Promediando el siglo XIX Juan Bautista Alberdi publica "El crimen de la guerra",
texto de particular relevancia donde expone centralmente las calamidades civilizatorias que acarrea
la expansión de la lógica bélica; y propone la eliminación de necios proteccionismos comerciales
como remedio para el sangriento entredicho entre naciones.
Alberdi ya se ha desplazado en esos años hacia un rotundo liberalismo
economicista, convencido de que la interferencia del estado sobre el sabio despliegue de las
fuerzas productivas entorpece el acceso a una modernidad que llegará finalmente de la mano del
egoísmo empresarial bien encaminado.
Ahora bien, se emite allí un comentario tan inédito como irrepetido. Si el
requerimiento de la hora toma el cuerpo del desarrollo económico agroexportador, habrá que perfilar
una épica donde el héroe agasajado no sea un ya anacrónico guerrero de la independencia sino un
industrial acaudalado y pujante. Alberdi avanza y elabora un juicio herético respecto de la
inconveniencia de mantener a San Martín como intocado referente del procerato patrio.
Mientras Bartolomé Mitre edita sus apologéticas obras acerca de las trayectorias
de San Martín y Belgrano, para galvanizar la nacionalidad en pañales abrevando en el linaje
emancipador de Mayo, el tucumano pone en duda que sean las narrativas con olor a pólvora las que
permitan garantizar un hasta allí tambaleante progreso argentino.
Atento a lo dicho valen dos señalamientos. La apelación a un pasado pedagógico
para destrabar dilemáticas encrucijadas del presente es una operación simbólica que desde siempre
contó con empinados exponentes. Y la batalla por los sentidos de la argentinidad excluyó
metódicamente a San Martín de la controversia interpretativa. Salvo la fugaz osadía alberdiana, las
diversas trincheras historiográficas quisieron tener al intocable General de Yapeyú convalidando su
propia versión de los acontecimientos.
Pues bien, será el movimiento revisionista el encargado de perfeccionar y
profundizar esta mecánica interpretativa a través de la cual la vida pretérita de los pueblos
brinda impecables enseñanzas a los empeñosos protagonistas del presente. Adolfo Saldías y Ernesto
Quesada inician una secuela que tiene a la figura de Rosas como territorio de la revisión
valorativa. Tirano denostado para la intelectualidad liberal del siglo XIX, de una tenue aceptación
de sus méritos gobernantes se pasará a exaltar su enfrentamiento con los imperios en la Vuelta de
Obligado o su capacidad para dotar de cierto orden a una nación todavía lacerada por la anarquía
del año 20.
La admisión nostálgica de dichos méritos remiten claro a momentos traumáticos
que padecía la Argentina a principios del siglo XX. El descontrol plebeyo de la democracia ligará
al Rosas de la mano dura con el nacionalismo derechista y restaurador, y el ruinoso pacto
Roca-Runcimann vinculará al Brigadier General con el naciente antiimperialismo que se atisba en los
hermanos Irazusta y adquiere letra célebre en los cuadernos de Forja.
Por cierto, la empresa revisionista no culminará allí. Si desde Sarmiento en su
"Facundo" los caudillos montoneros personifican la secreción espuria de una Argentina enferma de
barbarie, la impiadosas corrientes críticas a la prosapia liberal encuentran patriotas injustamente
calumniados donde los civilizados veían ominosos déspotas del facón.
Angel Vicente Peñaloza o Felipe Varela encarnaron una genuina resistencia
nacional contra un artificioso progresismo impuesto con sangre por el maléfico capital inglés. De
las cenizas de sus cuerpos decapitados surgen directivas y recomendaciones que los nacionalismos
militantes del siglo XX no pueden desoír si pretenden concluir con éxito su combate contra las
rejuvenecidas formas de expoliación imperialista.
Llegando a 1970, el revisionismo se acerca al paroxismo al entroncarse con
variantes izquierdizantes del peronismo. Se llamará Montoneros la principal de ellas, donde se
acoplan el Tigre de los Llanos y el asesinato de Pedro Eugenio Aramburu; y se llamará "Los hijos de
Fierro" una película en la cual Fernando Solanas yuxtapone el martirologio del gaucho hernandiano
con la embestida popular que procura garantizar el retorno revolucionario del general Perón al
país.
Lo peculiar del revisionismo sin embargo, no es haber ligado los mensajes
cifrados de la historia con los requirientes desafíos del presente, sino haber introducido lo que
cabe denominar una lógica de la recurrencia. Forma sofisticada del anacronismo que se alimenta del
principio de la invariancia. De otra manera. Un idéntico antagonismo atraviesa el largo periplo de
la historia argentina, sólo que modificando sus máscaras y manifestaciones. Poco importa que Rosas
fuese un estanciero bonaerense, Yrigoyen un predicador laico de las virtudes de la constitución de
1853 o Juan Domingo Perón un militar obrerista. En definitiva todos combatían contra lo mismo. El
tiempo pasa pero los enemigos quedan.
El revisionismo como corriente historiográfica ha perdido intensidad y presencia
académica, pero su esquema analítico parece haber recuperado incidencia en los ajetreados días del
conflicto agrario. Se ha hablado de oligarquía golpista para referirse a la Sociedad Rural, se
calificó de comandos civiles a los ruralistas escrachadores de toda disidencia, se ha denunciado
como gorilismo a la subestimación mediopelesca de las bases morochas del oficialismo, y Eduardo
Buzzi se abrazó con sus enemigos de siempre apelando a un sencillo argumento: "Yo no me hago cargo
de su pasado".
Intentemos una suerte de balance. Los riesgos de la óptica revisionista
desembocan en la imposibilidad de escrudiñar con eficacia en la especificidad de lo inesperado. Los
aparentes trazos duros de la historia obturan el ingreso a un mundo dinámico donde las fuerzas
sociales se recomponen, los actores políticos se resitúan y los enemigos no sólo mutan de ropaje
sino también de contenido.
La historia liviana, vaciada de musculosas continuidades, aquella que se
escandaliza cuando los antagonismos contemporáneos reposan en épicas del pasado, sólo autoriza la
flotación ingenua de las personas, la acción que invocando la singularísima novedad de cada lucha,
impide percibir la pervivencia evidente de privilegios siempre acechantes. La historia no es ni una
sumatoria inconexa de instantes irrepetibles, ni la secuencia preestablecida de un mandato
ancestral de cada pueblo. Es la inercial sedimentación de sucesos que estructuran la decisión de
los hombres sin condenarlos a necesariamente a continuar una saga inmutable.
Si el exabrupto de Néstor Kirchner de invocar comandos civiles como
metaforización de la intolerancia, enajena cualquier interlocución con las voluntades indecisas,
suponer que cuatro meses de radicalización política devienen apenas de una exasperada manipulación
del lenguaje o una resolución técnicamente mal diseñada, oculta por ignorancia o sumisión la
vitalidad de fuerzas tan añejas como tenebrosas que no toleran la más mínima irreverencia
reformista.