Tenía 14 años cuando, una noche en el extinto Blockbuster de bulevar Oroño y San Juan, jugamos al gallito ciego con mi amiga Mecha porque no sabíamos qué película alquilar. “Ya” dijimos. Y cada una caminó por un pasillo distinto hasta tocar una. “Milagros inesperados” decía el título de la afortunada. Y la llevamos. Ese drama que tuvo 4 nominaciones a los Oscar fue basado en la novela “El pasillo de la muerte”, de Stephen King. A partir de esa noche, mi mirada hacia las películas cambió para siempre. Me di cuenta que una película, que se suponía que era mero entretenimiento, podía inspirarme y dejarme una enseñanza, que aún hoy, a mis 32, recuerdo claramente: no todo es lo que parece. Hay que ser virtuoso para ver la belleza en la oscuridad. Al mismo tiempo vi “Patch Adams”, basada en la historia real de un doctor que no sólo curaba el cuerpo sino también el alma.





























