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¿Quién nos oprime?

Competir contra nosotros mismos y superarnos permanentemente parece ser la nueva ley. Nos dicen que se puede, que nadie nos traba. Autorrealizarse no es ya una elección, ¿es una obligación?

Domingo 15 de Julio de 2018

La era de la disciplina y el rigor impuestos se cayó, pero el deber ser, lejos de morir, está más vivo que nunca. Sólo que ahora no está afuera ni es claro, sino que vive adentro y disfrazado. La anterior sociedad disciplinaria, en la que dominaban la prohibición, los límites —las reglas venían de afuera y era preciso ajustarse— mutó en una sociedad de rendimiento. La negatividad del deber, esa sensación molesta de sentirse obligado hacia un camino y trabado en otros, cambió de traje, probándose ahora el disfraz de la "positividad" del poder. En la actual sociedad ya no reina el deber sino el poder. Pero no hay una ruptura real sino que existe una continuidad implícita que, adrede, esconde sus lazos: las bases disciplinarias ya fueron sentadas, por lo que poder es, en lo más hondo, ¿un deber?

En estos tiempos reina un verbo "poder" que no tiene límites. Las iniciativas y los proyectos sin márgenes reemplazan a la prohibición de un lustro atrás: el no tajante cambió por un sí, sin condiciones.

A simple vista, el giro es positivo, pero es necesario mirarlo de cerca para no equivocarse y terminar sufriendo. Se trata de una nueva presión, no la del mandato externo explícito sino la de la demanda tácita: la del rendimiento, la de llegar a ser. El rigor y la prohibición cedieron ante la responsabilidad u obligación de generar iniciativas y proyectos en un mundo que dice regalarte la oportunidad. Teniendo todas las oportunidades al alcance de tus manos, sin ninguna barrera externa, entonces ¿cómo no desarrollarse y alcanzar la meta? Miremos el truco de cerca, para que el mago no nos distraiga mientras esconde la carta.

Ya no es un otro quien nos explota, sino que es uno mismo quien lo hace, y voluntariamente, sin coacción externa. Se trata de una feroz autoexplotación pero con la extraña sensación de ser libres.

El hecho de que no haya un dominio externo, alguien que somete, no asegura ni conduce a la libertad. El giro tiene algo de perverso: la libertad y la coacción coinciden, viven en la misma persona. En palabras del filósofo surcoreano Byung-Chul Han: "El sujeto de rendimiento se abandona a la libertad obligada o a la libre obligación de maximizar el rendimiento". Los excesos cometidos con esta finalidad se convierten en una autoexplotación, un sistema de abuso mucho más efectivo, dado que va acompañado de un sentimiento de libertad. Víctima y verdugo, explotado y explotador, oprimido y opresor. ¡Qué paradoja! Un nuevo caldo de cultivo para el sufrimiento.

Detenerse a contemplar

Un poder sin límites. Todo está ahí servido, nadie nos detiene. Hasta que la máquina de rendimiento se agota: nace un estado de ánimo sombrío que pierde la iniciativa y la voluntad. Ya no se puede seguir pudiendo —juego de palabras adrede—. Y entonces viene la caída. Es un cansancio que incapacita para hacer e, incluso, para desear. Podría ser esa pausa necesaria para pensar, pero no. El imperativo de rendimiento no deja lugar para el reposo. ¡Qué paradoja! Aún el deber tenía límites, pero el poder no: en su costado más siniestro la presión del uso de la libertad esclaviza.

El "todo se puede", publicitario, contrasta con el lamento de no lograrlo y, así, sin que nadie más que uno mismo deba señalarlo, llega la frustración, el dolor de no alcanzar la meta, de no rendir.

La disciplina y el rigor siguen vigentes y, quizás, más fuertes que nunca. Porque ahora, con un pase de magia, el mando fue cedido del otro hacia uno mismo. Competimos contra nosotros mismos, debemos superarnos permanentemente, tenemos que hacerlo porque se dice que se puede, que nadie nos traba. Es un movimiento muy violento, pero disfrazado de positividad.

Autorrealizarse no es una chance sino una obligación con plazos y condiciones, y el que no lo logre (hastiado de pelear) se derrumbará. El tirano vive adentro, la desilusión de no haber alcanzado la meta impuesta por uno mismo es el castigo autoinfligido. La propia soberanía se vive como la peor condena. Del deber al poder. De la coerción al autosometimiento. La obligación y la libertad, juntas. La autorrealización y la autodestrucción a un paso de distancia.

Es momento de hacer una pausa: hasta el verbo poder necesita límites. No siempre todo se puede: es prudente tenerlo en cuenta. Es tiempo de detener esta carrera desenfrenada hacia vaya a saber dónde, para contemplar. Para evitar que la vida se nos pasa por delante sin reparar en ella. Debemos aprender a mirar con profunda atención. Detener el motor que sostiene esa hiperactividad que busca seguir generando y produciendo —respondiendo a la demanda ahora implícita y disfrazada de elegida— para observar. Parar la máquina sin miedo; el mundo va a seguir girando. Si no hacemos una pausa, entonces no habrá reflexión; si no damos lugar a esta inflexión, entonces no haremos ningún cambio.

La autorrealización, como el sentido de la vida, es más un camino que una meta: móvil, flexible y atento a las variaciones del contexto. Y no tiene plazos perentorios. No nos dejemos engañar: no pasa por cuánto producimos, pasa por saber amar lo que hacemos.

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