De la imagen y la emoción
Este volumen de cuentos, trece en total, de la periodista y escritora porteña Inés Garland,
premiado por el Fondo Nacional de las Artes en 2005, detiene la mirada muy especialmente en la
infancia perdida, tiempo que queda flotando a partir del epígrafe de María Negroni: "y yo que miro
todo desde la infancia, yo seducida ya entonces, el corazón calcinado de tanto estar cerca de una
ausencia".
8 de junio 2008 · 01:00hs
Este volumen de cuentos, trece en total, de la periodista y escritora porteña
Inés Garland, premiado por el Fondo Nacional de las Artes en 2005, detiene la mirada muy
especialmente en la infancia perdida, tiempo que queda flotando a partir del epígrafe de María
Negroni: "y yo que miro todo desde la infancia, yo seducida ya entonces, el corazón calcinado de
tanto estar cerca de una ausencia".
La exploración de los conflictos en la relación madre-hija recorre por lo menos
cuatro cuentos, entre los más logrados de la colección. El que abre el volumen y le da título
cuenta una experiencia infantil que registra una figura materna siempre escurridiza o ausente. Será
la voz adulta la que escriba a la niña, reinventándola, y le dará a la experiencia la forma que
otros cuentos también adoptan, la de un "recuerdo del futuro".
Es desde la edad adulta que se capitaliza lo vivido y se otorga a cada suceso el
nombre que le cuadra y que la niña tal vez no alcanzó a ver, pero cuya imagen ha guardado, como en
un cofre secreto, en el delicado tejido de la emoción que la cáscara de la memoria envuelve. La
adulta, en un juego de máscaras intercambiables, asumirá su destino de escritora, fatalidad que la
aguarda en algún codo del futuro.
"El remolino", cargado de intenso erotismo, con líneas de escritura de registro
claramente poético, narra la caída de una adolescente en una pasión inconfesable. Reaparece la
madre desatenta, distante, subsumida en su propia imagen. Ya no se trata de una reina, ahora es
actriz y representa un rol: "Mamá es una actriz atrapada en la vida de una esposa cualquiera [...]
no haría nada que no pudiera ser tapa de revista".
"La penitencia" refleja una atmósfera de visos góticos, no solo por el encierro
asfixiante en una situación sin salida sino también por la presencia de espacios como el pozo ciego
o la noche y ciertos sonidos estremecedores en el campo. Una niñera perversa, personaje maniqueo
enteramente desprovisto de grises, reemplaza aquí la madre ausente y reenvía al conflicto de los
cuentos anteriores. Un relato heredero de la cuentística de Silvina Ocampo, quien exploró, a partir
de su ficción de corte autobiográfico, la relación asimétrica madre-hija y el fuerte vínculo que la
unió a niñeras, cocineras y mucamas (figuras maternas sustitutas) remarcando la distancia
inconciliable entre el universo del niño y del adulto.
"El último día de vacaciones" cierra el volumen, y también el prolijo registro
en torno a los conflictos mencionados. La protagonista, una niña de nueve años, busca reponer en su
madrastra a la madre muerta. Esta madrastra comparte algún rasgo que describía a la madre biológica
de "Una reina perfecta": "Porque Amalia es una reina que va a cabalgar hasta el fin del mundo sin
cansarse". Como otros personajes en estos relatos, la protagonista descubrirá que Amalia está muy
lejos de ser una reina y el último día de las vacaciones marcará también, cruelmente, el fin de la
inocencia.
La resonancia que cobran los temas prohibidos o temidos, esos que se hablan a
medias y en voz baja y que por lógica se entienden también a medias, hacen estragos en la
imaginación del niño, según se desprende de "Una buena educación", que también subraya el divorcio
entre la mirada adulta y la infantil.
En torno a los contenidos de apariencia autobiográfica, Garland ha dicho que sus
cuentos pueden arrancar tanto de una imagen como de una emoción que ella intenta sacar a la luz:
"yo uso mucho las geografías de mi vida"; pero advierte: "para mí el verdadero arte es que parezca
totalmente autobiográfico". El juego de siempre queda así expuesto y a disposición de la cuentista:
enmascarar la experiencia y hacer verosímil la invención. Suele dar buenos resultados si además se
le suma, como en este caso, un lenguaje limpio que por momentos interpreta acordes sorprendentes:
"Pienso que nishca debe ser cuando la sal se agarra así con la punta de los dedos y se deja caer
sobre la comida como una nieve finita. Nevishca."