La biología indica que los organismos vivos nacen, crecen, por lo general se reproducen, y luego mueren. Pero si algo parece caracterizar al ser humano es la intención de conocer la biología para trascenderla: si conviene que las plantas sean distintas, se las cultiva y se le sacan o ponen genes; si nos interesa extender las horas con luz, se fabrican lamparitas; si alguien está lejos, nos comunicamos como si estuvieran al lado (o casi). La biología, en algún sentido, ha dejado de ser un límite férreo. Incluso la muerte, el final de los finales, se ha ido extendiendo de manera prodigiosa más allá de los 20 años, que fue la expectativa de vida del Homo sapiens durante el 99,9 por ciento de su existencia. Incluso el biólogo Leonard Hayflick, de la Universidad de California, llegó a decir que "el envejecimiento es un artefacto de la civilización".
—La inmortalidad y la longevidad prolongada han sido protagonistas de relatos míticos y religiosos, en todas las culturas y sociedades humanas. Parece ser una aspiración inscripta en nuestro ADN, un acto íntimo de resistencia frente a lo inevitable: la decadencia física progresiva y la muerte. "El deseo de vivir es el hecho emotivo más profundo de la naturaleza humana", dijo el antropólogo Malinowski. Lo que a mí me llamó la atención, y lo cuento en el libro, es que el tema salió del ámbito de los religiosos, los místicos, los aventureros, los escritores de ciencia-ficción y los charlatanes y empezó a entrar en el campo de la ciencia. Si hay experimentos en ratones que aumentan un 30 por ciento su vida media, o un "gen de la longevidad" en gusanos que se puede manipular y duplica los años de vida, o se descubren los mecanismos bioquímicos o metabólicos que se desencadenan o se asocian al envejecimiento, ¿por qué no pensar en aplicar esas intervenciones en humanos? Nadie promete la inmortalidad en sentido estricto, pero hay científicos que aventuran existencias de cientos o varios miles de años y ninguno fue expulsado de la academia. De eso se trata. Del cruce de la empresa científica con la experiencia más intensa que quizás nos define como humanos: saber que somos finitos y buscar maneras de resistir o resignarnos a ese destino. Y creo que ahí hay una historia.
—Después de la investigación y de ver tantos intentos fallidos, ¿por qué creer que ahora sí estamos más cerca? ¿Estamos más cerca?
— El punto es qué definimos como "más cerca". Estamos más cerca, aunque no estoy seguro de que seamos nosotros (o nuestra generación) quienes podamos aprovecharlo. La revista Time publicó hace un par de años una tapa con la foto de un bebé: "Este bebé va a vivir 142 años". No está mal, pero suena a poco para quien aspira a eternizarse. De todos modos, la respuesta natural es que si se descubren los mecanismos biológicos de la senescencia y se interfiere con ellos, del mismo modo que se ha hecho con distintas enfermedades, y además hay inversores "pesados" empeñados en ese objetivo (desde Larry Page de Google hasta Craig Venter), todo indica que tarde o temprano se podrán desplazar los límites de la muerte. Al menos, para quienes puedan pagar esas intervenciones.
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Rompiendo récords. En el mundo hay cada vez más personas que logran superar los 100 años.
—¿Cuál te parece el desarrollo más promisorio?
— No sé si llamarlo el más promisorio, pero el estudio que se planea hacer con metformina, un medicamento muy barato y seguro que usan los diabéticos de tipo 2 desde la década de 1950 (en Argentina hay unas veinte marcas), creo que va a servir como una "prueba de concepto” radical: que es posible instrumentar intervenciones que no sólo prevengan la muerte por distintas causas, sino que interfieran con el propio mecanismo del envejecimiento que, en definitiva, es el que propicia todas las enfermedades asociadas. En lugar de ir apagando los distintos focos de incendio, atacar al pirómano que anda prendiendo árboles en el bosque. Si el estudio documenta beneficios, creo que va a ser revolucionario. Y el punto de partida para legitimar del todo este campo.
