“Son momentos”. Una de las frases de cabecera de Russo. El de ayer no era un momento más. Al menos eso es lo que parecía. Reacomodarse en el torneo y erguir la cabeza era algo que se buscaba para fortalecer el ánimo. Eso está fuera de discusión. También lo está el hecho de que la necesidad de reencontrarse con una victoria iba a servir para empezar a enterrar los dos cachetazos que Central venía de sufrir (Tigre y Boca), con una eliminación de Copa Sudamericana que aún martirizaba. Hasta la vigilia política podía tener su espacio en ese combo. Con todo ello el Canalla pisó el Gigante. Y después de 90 minutos, en los que el verdadero y gran sostén futbolístico apareció sólo en cuentagotas, el objetivo se cumplió. De allí la sensación de que el triunfo por 3 a 1 ante Arsenal fue más terapéutico que otra cosa. Fue un lastre grande que se soltó, que seguramente todavía no archiva esos últimos malos recuerdos, pero que alivia bastante.
Observar de una manera distante el número final puede llevar al fácil ejercicio de pensar que para Central fue un trámite. Lejos estuvo de serlo. Fue más bien todo lo contrario. Porque hubo ataduras lógicas en esa clara intención de dar vuelta la página, que durante gran parte del partido ganaron protagonismo. Incluso en los momentos en los que el Canalla manejaba las acciones pero sin demasiada claridad. Y lo meritorio de ayer fue que no sólo se repuso de aquellos siete goles que había sufrido en apenas un puñado de días, sino que la superación incluyó ese cachetazo que Arsenal le propinó cuando el encuentro recién abría los ojos.































