Opinión

A la misma horael año que viene

A medida que el sol ascendía espléndido, el rostro sudoroso de los amantes entrelazados sobre la arena y escondidos por la fronda que sujeta los médanos manteniéndolos inmovilizados, mostraba una felicidad cercana a un éxtasis agotador.

Domingo 18 de Febrero de 2018

A medida que el sol ascendía espléndido, el rostro sudoroso de los amantes entrelazados sobre la arena y escondidos por la fronda que sujeta los médanos manteniéndolos inmovilizados, mostraba una felicidad cercana a un éxtasis agotador. Una promesa cumplida es el cimiento de otra. A veces más difícil de concretar que la anterior y para no añadir dificultades indeseadas, volvieron a quedar en verse el próximo año en el mismo sitio y a la misma hora. Eran pasadas las seis y ya no se escuchaba la música estridente despidiendo al Carnaval. Desde la arena mojada trocitos de mica enviaban múltiples guiños cómplices que tomaron como mensajes de buen augurio. Ella fue la primera en vestirse con un ligero y suelto vestido rojo. Y sus ojos grises, que contrastaban con la piel de tantas tardes acariciada por el sol, observaron a modo de despedida en la que cabía más añoranza que tristeza, el desolado paraje donde sus destinos habían quedado grabados. El, de vaquero, remera y descalzo, se agachó y cortó una azulada flor de esparto abierta todavía a medias y la sujetó sobre la oreja derecha de ella. La tomó de la mano y caminaron abstraídos del mundo hacia las luces del pueblo al que los lugareños de Lucila del Mar insisten en denominar Ciudad del Amor. Una exageración eso de ciudad para un poblado costero de no más de siete manzanas por siete, pero el orgullo a veces se impone a la razón. Ya se lo habían dicho todo, o casi, de modo que las palabras habían sido reemplazadas por gestos. Un beso rozando la comisura de los labios de ella. Su sonrisa y una devolución fugaz en la nariz de él. Y en ese silencio roto solamente por el rumor pudoroso del mar, ambos pronunciaron una secreta y breve oración a Dios, o como quiera que se llame, agradeciendo los momentos vividos. El pensó en las palabras robadas y tantas veces dichas como te quiero, te necesito, pero se contuvo. Y a la manera de los hombres musitó: hasta el próximo encuentro. Ella bajó la vista y murmuró escuetamente: te extrañaré. Y no hubo lágrimas. Sólo la dicha que suele imperar el Día de los Enamorados.

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