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Gritos desesperados

Si a un niño no se le permite ser niño se lo puede empujar a la depresión o a cualquier otro trastorno.

Domingo 24 de Febrero de 2019

Si a un niño no se le permite ser niño se lo puede empujar a la depresión o a cualquier otro trastorno. No se trata necesariamente de enfermedades sino de un ruido que busca manifestarse, una señal que nos advierte la necesidad de cambiar el rumbo, un grito desesperado que los padres debemos empezar a oír.

La depresión se revela en un estado de ánimo bajo, depresivo o irritable, la mayor parte del día y casi todos los días, una marcada disminución del interés o el placer en casi todas las actividades incluido el juego y otras tareas que antes disfrutaba —o la creación de juegos de temas autodestructivos o desvalorizantes—. Son comunes el aburrimiento, el fastidio, el cansancio y la falta de energía, así como la inestabilidad emocional, la irritabilidad, el retraimiento, la angustia y brotes de llanto inexplicables. En ocasiones este cuadro queda enmascarado por quejas somáticas múltiples: dolores, molestias y otras manifestaciones en el cuerpo, alteraciones del apetito con las oscilaciones del peso correspondientes, y cambios en el sueño. Es frecuente la disminución de la capacidad para concentrarse y rendir cognitivamente, lo que trae aparejado un pobre rendimiento escolar y/o en otras actividades. También pueden observarse berrinches, mala conducta, impulsividad, agresividad, desconexión con los amigos y aislamiento. Se hacen evidentes la hipersensibilidad a la crítica o comentarios sobre sí mismo, los autorreproches, la culpa, los autoconceptos negativos y, en ocasiones, hasta ideas de falta de sentido de la vida y muerte.

La etiología o causa de la depresión es multifactorial comprendiéndose aquí tanto razones biológicas como psicológicas y ambientales. Como para todo esto es conveniente referirse a textos especializados, lo que más me interesa destacar son esos factores que siempre están a nuestro alcance como adultos para disminuir la creciente prevalencia de este flagelo, esos que en los tiempos que corren suelen pasar desapercibidos. La depresión es muchas veces la consecuencia de un estrés que se sostiene en el tiempo, una demanda que agota, una exigencia que supera la resistencia y voluntad del niño. Doble escolaridad, maestra particular, deporte, idioma y, de vuelta a casa, tarea y a dormir: niños llenos de actividades desde que amanece hasta que el día termina ¡sin tiempo para ser niños! ¿En qué casillero queda agendado el horario de juego? ¿Cuándo se puede elegir qué hacer? ¿Dónde está el bloque de las actividades y el tiempo compartido con los padres? ¿En qué espacio quedan alojadas las cosquillas, los juegos con el cuerpo, las caricias y las charlas? El vertiginoso e hiperexigente modelo de los adultos (del que nosotros mismos nos quejamos) queda presentado para "formar y preparar" a un niño para la vida en este mundo, ese con el que cada vez nos sentimos menos identificados. ¡Qué paradoja! ¿Hacia dónde estamos llevando a nuestros hijos sino es hacia el agotamiento, la pérdida de sentido y la depresión?

Si a un niño no se le permite ser niño, entonces —seguramente sin quererlo— se lo empuja a este tipo de trastornos. Visto de este modo, no se trata de una enfermedad sino de un ruido que busca manifestarse, una señal que nos advierte que hay que cambiar el rumbo, un grito desesperado de un corazón tierno que se endurece muy tempranamente. Que los diagnósticos, tantas veces apresurados, no tapen la única demanda de los niños: ¡ser niños!

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