Cultura y Libros

La experiencia setentista

Un libro que acaba de difundirse da cuenta de la asombrosa vitalidad de los estudios sobre historia reciente en la Argentina. En el texto que sigue, extraído de su páginas, la autora ―rosarina, tal como varios de quienes participan en la obra― hace un recorrido por los primeros intentos de pensar el conflictivo pasado inmediato del país en el marco de la democracia recién recuperada.

Domingo 16 de Septiembre de 2018

El período de la reapertura democrática fue el telón de fondo del surgimiento de los primeros relatos que intentaron explicar el horror de la dictadura. El eje articulador de esas intervenciones fue la necesidad de dar lugar al testimonio como forma privilegiada de acercamiento al pasado reciente. Sin embargo, estas formas de testimonialidad que, alentadas por instituciones estatales como el ámbito de la Conadep o los juicios a las juntas militares, estuvieron centradas principalmente en registrar las dimensiones de la represión y el terror estatal. Así, el testimonio judicial fue la contraparte del abrumador silencio de las producciones de tipo académico, especialmente desde el campo de la Historia.

Por otra parte, ese proceso estuvo fuertemente condicionado por los discursos que buscaban explicar el horror por medio de una genealogía organizada en torno a la historia de la democracia y la república perdidas, donde las fuerzas intolerantes habían sido las que habían desviado el "natural" sendero de la sociedad argentina. En otras palabras, la violencia del pasado inmediato era situada como la negación radical de los fundamentos de la democracia (Pittaluga, 2007). Sin lugar a dudas, la versión más lograda de esos relatos se organizó en torno a la "teoría de los dos demonios", que en su manifestación ideológica (por lo tanto menos visible) asume el discurso militar y justifica su accionar en tanto respuesta "excesiva" al "terrorismo de extrema izquierda".

Así, con algunas excepciones, los primeros acercamientos a la lucha armada constituyeron ensayos permeados por ese clima, produciendo caracterizaciones, que aunque se postularan críticas, recalaron en formulaciones condenatorias de la lucha armada desde la exacerbación de valores asociados a la democracia formal y sus instituciones. Tal vez la más resonante haya sido la temprana intervención de Pablo Giussani, Montoneros. La soberbia armada 1984) que es, al fin de cuentas, el best seller que disparará muchos de los tópicos comunes que se retomarán más adelante, incluyendo lo de los dos demonios.

La nueva izquierda argentina. 1960-1980, de Claudia Hilb y Daniel Lutzky, sostenía que el fenómeno de la guerrilla debía ser analizado a la luz de la vieja problemática de la violencia en el sistema político argentino. En este sentido destacaban los componentes autoritarios de las organizaciones armadas en detrimento de una lógica política democrática. Surgida bajo el mismo clima de época y coincidente con la mencionada línea argumental se ubica la primera de dos significativas intervenciones de María Matilde Ollier. El fenómeno insurreccional y la cultura política (1969- 1973), centrado solamente en las organizaciones políticas de la izquierda peronista, particularmente Montoneros, señala que fue la lógica de la guerra la nota característica de la conflictividad social.

Desde una perspectiva diferente, Soldados de Perón. Los Montoneros (Gillespie, 1987) da cuenta del derrotero de Montoneros desde su mítico origen y el espectacular secuestro de Pedro Eugenio Aramburu hasta la progresiva desarticulación de la organización ya iniciados los ochentas. Una de las hipótesis centrales se propone explicar la creciente militarización de la organización, al mismo tiempo que centra parte del análisis en la contradictoria relación mantenida con Perón. Pese a algunas apresuradas afirmaciones, seguramente resultado de la simultaneidad de la edición del texto con el desarrollo de los hechos que analiza (la versión inglesa fue publicada en el año 1982), la obra del historiador inglés es ineludible y de gran valor historiográfico.

Hacia los años noventa es fácil constatar la preeminencia de intervenciones gestadas por fuera de los ámbitos académicos, aunque una notoria excepción a ello lo constituye el temprano abordaje de las Fuerzas Armadas Peronistas y el Peronismo de Base (Luvecce, 1993), un texto que retoma los planteos de Gillespie en torno al "peronismo alternativista" y el problema de la lucha armada.

