"El sueño va sobre el tiempo/flotando como un velero/nadie puede abrir semilla/ en el corazón del sueño", canta Raimundo Fagner a dúo con Camarón de la Isla. Es parte de algunas de las canciones que traje de Fagner, quizás el más popular de los cantantes del estado de Ceará; como para ir abriendo campo, mientras desempaco en la posada de Canoa Quebrada, tras dos horas de viaje (140 kilómetros), desde el aeropuerto de Fortaleza hacia el sur.
Hemos llegado aquí junto a otros colegas, en un vuelo directo de GOL, desde Ezeiza (sale y arriba todos los sábados), como parte de un fam-tour organizado por la Embajada de Brasil en Buenos Aires. Ya han pasado las 10 de la noche y sigo colgado de los auriculares con la "Leyenda del tiempo", cuando caigo en la cuenta de que es hora de despojarse y conectar a tierra.
Sucede que arribando de noche, todo se vuelve más incierto, aunque previamente hayamos visto fotos y videos. Ahora, concretamente, espera una cena y ahí vamos, trasponiendo el arco de bienvenida de la rua Broadway, una peatonal sin complejos de pago chico, donde se concentran los restaurantes y pubs. La población de Canoa Quebrada es de unos 3.000 habitantes, pero se acrecienta con el turismo, presente todo el año. Esa mixtura le otorga un brillo muy particular, especialmente los sábados, donde la mayoría de la población, como en cualquier lugar del mundo, sale a vivir la noche.
Desde luego, en toda carta de menú se imponen los frutos de mar, tanto como la caipirinha o la caipiroska de sobremesa, aunque esta última resulta más tradicional y económica pedirla sin vueltas en los carritos ambulantes, instalados soberanamente en el centro de la calle.
La gente se ríe mucho aquí y en cada bar, un solista o un dúo, hacen covers de los clásicos brasileños; de tal modo que, a los pocos pasos que uno dé, la música se irá transformando como si se tratara de variaciones de una larga sinfonía tropical que sólo se apagará al final de la peatonal, con el sonido de las olas; y de regreso, volverá a remontar hasta el arco de bienvenida, cerrándose el grato mareo bien entrada la madrugada.
La mañana nace invariablemente redonda a las 5.30, con dos compañías solidarias que no lo abandonarán durante toda la estadía: el sol y la brisa. La temperatura va de los 22° a los 38° todo el año, pero los vientos marinos que se cruzan en este extremo del país morigeran la térmica. Claro que no hay que abusar, protección de 50 para la piel, cabeza cubierta y agua mineral para mantenerse hidratado.
El tercer aliado incondicional de este lugar es el buggy. La vida se verá desde allí, desde esa perspectiva sobre el techo de plástico y aferrados a la barra para no caer rodando en la primera curva. Estamos haciendo ahora un raid hacia el sur de dos horas hasta Punta Grossa, pasando por Majorlandia, Quixaba, Retirinho y Retiro Grande, entre otras playas. Cada una de ellas está protegida por una conformación rocosa de variada coloración y en la base de la barranca suelen verse las jangadas de los pescadores asentadas sobre las rocas, a la espera de la marea alta. Del otro lado, las olas verdes de algas llegan mansas sobre la fina arena, como si sintieran culpa por algo.
“Esto es reggae árabe”, dice el acreditado conductor Argelso y levanta el volumen del equipo como si se tratara de un momento crucial de la película que estamos viendo. Algo surrealista claro, porque acabamos de cruzarnos con una manada de cabras caminando como niñas perdidas por la playa. Al regresar a la base, nos encontramos con los parapentistas, que junto a las gigantes hélices del parque eólico son quienes verdaderamente usufructúan las ráfagas ascendentes, dándole al paisaje un toque algo quijotesco. Y es entonces el momento de meterse al mar, donde la temperatura va de 25 a 27 grados todo el año. Luego, claro, el agua despierta el apetito y para eso están los populares restaurantes que en poco tiempo serán trasladados por el crecimiento del mar a raíz del deshielo polar.
Entrada la tarde, vuelven los buggies y es para emprender el segundo raid por las dunas rumbo al complejo de tirolesas ubicadas a unos pocos kilómetros al norte de Canoa Quebrada. Esta vez sí, todo se torna más vertiginoso por la altura de los médanos y las caídas de las pendientes casi en forma vertical. Un verdadera montaña rusa, donde los pilotos dan muestra de su habilidad para maniobrar y frenar, y se comprueba el gran poder de ese motor Volkwagen que cada año, agotado por las exigencias, deben cambiar.
Ya en el complejo, tomamos dimensión del desierto que hemos atravesado y empieza el desafío de elegir una de las tres tirolesas allí instaladas para incrementar la adrenalina y llevarse como premio la selfie a la valentía. Es un momento lúdico, regresivo, algunos se empecinan como chicos y prueban en todas, hasta que el bolsillo los detiene. O bien son llamados por el guía, porque se acercan las 5,30 de la tarde y es cuando todos, como si formaran parte de una coreografía ensayada, se sientan sobre la arena para ver la caída del sol.
Son diez minutos de silencio, de meditación, como si se estuviera frente a un altar y Ra, el dios del sol de los egipcios, nos pidiera una plegaria por el día que vivimos y el que vendrá. Los fotógrafos nos dirán luego que fue el momento de mejor luz que tuvieron. Final aquí, nos vamos, sabiendo que ese breve tiempo compartido quedará para siempre en nuestras retinas.
Marchamos de regreso a Canoa Quebrada por otro camino sobre las dunas. Sorpresivamente, en la penumbra, se ve pasar a una tropilla de caballos y un colega evoca a Alterio gritando irónicamente: “La puta que vale la pena estar vivo”. De pronto, detrás de un médano, aparece un pequeño oasis. Se trata de una pequeña posada con un vergel, donde ofrecen comidas y bebidas. Probamos la melosca (caipiroska), de efecto retardado pero excelente y luego sí, en la oscuridad total, los motores inician el último tramo de la excursión.
Es una clausura veloz, por el ritmo que imprimen los buggies; pero al mismo tiempo prolongada, porque la noche nos impide ver el horizonte y medir las distancias. Sólo divisamos las estrellas, las constelaciones, el recorte blanco que la espuma del oleaje produce sobre la arena, con el mar ahora negro. Un telón que lentamente se va cerrando mientras dan vueltas como un juego de la memoria los retazos de la estadía que serán imposibles de relatar: la señora que bailaba sola frente a la iglesia de la rúa Broadway. El anciano talentoso ejecutando el triángulo mientras ofrecía sus productos. La pendiente de arena roja sobre la playa Lua y estrela. El complejo habitacional flamante e inerte por haber transgredido. El agua de coco y su pulpa, afanosamente rascada con un pedazo de cáscara. El movimiento de los dedos de la rendera con los husos bordando la tela para el récord. Las pestañas de la morena que colocaba los cascos en las tirolesas. La paella del restaurante del catalán. El aura del movimiento hippie que vive en una pintura. La vigencia del Dragón del mar, como líder del abolicionismo y de los jangaderos. La amabilidad que guarda la frase: “Entre, a casa é sua” o “¿pode repetir o que disse?”.