—¿Y el más extravagante de los que están en esa lista?
— Recetas extravagantes hubo cientos a lo largo de la historia. Yo cuento en el libro los experimentos de un científico ruso que trasplantaba cabezas de perros (se pueden ver ejemplares operados de dos cabezas expuestos en un museo de Riga, Letonia) y que, según parece, respondía a su aspiración de prolongar la vida humana mediante ese procedimiento extremo. O las fórmulas de los taoístas de retener la eyaculación en el acto sexual para “preservar la esencia”. O los implantes de testículos de chimpancé. A mí lo que hoy me suena más extravagante, pero quizás eventualmente no lo sea, son esos proyectos de transferir la información cerebral en un holograma y seguir “vivo” más allá de las limitaciones del cuerpo físico. Pero, bueno, puede ser. El punto es... ¿para quién estará disponible? Y en sentido más filosófico: ¿es ese tipo de vida el que pensamos cuando soñamos con eludir la muerte?
—¿Cuál es el problema más grave a encarar por la humanidad si finalmente se consiguiera extender la vida varias décadas?
—Inicialmente, yo pensaba que podría ser la superpoblación. Pero, entre otros aspectos, prolongar la vida no implica extender el período reproductivo y que las mujeres sigan trayendo niños al mundo a los 85 o 130 años. Sin embargo, lo que uno de los científicos que más investiga y reflexiona en este campo me dijo, es que uno de los desafíos de una prolongación radical de la vida (digamos, más allá de una o dos décadas) es enfrentar lo que él llamó el “estancamiento cultural o intelectual” de la humanidad. La dificultad de las nuevas ideas para imponerse en una sociedad dominada por ultralongevos que, por definición, tendrán marcos más rígidos de pensamiento y mayor resistencia a la innovación. Por supuesto, una sociedad donde todos vivan 10.000 años entraña retos adicionales. ¡Espero estar allí para contribuir a resolverlos, o ver cómo otros lo hacen!
¿Más allá de lo posible?
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Libro de Matías Loewy.
El libro del periodista Matías Loewy reconstruye el contexto cultural y científico del derrotero que condujo al ser humano a esta instancia de la batalla por la longevidad. Y plantea el tremendo impacto que tendría lograr la vida eterna.
Las utopías de la doctora Aslan (extracto del libro Imortalidad)
En agosto de 1982, mientras médicos y gerontólogos de todo el mundo se reunían en Viena para una asamblea de la ONU sobre envejecimiento, el diario El País de España entrevistó a la doctora Ana Aslan, directora general del Instituto Nacional de Gerontología y Geriatría de Rumania. Según la corresponsal, Aslan era entonces "una enjuta anciana de 85 años que avanza muy derecha y representa la edad que tiene. La lleva mejor que algunos de sus coetáneos y peor que otros, pero alegra su ancianidad con un ligero camisero de florecitas azules que deja ver un triángulo de encaje blanco por el hueco traicionero de un botón desabrochado".
La referencia no era casual. La descripción no era ingenua. Desde hacía tres décadas, Aslan tomaba la fórmula que la había transformado en un emblema de los sueños rejuvenecedores: el Gerovital H3. Y no sólo ella lo hacía. En las décadas del '60 y '70, la promocionada lista de pacientes que disfrutaron de sus beneficios incluía a Marlene Dietrich, Konrad Adenauer, Kirk Douglas, Charles De Gaulle, Ho Chi Minh y Salvador Dalí. En 1975, durante una visita oficial a varios países de América Latina, el dictador rumano Nicola Ceausescu, rojo de furia, se quejó a un asesor de que sus pares preferían hablar del tratamiento de la doctora Aslan antes que de política.
