Enfoque

Recuperemos las veredas

Una mirada sobre el ámbito colectivo por excelencia de la ciudad, que hoy son víctima de la soledad y el abandono

Martes 13 de Abril de 2021

En estos días en que la pandemia recrudece y hay que cuidarse más que nunca, el único consuelo a mi encierro son las caminatas. Camino. Me pongo una vieja remera, una vieja campera, unas viejas zapatillas, un barbijo nuevo y camino. Siempre caminé. Solo así es posible hacerse amigo de las ciudades.

Lo confieso: evito los circuitos preparados para la práctica del “footing”. Más todavía en este momento, coronavirus de por medio. Lo que me gusta es andar a pie por donde nadie anda. Es decir, por la mayor parte de la ciudad. Una ciudad de veredas desiertas.

Y también, veredas enemigas. ¿Enemigas, dije? Sí, de eso se trata: de que están llenas de trampas que acechan al caminante distraído. No se puede levantar la vista y mirar un árbol, por ejemplo. Hay que tener los ojos fijos en el suelo. Si no, el precio por contemplar un palo borracho en flor puede ser una peligrosa caída.

Además, en otoño, nadie barre ya las hojas. Hay veredas inundadas, literalmente, de ellas. Mucha gente vive adentro, está metida en su casa, por una mezcla del miedo al Covid, la omnipresente inseguridad y la creciente adicción a las pantallas. Las veredas parecen ser parte de otro mundo.

Un querido amigo acaba de volver de España, donde vive, para cuidar a su madre enferma. Cuando el solcito de la tarde entibia el barrio, se sienta con ella en la vereda, con los barbijos puestos. Solo ellos lo hacen, parecen dos náufragos en el mar solitario de la República de la Sexta.

A la ciudad se la defiende habitándola. Caminándola. Sentándose en sus bares y cines. Leyendo a sus escritores, escuchando a sus músicos, mirando la obra de sus pintores. La ciudad es una construcción colectiva, un espacio identitario, un ámbito de todos. Y sus veredas son el símbolo: sin veredas, no hay ciudad.

Las veredas son lo común y eso es lo que se ha perdido, lo común: lo “nuestro” se ha convertido en “lo mío” y “lo tuyo”. Esa es la cultura que hay que revertir. La que hay que derrotar.

Los barrios privados son la anticiudad. Increíblemente, hay concejales rosarinos que viven en barrios privados. La ciudad es, antes que nada, lo público. Las veredas no pueden ser privatizadas. Los dirigentes políticos, en cambio, sí.

Cuando era más joven, solía vagabundear de noche por las calles. Kilómetros y kilómetros. Con plata apenas para un café y una copa, no me importaba si llovía. Andaba y andaba, miraba y miraba. Descubría esquinas, árboles, bares. Me encontraba con la ciudad y la vida.

Ahora paseo de tarde por la zona sur, donde vivo. Me paro ante la vidriera de una librería que está en Uriburu casi San Martín, se llama Homero. Paso enfrente de algunos cafés que aún resisten. Me sigue sin importar si llueve.

Jamás dejaré las veredas.

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