La ciudad

La complicada tarea de recuperar el tiempo perdido

Anécdotas de los especialistas cordobeses que llegaron a Rosario para reparar sus relojes monumentales. El desafío en la Facultad de Derecho

Domingo 01 de Julio de 2018

"Muchos rosarinos no lo saben, pero Rosario debe ser la ciudad del país con mayor patrimonio de relojes públicos", asegura Guillermo del Valle del otro lado del teléfono. Del Valle vive en Marcos Juárez, provincia de Córdoba, y está al frente de una de las dos empresas del país dedicadas a la fabricación y reparación de relojes monumentales. Poner en hora el reloj del edificio de la estación de ómnibus Mariano Moreno fue el primer trabajo que lo trajo a la ciudad hace poco más de un año y desde entonces no para. Ya completó la automatización de una decena de relojes de columna, ubicados en parques y rotondas. Y ahora se prepara para echar mano en el monumental artefacto del viejo Palacio de Justicia, actual sede de la Facultad de Derecho de la UNR, una máquina única en el país que lleva casi medio siglo olvidada.

En su perfil de WhatsApp, del Valle se muestra sonriente, fumando un habano, mientras con su mano derecha acomoda el segundero de un reloj de grandes números romanos. Es una costumbre, dice, cada vez que termina de poner a punto un reloj, sacarse una foto junto a la máquina, disfrutando de un habano.

Instantáneas como esa tiene muchas. Junto al reloj de la Casa Rosada, entre los engranajes del cronógrafo del Cabildo, del Centro Cultural Kirchner y en decenas de torres de iglesias y edificios municipales.

A su taller llegaron algunas piezas del reloj de la iglesia de San Ignacio de Loyola, primer reloj público colocado en la ciudad de Buenos Aires. También se crearon allí el reloj ubicado sobre el ingreso al anfiteatro de Jesús María, provisto de un jinete con su caballo que se muestra cada hora; el del edificio municipal de Zárate, donde los autómatas son una pareja que baila tango, y otro más que se instalará durante la próxima temporada en Traslasierra (Córdoba) con la imagen del cura Brochero bendiciendo al público.

Entre engranajes

Del Valle se define como relojero autodidacta y amante de esos artefactos creados por el hombre con la ilusión de domar el tiempo. Desde hace 12 años, junto a su hijo Alejandro, está al frente de Gnomon, una de las dos empresas del país dedicadas a la fabricación y puesta en valor de relojes monumentales.

En esa tarea, señala, combinan en partes iguales el rescate de antiguos mecanismos como el desarrollo de controladores asistidos por GPS. "Eso permite garantizar que todos nuestros relojes dan siempre la hora exacta, ya que los mecanismos chequean cada 20 minutos la hora expuesta con la hora satelital", dice orgulloso.

Con esa propuesta llegaron a Rosario para reparar el reloj de la torre de la estación Mariano Moreno. Hace pocos días terminaron de recuperar los diez relojes de la empresa Facar instalados en los primeros años de la década del 40. Y ahora, se encargarán de que vuelvan a moverse las agujas del reloj del pórtico del viejo edificio del Banco Nación, en el cruce de las peatonales.

"Empecé con esto cuando tenía apenas 10 años, rompiendo el reloj de bolsillo de mi padre"

"Lentamente vamos a ir poniendo en hora los relojes de Rosario", promete y destaca el patrimonio de relojes públicos de la ciudad. "Tienen una máquina creada por la misma empresa que hizo el famoso Big Ben de Inglaterra (está en la ex estación Rosario Central, actual Centro Municipal de Distrito Centro), tienen el único reloj del país como el de la Facultad de Derecho (ver aparte), hay iglesias con relojes bellísimos y también se conservan muchos de los relojes solares que donó Coca Cola en la época del Mundial '78, repasa.

Durante mucho tiempo, todos estos aparatos estuvieron tutelados por Alcides Cornier, un relojero rosarino que hace más de una década se propuso poner en movimiento a los relojes públicos de la ciudad. Con 83 años, ahora se encarga de fiscalizar los trabajos que llevan adelante los técnicos de Gnomon. "Es un aliado del que aprendimos muchas cosas", señala Del Valle.

Un oficio poco común

Muchos relojeros heredan el oficio de sus padres. Del Valle nació en una familia de abogados y funcionarios del poder Judicial, sin embargo dice que abrazó su trabajo desde niño.

"Empecé con esto cuando tenía 10 años, rompiendo el reloj de bolsillo de mi padre", recuerda. La fascinación al ver la armonía de todas las piezas que jamás pudo volver a armar, lo convirtió en un "apasionado" de los relojes.

Hace doce años decidió dar rienda suelta a ese sentimiento, fundó la empresa que conduce junto a su hijo y comenzó a coleccionar fotos desde dentro de las entrañas de los relojes públicos de distintas ciudades del país. Y a fumar habanos.

—¿Cómo se ve el mundo desde adentro de un reloj?

—De una forma fascinante. Los relojes tienen una complejidad que no posee cualquier máquina. Además son mecanismos con los cuales el hombre fue resolviendo el desafío de medir el tiempo, de darle mensura al tiempo y dividirlo en días, horas, minutos y segundos. Adentro de un reloj se puede sentir que se puede detener ese tiempo.

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Por dentro. El histórico reloj de la Terminal, visto en su interior.
Por dentro. El histórico reloj de la Terminal, visto en su interior.


>>> Un emblema en el ex Palacio de Justicia  

La recuperación del reloj de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario es una de las tareas que la Municipalidad encargó a la empresa de Jesús María. El artefacto que corona la torre del edificio del viejo Palacio de Justicia es una pieza única en el país, con un carillón de diez campanas que, según viejos relatos, podían dar las notas del Himno Nacional. El ex Palacio de Justicia fue proyectado y construido por el arquitecto inglés Herbert Boyd Walker en 1892, a iniciativa de Juan Canals. El reloj es una pieza única en el mundo. Fue fabricado en París y adquirido por Canals en 1890; de instalarlo en la torre se encargó el relojero belga Luis Van de Casteele, quien logró ponerlo en funcionamiento recién en enero de 1925. Lo más peculiar del artefacto, señala Guillermo del Valle, es su máquina francesa única en el país y su sistema de sonería formado por un carillón de diez campanas agrupadas por notas. Sin embargo, a comienzos de la década del ’60, cuando los Tribunales provinciales se mudaron a su nueva sede en avenida Pellegrini y Balcarce, el reloj dejó de funcionar a causa del desguace de sus piezas. Varias décadas después, en junio del 2013, y en el marco de las refacciones generales realizadas en el edificio, el maestro relojero Alcides Cornier logró reactivarlo de manera provisoria. A pesar de los esfuerzos dedicados durante cuatro años a la recuperación de algunas de sus piezas y el reemplazo de otras, la maquinaria nunca volvió a funcionar de manera óptima. Por el contrario, debido a la falta de piezas adecuadas, con el correr del tiempo fue presentando distintas fallas hasta quedar nuevamente fuera de servicio.

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