De acuerdo a la página web del instituto en Bucarest, que hoy lleva el nombre de su ex directora, el producto sigue siendo un bálsamo milagroso en personas de la tercera edad: reduce la depresión y la ansiedad, aumenta las ganas de vivir, incrementa las capacidades físicas e intelectuales, disipa las manchas cutáneas, mejora el tono muscular y la movilidad de las articulaciones, reactiva el crecimiento de los cabellos y normaliza la presión arterial. Y si alguien tiene dudas, el establecimiento informa: "Todas estas observaciones clínicas han sido verificadas por la experiencia".
El ingrediente activo del tónico antiage de la doctora Aslan es la procaína: un anéstesico local sintetizado en 1905 y relacionado estructuralmente a la cocaína, pero sin sus efectos adictivos. Aslan, quien, según la historia oficial decidió estudiar medicina y combatir el envejecimiento cuando perdió a su padre a los 13 años, empezó a experimentar con la droga a fines de la década del '40, especialmente en ensayos para prevenir o paliar la artritis en ratones de laboratorio. Pero cuando observó que los roedores no sólo mejoraban la movilidad de las articulaciones, sino que también recobraban peso y brillo, supuso que la actividad de la procaína podía ser más amplia. En lugar de acertar un color en la ruleta, podía ganar un pleno.
Entre 1949 y 1951 Aslan trató a los primeros pacientes humanos, todos de edad avanzada. Y quedó deslumbrada. Quienes recibieron el Gerovital "mostraron un cambio en sus condiciones físicas y psicológicas", escribió. "Tuvieron un aumento de la memoria, una disminución de la rigidez por el Parkinson y un incremento de la potencia muscular". Como si hubieran rejuvenecido 20 o más años.
En la siguiente etapa seleccionó a otros 25 ancianos para comparar, durante tres años, los efectos del Gerovital con tratamientos alternativos, como vitaminas o extractos de glándulas. Y luego extendió el uso a otros 2500 pacientes, dada la "inocuidad" de la medicación (que podía ser inyectable u oral). Los primeros datos alentadores parecían confirmarse. Los resultados fueron presentados en 1955 en la revista de la Academia Rumana de Ciencias. Y dos años más tarde en un congreso internacional de gerontología en Verona, Italia. Aslan estaba exultante: "Puede afirmarse", aseguró, "que la procaína reduce la edad biológica por debajo de la cronológica. Debería ser considerada una sustancia útil para la prevención y el tratamiento en la lucha contra vejez".
Un periodista comparó en 1960 al Gerovital con el "soma", la pastilla de la dicha que inventó Aldous Huxley en "El mundo feliz". Pero el grueso de la comunidad de médicos y científicos nunca compartió semejante entusiasmo y considera que no existen evidencias fundadas de una acción efectiva anti-edad. "Aslan es afectuosa, atenta y carismática", señaló el biólogo David P. Barash en un libro sobre envejecimiento. "Así que es posible que, al menos, algunos de los éxitos que se le atribuyen tengan muy poco que ver con las sustancias que inyecta y mucho con las expectativas que proyecta".
La sola insinuación de que las bondades de su medicación se pudieran asignar a un simple efecto placebo irritaba a Aslan. "Uno no puede encontrarse mejor psicológicamente sin estarlo también físicamente", sostenía. La médica rumana recomendaba tomar la medicación como preventivo después de los 40 o 45 años. Pero si uno quería además un tratamiento intensivo podía acceder a los programas de su instituto en Bucarest, que hoy sigue ofreciendo la fórmula contra la vejez a un precio más razonable que La Prairie: desde 1.160 euros por el plan de dos semanas, con medicación, exámenes, comidas y alojamiento incluido.
Cuando falleció Aslan, el 20 de mayo de 1988, un año y medio antes de la caída del Muro de Berlín, hubo seguidores que desestimaron la idea de una muerte natural y lo atribuyeron a un complot del que participó la policía secreta rumana. ¿Cómo iba a morirse así nomás, si apenas había cumplido 90?