La librería más antigua de Rosario cumple sus primeros cien años
Se las desafía a una situación de ficción y ellas aceptan el convite. "Si de golpe la librería
se quemara, trataría de llevarme como sea esta pesada máquina registradora", dice Amalia, de 76
años, y amante de las novelas policiales. Su cuñada Amanda, de 93, agrega que se llevaría "un libro
cualquiera, el que tenga más a mano; como recuerdo".
20 de julio 2008 · 01:00hs
Se las desafía a una situación de ficción y ellas aceptan el convite. "Si de
golpe la librería se quemara, trataría de llevarme como sea esta pesada máquina registradora", dice
Amalia, de 76 años, y amante de las novelas policiales. Su cuñada Amanda, de 93, agrega que se
llevaría "un libro cualquiera, el que tenga más a mano; como recuerdo".
Ellas son las mujeres que cada día, puntualmente, se ponen al frente de la
librería más vieja de Rosario. La "Americana", más conocida por varias generaciones de rosarinos
como "Longo" cumple el próximo 2 de agosto 100 años. Y a pesar de tamaño acontecimiento, estas dos
jubiladas que mantienen el comercio abierto más por amor que por el caudal de ventas, no tienen
planeado ningún festejo especial. "Trabajaremos como siempre, a la mañana y a la tarde, sólo
esperamos que nos vengan a saludar los clientes", se ríen.
Esta librería de usados está enclavada en Sarmiento 1173 desde que el siciliano
Alfonso Longo la abrió en 1908 por primera vez. Y parece haberse quedado en el tiempo. Tiene
vidrieras y persianas de esa época. Las estanterías, mesas de saldos, expositores, cartelería,
pinotea, mobiliario de roble, una máquina de escribir Woodstock y las imágenes gauchescas que
imprimía Longo siguen allí. "Las telarañas del techo también son parte del patrimonio", aclaran las
mujeres con picardía. Cuesta creer que nadie haya tendido una mano para que una centuria de la
historia de la ciudad concentrada entre estas cuatro paredes, se conserve mejor.
Longo había llegado desde Alessandria della Rocca a los 9 años, sin saber leer,
ni escribir. Y en Rosario cursó sólo hasta 3er. grado. Pero eso no le impidió ser un gran lector.
Leía un libro por la mañana, otro por la tarde y uno más por la noche; "y LaCapital, todos los
días, a rajatabla", dice su hija Amalia, la menor de cinco hermanos.
Su corta escolaridad tampoco le imposibilitó a Longo ser librero e imprentero.
"Comenzó vendiendo libros con un carrito ambulante, puso
una primera librería con un socio (Vidal Argento) y luego se mudó aquí, por su
cuenta", relata Amalia mientras muestra a este diario una tarjeta personal de su padre con el
primer número telefónico: 3678.
En 1929, Longo importó miles de postales de Europa, y aún se pueden comprar
algunas a 5 pesos. Por ese mismo importe hay algunas mejicanas de los años 40 y fotos coloreadas.
También por 5 pesos hay discos: desde Stevie Wonder, pasando por César Isella hasta Katunga; unos
cuantos vinilos de jazz de colección y, obviamente libros usados, amarillos y baratos: "Historia
del arte alemán", de B.G Barthel, por 10 pesos; "The pocket history of american painting", también
por 10; novelas a 2 pesos; sonetos editados por Longo, a 1 peso; diccionarios de francés (8 tomos)
a 400 pesos; títulos New Age, desde 10 a 35 pesos; ediciones Salvat, a 5; y cuentos para niños,
desde 2,60 pesos. Para todos los gustos.
Libros eróticos. Anécdotas hay a montones. Amalia y Amanda aseguran que les
robaron ejemplares en más de una oportunidad: "Se han llevado tomos enteros de varios diccionarios
dentro de los abrigos y bolsos". Dicen que prácticamente no dejaron un día sin atender a la
clientela, salvo cuando los llevaron detenido, una vez a Longo y otra vez a su hijo Domingo, por
vender "textos eróticos". Uno de los pecaminosos títulos que incautó Moralidad Pública fue "Fanny,
una mujer ardiente. Una novela histórica de libertinaje". Un texto al que las libreras homologan
hoy con la inocencia de Heidi. En otra oportunidad, escaparon por horas de las garras censoras de
la dictadura. "Un hombre hojeó toda una mañana el libro «Historia de las revoluciones», de
editorial Codex. Por la tarde lo vendimos y al día siguiente, aquel hombre entró, mostró su
credencial de policía y nos pidió el ejemplar. Por suerte ya no lo teníamos", dicen.
Todavía se lee en un cartel al fondo de la librería la leyenda "entrada libre".
Dicen las mujeres que Alfonso Longo copiaba las "últimas ondas comerciales" de Buenos Aires. "Era
una invitación a entrar sin obligación de compra". La invitación, a casi cien años, no perdió
vigencia.