Sobre fines de 1983 se llevó a cabo, como protesta que acompañaba a las Marchas
de la Resistencia de las Madres de Plaza de Mayo, un acontecimiento que se denominó El Siluetazo, y
que consistió, fundamentalmente, en el dibujo de siluetas que representaban a las personas
desaparecidas durante la dictadura; su recorte en papel y el pegado de las mismas por la ciudad. En
los proyectos, iniciados en 1982 por los artistas Rodolfo Agueberry, Julio Flores y Guillermo
Kexel, la idea partía de una inquietud sobre la monstruosidad espacial del terrorismo de Estado,
formulada al modo de una ecuación geométrica: si una persona adulta mide en promedio una superficie
de 1.75 x 0.60 metro, ¿qué espacio ocupan 30 mil personas?
La pregunta por los desaparecidos en tanto cuerpos quitados del territorio
encontró en El Siluetazo un modo de visualizar la violencia que era al mismo tiempo una protesta
política y una redefinición de la práctica artística. En tanto momento de discurso grupal, la
experiencia daba cuenta del encuentro entre una demanda social y la creación colectiva: la simple
tarea de dibujar, recortar y pegar logró que en las sucesivas "silueteadas" la actividad superase
la participación de los artistas y se extendiera a los transeúntes, quienes ponían el cuerpo para
trazar las figuras a escala normal.
Las siluetas, que originalmente fueron representadas de pie y anónimas,
—en acuerdo con la consigna de "Aparición con vida"—, luego se compusieron como cuerpos
de embarazadas y niños, o sobre el piso, según el reclamo de indagar sobre la muerte. Es decir, no
sólo no concluyeron en un acontecimiento aislado sino que se transformaron en un procedimiento
artístico reapropiado y reformulado por la comunidad. Los espectadores se convirtieron en
productores.
Ana Longoni, quien ha investigado sobre las prácticas de activismo artístico y
político en Argentina, y Gustavo Bruzzone, juez y editor de la revista de arte Ramona, compilan
ahora en un libro los documentos de aquella experiencia: los proyectos, hasta ahora inéditos, que
dieron origen al Siluetazo y fotografías de ésta y otras protestas llevadas a cabo por artistas
durante esos años, en el país y el mundo.
Siluetazo/Silueteada
Dos términos dialogan a lo largo del libro y articulan puntos de vista dentro de
la investigación. Son "siluetazo" y "silueteada". El primero denota el acontecimiento histórico,
ligado a las revueltas populares. El segundo realiza la afirmación de una práctica, la acción
colectiva, temporal, que transforma momentáneamente el espacio, agresivo e inhabitable. En dicha
"obra en progreso" colectiva, las sucesivas "silueteadas" no tuvieron lugar solamente en septiembre
de 1983, sino que se prolongaron hasta 1989, como pedido de aparición con vida de los desaparecidos
primero, contestación a las leyes de obediencia debida y punto final después, y como rechazo a los
indultos decretados durante el menemismo.
La práctica se vinculaba, además, con las acciones artísticas iniciadas en el
país durante los 60, y con otras expresiones, como las del grupo Cada durante la dictadura chilena.
Asimismo generó sus propias proyecciones en las protestas gráfico-callejeras que se continuaron
desde diciembre de 2001. En otras palabras, una lectura histórica del "siluetazo" propone una
lectura transversal de las "silueteadas" como prácticas sociales, que generan momentos de alta
expresión y ruptura si se hallan ligados a la cultura popular y sus demandas.
¿Arte o política?
En las ideas iniciales del libro se conceptualiza con claridad dicha voluntad de
relación entre práctica artística y activismo político. Como señalaron los iniciadores del
proyecto, se trató de "crear un hecho gráfico que golpee por su magnitud física y por lo inusual de
su realización y renueve la atención de los medios de prensa".
La búsqueda de la expresión por medio del shock visual se vincula no sólo con la
vanguardia, sino también —como dice Eduardo Grüner en el libro—, con los distintos
modos de presentificar lo ausentado por la fuerza. Así, representar el cuerpo se vuelve un acto de
sustitución y de recomposición de lazos sociales, al tiempo que escenifica el terrorismo de Estado
silenciado.
El volumen contiene, además de los documentos, una serie de ensayos críticos. En
ellos, una cuestión insistente es por qué El Siluetazo quedó relegado a la memoria de las protestas
por los derechos humanos y no se integró dentro de la historia de la vanguardia artística
argentina.
Roberto Amigo lo define como el acontecimiento más relevante de una serie de
acciones estéticas vinculadas a la praxis política, ya que no surgía a partir de una conciencia
artística. Pero no se trató de una mera estetización de la violencia sino de la elaboración de una
metáfora y un ritual, esto es, la puesta en marcha de un procedimiento que se repite y se recicla,
con el fin de revertir el genocidio, como señala Gustavo Butnix.
Carlos López Iglesias incluye a las siluetas dentro del lenguaje visual
construido por las Madres, como los pañuelos con los nombres inscritos o las manos, que representan
tanto al conjunto como a la individualidad. Santiago García Navarro destaca que, pese a su
inevitable vinculación con los procedimientos de la vanguardia política, la "silueteada" no se
disuelve en lo político sino que encuentra en lo estético su motor de resistencia específica.
El libro concluye con ensayos que esbozan el legado del Siluetazo, como los
escraches y otras acciones de protesta que se vinculan con la performance: más que evocar la
memoria, la realizan, dice Estela Schindel. No abogan por la monumentalización de imágenes sino que
impulsan la memoria viva sobre el espacio público.
Ignacio Liprandi refiere cómo estas prácticas abrevaron de la tradición del arte
conceptual latinoamericano, formulándose como invectivas ideológicas. Este conceptualismo habilitó,
según Laura Fernández, la ruptura del silencio, ya que "la silueta interpela desde ese lugar donde
estando tomado por el vacío se instala ahora una mirada".
Si la actual investigación en el marco de las ciencias sociales propone, cada
vez con mayor firmeza, a la interdisciplina como una herramienta de análisis necesaria, la
compilación realizada por Longoni y Bruzzone resulta afín a esta metodología. Se trata de una
documentación múltiple, de gran interés, tanto para un análisis histórico y sociológico como para
una investigación artística y literaria sobre la cultura argentina de fines del siglo XX.
El Siluetazo - ensayo, de de Ana Longoni y Gustavo Bruzzone (comps.). Adriana
Hidalgo, Buenos Aires, 2008, 511 pp., $ 72