El viernes próximo, con el Día Nacional del Tango como marco, se anunciará la creación del
Premio Nacional de Tango que llevará el nombre de Horacio Salgán. Ese día, instaurado en honor al
nacimiento de Carlos Gardel en 1890 y de Julio De Caro en 1899, el Consejo Federal de la Música y
la agencia de noticias oficial Télam harán un reconocimiento público a la trayectoria de
Salgán.
Nacido el 15 de julio de 1916 en Buenos Aires, el pianista, arreglador, director y compositor
contó por qué Arthur Rubinstein un día le robó sus discos a Lalo Schifrin.
—Usted dijo alguna vez que acompañar es crear clima...
—El acompañamiento de una orquesta o de un pianista es más importante de lo que se supone.
Es la posibilidad de un clima distinto. Si estamos en una parte donde la letra habla de algo
triste, hay que prepararse. No puede llegar de golpe.
—¿Qué cantor le gustó más?
—Tuve la suerte de acompañar a grandes cantantes. Edmundo Rivero, Roberto Goyeneche. La
inclusión de ellos en mi orquesta fue un descubrimiento realmente muy grato, muy bueno
artísticamente. Los dos eran distintos. Tenían dos maneras distintas de expresión.
—¿Qué era lo mejor de ellos?
—De Goyeneche el decir. Y Rivero era un gran maestro del canto y la expresión, con gran
conocimiento del tango y los ambientes del tango, y sobre el folclore. Y además tocaba muy bien la
guitarra. Pero el maestro de todos, de los que cantan y de los que tocamos, fue Carlos Gardel.
—¿Qué le enseñó Gardel?
—Todo. El tango fue una cosa antes y otra cosa después de Gardel. Por el fraseo, por las
expresiones. Y también tenemos una deuda con él en la parte orquestal. Esto lo hablamos una vez con
el Gordo Aníbal Troilo. Gardel cambió la forma. Dio líneas para seguir, con una estructura
extraordinaria, novedosa.
—¿Esas líneas tienen límites?
—No, no hay límites. Lo extraordinario del tango es la amplitud. La orquesta de Osvaldo
Fresedo, de Troilo, de Carlos Di Sarli, de Alfredo Gobbi fueron completamente distintas
todo sigue siendo tango. Y lo notable es adónde llegó esta música. Yo tengo 93 años y 75 de
trabajo. Cuando yo empecé, mi padre decía: “El tango «El Entrerriano» de Rosendo”. Y
después se supo que Rosendo era el nombre, no el apellido.
—¿Cómo se llamaba?
—Rosendo Mendizábal. ¿Y sabe por qué ocultaba su apellido? Porque era profesor de algunas
niñas de familia que se hubieran horrorizado al saber que su maestro tocaba tango. Otro ejemplo. El
año pasado la Orquesta Sinfónica de Berlín tocó “A fuego lento”. Una música que antes
no se podía aceptar, terminó siendo admitida por los más grandes maestros del mundo. Y no lo digo
yo. Lo demuestra la opinión de maestros como Arthur Rubinstein. El tango ha recorrido un gran
camino por eso sus posibilidades son inmensas e inacabables. Los límites dependen sólo de cada
compositor.
—¿Sigue gozando del tango?
—No solo del tango: para mí la música en general es una sensación física. Yo me crié en el
tango. Cuando era chico, cuando era joven, el tango era la música nuestra y estaba a todas horas y
en todos lados.
—¿Cuándo empezó a tocar?
—A los 14, en el cine. En el cine mudo. Tocábamos y muchas veces no existía ninguna
relación entre el argumento de la película y lo que se estaba proyectando.
—¿Quién fue para usted un gran pianista?
—El más grande pianista que los pianistas hemos conocido es Arthur Rubinstein, un un gran
maestro que admiraba, como le dije, al tango. En la película “Por amor a la vida”
cuenta que cuando escuchó los primeros tangos se le caían las lágrimas. Y me contaba Lalo Schifrin
que Rubinstein, con quien se visitaban, un día fue a la casa de él, se llevó los discos míos y
nunca se los devolvió. ¡Los tuvo que comprar otra vez!
—¿Cuál es la clave secreta de un buen pianista?
—Hay una sola clave: estudiar. Estudiar. Y tener un buen maestro.
—¿Qué importa en el arreglo, la dirección y la composición?
—Son cosas distintas y estudios distintos. El piano presenta necesidades de concentración
derivados de los problemas técnicos y el desafío del adiestramiento físico para poner las manos,
los dedos y los brazos de cierta manera. Eso es técnica, que sólo cobra jerarquía cuando está al
servicio de la interpretación.
—¿Es difícil dirigir?
—Una orquesta típica no es difícil, la forma de tocar ya viene explicitada. En una
sinfónica sí. También cuenta el conocimiento de los músicos sobre el género. Tiene que haber una
simbiosis.