Un chico de 14 años murió acribillado en el atentado a un ómnibus de hinchas de
Newell’s el pasado 4 de febrero. En ese micro iba Diego Panadero Ochoa, que al terminar la
gestión de Eduardo López tomó el lugar de Roberto Pimpi Camino al comando de la barra rojinegra.
Pocos dudan de que Ochoa era el fallido blanco del ataque y el nombre de Pimpi surgió vinculado a
la autoría intelectual, como venganza a su sucesor.
Días después de ese crimen y a raíz del testimonio de una mujer cayó preso un
comercializador barrial de drogas llamado Oscar Chino Fleitas a quien le imputaron la ejecución
material del hecho. En su casa se recogieron elementos que lo conectaban con la banda de Los Monos
de barrio Las Flores, la más desplegada organización de tráfico de drogas de Rosario.
La familia Cantero, que comanda esa banda, detesta la publicidad. No le molesta
que se mencione a Los Monos pero en un celular del Chino Fleitas aparecieron fotos y enlaces
telefónicos con un Cantero. Y por eso el apellido fue aludido en la prensa en conexión con el
atentado que, además, ocurrió en el barrio Las Flores, territorio donde nada pasa sin que se
enteren Los Monos.
Los Cantero quedaron por ello en una odiosa situación de transparencia en un
caso que se insinuaba como un capítulo brutal entre facciones de barrabravas. Todo porque los
supuestos autores materiales, según la pesquisa, están vinculados a ellos. ¿Habrá pagado Pimpi, si
tuvo responsabilidad intelectual en ese crimen, por dejar expuestos a Los Monos? Esto ayer era una
fuerte conjetura en despachos oficiales y tribunalicios.
El apogeo del poder de Pimpi en Newell’s, entre 2002 y 2008, devino de
proporcionar un aporte decisivo para que un grupo de intereses con débil legitimidad pudiera
funcionar. Su contribución consistía en comandar una organización para suplir esa fragilidad. Su
rédito venía de garantizar con violencia la continuidad de la maquinaria a la que pertenecía.
Pero cuando la estructura empezó a languidecer, Camino quedó en el umbral de su
propia fragilidad. La frase que dijo ayer su hermano Tato, "lo dejaron solo", alude a eso. El grupo
se desintegró y esa violencia que ofrecía, que lo colocaba en el lugar más visible, dejó de ser una
mercancía útil. Los otros engranajes de la máquina fueron igual de responsables pero eran menos
vulnerables.
Pimpi tuvo poder mientras Eduardo J. López estuvo en el club y la oposición era
proscripta a base de maniobras consentidas por el Poder Judicial, los disidentes acallados a
palazos adentro de la cancha, los periodistas cooptados o silenciados y los jugadores apretados. La
policía miraba pasar todo.
A cambio de esos servicios Pimpi regenteó espacios institucionales del club,
controló jugadores de las inferiores, manejó las instalaciones. Ninguna de esas acciones se
esclareció. Tampoco los incontables tiroteos que arreciaron implicando a la barra y que ni siquiera
fueron documentados (ver aparte). Por eso Pimpi, que se va solo, no estuvo solo. Fue la punta del
témpano. Todo lo que queda por debajo le sobrevive.
Hernán Lascano
La Capital