Desde siempre, la palabra villa estuvo asociada a bellas comunidades urbanas o campestres, y a elegantes residencias de propietarios pudientes. Sin embargo, de manera cruelmente irónica, los primeros asentamientos precarios o de emergencia en Rosario, que se establecieron a finales de la década del 40, fueron denominados villas miseria. Con los años se los llamó simplemente villas, como si al suprimir la palabra miseria, se les diera a dichos asentamientos mayor categoría urbana. Uno de esos barrios irregulares fue bautizado 1º de Mayo y estaba emplazado al norte de la calle Martín Fierro, a unas cuadras del río, en una zona que por esos tiempos tenía calles de tierra. Más tarde fue trasladado a lo que hoy es la popular Villa La Cerámica. El origen de esos conglomerados se debió a la inmigración interna de numerosas familias expulsadas por la miseria. Desde entonces se ha hablado hasta el cansancio de la erradicación de las villas; pero lejos de ello, la problemática ha desbordado los cauces de la razonabilidad. Se ha dicho que la solución pasa por generar fuentes de trabajo estables y bien remuneradas en aquellos lugares donde se genera el éxodo interno, para frenarlo por un lado, y por otro lograr que se revierta la situación. Pero una cosa es decirlo y otra es llevarla a la práctica. Las villas son el resultado de 70 años de equivocados caminos gubernamentales en un país que, paradójicamente, dispone de lo necesario para brindar una vida digna a todos sus ciudadanos.































