizan esos legados estableciendo una relación asincrónica entre tradición y modernidad, algo que seguramente responde a su formación autodidacta que lo protegió de cualquier academicismo. Entre sus últimas obras se puede mencionar la serie de acróbatas que contorsionan sus cuerpos de formas imposibles dentro de las estructuras ortogonales del cuadro, demostrando las oportunidades que sí otorga la realidad del arte. Algo parecido sucede con algunas pinturas de la serie Damas de Shanghái en donde se atisban los estudios compositivos llevados a cabo por Joaquín Torres García en su Universalismo Constructivo. De esta forma, la ortogonalidad se hace presente en los modos de ubicar las figuras y los objetos en el soporte, dialogando con la adaptación local realizada por Juan Grela de la repartición proporcional del soporte propuesta por el maestro uruguayo. En su prolífica producción del último tiempo, son innumerables los ejemplos de diálogo establecidos por el artista con la historia, logrando vivificar los enigmas del devenir existencial con sus luces y sombras.

Otro artista vinculado a la representación pictórica es Aurelio García, quien encontró en la pintura sacra una forma de conectar con el presente y con la historia del país, sus ídolos y contradicciones. Entre el arte colonial y el pop, García corre los límites entre la figuración y la abstracción y crea un pasado colonial en una ciudad que adolece de él. A partir de la fuerte iconicidad de sus pinturas que seducen por sus combinaciones de forma y color, y su abordaje lúdico en el que articula múltiples referencias, se convierte en uno de los neopop más representativos de la ciudad. Yuxtapone tintes vibrantes creando sensación de movimiento en atractivas tramas decorativas que, en muchos casos, remiten a tejidos celulares y flujos corporales que hacen circular la pintura sobre la superficie pictórica generando un efecto de patchwork. Sensaciones que dialogan con los efectos alcanzados por Darío Homs, un creador con un recorrido más acotado en el circuito legitimador de las instituciones artísticas pero no por eso menos prolífico y constante. Su trabajo se condensa en superficies pequeñas que le posibilitan innumerables juegos de formas, colores y grafías. No es casual que recurra a los clásicos cuadernos Rivadavia que, en algunos casos, despanzurra para trabajar las hojas por separado y completar las superficies con fibras y marcadores de múltiples colores. Ese soporte desacralizado le brinda la posibilidad de jugar con el impulso del automatismo y demostrar la vigencia de una técnica exaltada hace un siglo por el surrealismo. En este juego, la pintura, la escritura y el dibujo pierden sus contornos y dialogan en el mismo nivel de importancia, convirtiéndose en notas de una partitura musical desbordante de ritmo.

Desde otra perspectiva, el trabajo de Graciela Sacco fuerza las categorías de la pictoricidad e induce a pensar en la factibilidad de “pintar” con luz a partir de sus imágenes heliográficas que versaron sostenidamente sobre los efectos de la violencia social y política en diferentes tramos de la historia. La heliografía, una técnica temprana que se remonta a los orígenes de la fotografía, implica la transferencia de una imagen a una superficie tratada con una emulsión que reacciona químicamente cuando es expuesta a la luz. La obra de Sacco trascendió el límite de lo público y lo privado al reproducir estas imágenes en espacios que van desde instalaciones en museos y galerías hasta intervenciones urbanas. Si admitimos esta expansión de la pictoricidad, también cabe mencionar el trabajo de Andrea Ostera, quien viene desarrollando hace tiempo experiencias lumínicas a partir de diferentes recursos y estrategias. En este sentido, desdibuja los límites que diferencian tradicionalmente a las disciplinas incorporando elementos que parten del registro fotográfico de un recorte de la realidad, aislándolos de su contexto hasta convertirlos en composiciones formales autónomas. También recurre a papeles fotográficos y, a partir de la vigencia de sus componentes químicos y los tiempos de exposición, logra composiciones de una paleta cromática caracterizada por la sutileza de sus pasajes. En su obra es posible inferir búsquedas conceptuales que pueden relacionarse con las premisas espirituales de los primeros artistas en arribar a la abstracción total.

Claudia del Río es una artista múltiple que hace fluir sus creaciones en ámbitos y soportes diversos. Como docente y gestora cultural promueve un abordaje sensible y reflexivo sobre las propias prácticas que ha condensado, en gran parte, en su libro Ikebana política. Dentro de su obra, se pueden mencionar pinturas de los últimos tiempos que se caracterizan por una materialidad basta donde conviven la geometría y la figuración en un mundo desprovisto de una lógica racionalista. Por otro lado, sus trabajos dedicados al Niño maíz parten de manchas de aceite de lino –un material tradicionalmente usado para pintar al óleo–, que adquiere autonomía y se completa con una filigrana de grafito en la constitución de este personaje. Muchas de sus creaciones abrevan en la levedad de los materiales y en el imaginario de sectores populares del país y de otras regiones de Latinoamérica que, en su vulnerabilidad, encierran su fortaleza.

Roberto Echen también conjuga roles que lo llevan a moverse en los ámbitos de la gestión cultural, la docencia y los espacios de exhibición. Su posicionamiento sintetizado en la pregunta ¿es contemporáneo? se destaca frente a cierto acartonamiento que dictamina lo que debería ser el arte en una coyuntura donde, claramente, esos dictámenes perdieron vigencia. En algunas de sus obras recurre a ciertos modos del graffiti callejero que resuelve con rapidez sobre soportes tradicionales como bastidores entelados, donde los grafismos de colores chirriantes realizados con pintura en aerosol construyen formas esquemáticas de rápida lectura. En otra vía, realiza pinturas digitales que navegan en internet apelando a recursos tecnológicos que condensan la combinación de formas y colores mediatizando la información, por ejemplo, a partir del código QR.

Sin ser un grupo, Paula Grazzini, Javier Carricajo, Juan Balaguer y Mario Godoy se pueden asociar por varios motivos. Forman parte de una misma generación, han expuesto juntos en varias ocasiones, trabajan en grandes formatos y encuentran en la figura humana un caudal de inspiración que los ha llevado a desarrollar una producción sostenida en el tiempo. Estudiosos de técnicas tradicionales, las vivifican en sus singulares producciones que plantean las posibilidades inagotables de la pintura en un contexto atravesado por la presencia de las nuevas tecnologías. Por un lado, se puede ver en Grazzini el protagonismo del cuerpo femenino que adquiere tridimensionalidad a partir de innumerables veladuras, generando efectos evanescentes. En las pinturas de Carricajo, hombres y mujeres rodeados de un inquietante erotismo interactúan con piezas minimalistas y una decoración que remite a décadas pasadas. Por otro lado, Juan Balaguer combina series dedicadas a platos típicos argentinos o a momentos costumbristas de la clase media local y, finalmente, Mario Godoy reflexiona elusivamente sobre momentos oscuros del pasado reciente y sobre su niñez y adolescencia a partir de series típicas de la televisión de los años 60 y 70.

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Olla popular, de Carla Colombo

Olla popular, de Carla Colombo

Cierran este periplo creadoras que ejercen la pintura en producciones muy diversas que apuntan a la exaltación de una belleza fantástica, abstracciones formales de colores litoraleños y profusos decorativismos. Esta trilogía de artistas mujeres resume parte del plural escenario de la pintura contemporánea. Carla Colombo aborda en diversos formatos el género del bodegón o naturaleza muerta en composiciones pobladas de objetos cotidianos y marcas reconocibles, generando una proximidad atemperada por el clima onírico de sus pinturas. Mimí Laquidara juega con la idea de mural en grandes reproducciones que parten de diagramas de canchas deportivas, realizados verticalmente y desnaturalizando su condición original para convertirlos en pinturas abstractas de tamaño monumental. Finalmente, Alicia Nakatsuka viaja a su tierra de origen y trae a la urbe rosarina la naturaleza misionera, identificada con la exuberancia de la flora y fauna amazónicas, haciendo interactuar sus intervenciones pictóricas con telas y papeles estampados profusamente ornamentados.

Como se ha señalado anteriormente, si algo caracteriza a las últimas décadas es la convivencia de modos plurales de hacer y percibir la producción estética. De esta manera, la ciudad sigue demostrando su potencial artístico y los creadores contemporáneos se inscriben en un pasado que los interpela y los desafía a seguir trabajando en una concepción cada vez más inclusiva de lo que llamamos arte.

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