Promediando la década emergieron un conjunto de aproximaciones provenientes de otros campos, tal vez más avezados en temas ríspidos y procesos aún abiertos, como el periodismo de investigación, la ciencia política, o los ensayos autobiográficos de los propios protagonistas, quienes fomentaron ―o se vieron fomentados― por la industria editorial.

Si el 20º aniversario del golpe (1996) presentó diferencias con respecto a las fechas anteriores, ese acontecimiento se relaciona con la aparición en escena de la agrupación H.I.J.O.S, no solamente porque en esa enunciación se materializaba la presencia de una nueva generación que se sumaba a las luchas por la memoria, la verdad y la justicia, sino ―y esto es lo fundamental― porque trajeron consigo nuevos interrogantes sobre el pasado; sobre la política y la militancia de la época de los sesenta-setenta.

Preguntas que habían sido elididas de los ámbitos académicos por considerarlas fuera de los




límites de la historia, preguntas que formaban parte de otro terreno ―surcado por las pasiones y exaltaciones propias de la política― y que habiendo sido consciente o voluntariamente excluidas de la agenda profesional (Pittaluga, 2007), emergieron subrepticiamente.

Hacia finales de la década se publica La creencia y la pasión de María Matilde Ollier que, en idéntica dirección a la que asumiera en su anterior obra, señala que el elemento constitutivo de la "izquierda revolucionaria" es la elección de la lucha armada como medio de intervención política y que la clave para comprender tal "radicalidad" debe rastrearse en el pasaje de la radicalización ideológica a la radicalización política, proceso que habría estado mediado por una fuerte vocación de intervención que empujaba a la militancia a traspasar el ámbito de la vida privada y entrar a la escena pública.

Resulta significativo que las líneas interpretativas que conllevan la idea generalizadora de "izquierda revolucionaria" o "nueva izquierda" como aquella fuerza que irrumpe en la sociedad a través de la violencia, y no establece en tanto categoría de análisis, diferencias cualitativas hacia su interior, dificultaron la percepción de experiencias políticas disímiles y la percepción de matices de una realidad compleja, dinámica, y en extremo cambiante sostenida en períodos de tiempo muy breves.

Con todo, la categoría "nueva izquierda" fue ampliando su marco de significaciones, dejando atrás su primera acepción en estrecha ligazón con la lucha armada como nota distintiva, e irá complejizando su uso para designar experiencias múltiples y diversas que por lo general no pudieron ser englobadas bajo la perspectiva asumida por los partidos políticos tradicionales. En esta dirección deben señalarse los trabajos que se propusieron dar cuenta del proceso de radicalización política de los años 60 y 70 rastreando sus orígenes en el derrotero seguido por partidos tradicionales como el PC o el PS (Tortti, 1999 y 2014) o la vía maoísta (Celentano, 2014), donde las repercusiones de "la "vía cubana" de la toma del poder y la persistencia del peronismo fueron el punto de partida de numerosos grupos radicalizados que ya entonces eran identificados como la nueva izquierda" (Tortti, 1999). Otras derivas de la categoría vinculadas a la cultura y los intelectuales fueron indagadas por Oscar Terán (1991). Finalmente se destacan las últimas exploraciones sociohistóricas que abordan los procesos sociales y políticos abiertos desde 1955 en adelante, destacando particularmente los intentos por articular socialismo, peronismo y revolución (Tortti, 2014).

Organizaciones armadas, política y militancia

Con el cambio de siglo, en un contexto de acelerada crisis social y política como lo constituyen los procesos de movilización popular de 2001, el interés por revisitar el pasado más reciente fue altamente estimulado, al mismo tiempo que es notorio el incremento en el consumo social de libros, películas y otro tipo de artefactos culturales vinculados a la historia argentina.

Por otra parte, debe señalarse la existencia de un conjunto de políticas públicas que ampliaron sustancialmente el presupuesto destinado a las áreas educativas tanto de las universidades nacionales como del Conicet, contribuyendo a desarrollar proyectos de investigación, becas, programas de estímulo a la investigación, etc., en diversas disciplinas, entre ellas la Historia (Bohoslavsky, 2016).

Finalmente, y como corolario de estos aspectos, señalamos la emergencia de un contexto social de escucha más permeable a revisitar viejos interrogantes sobre la militancia setentista en general y la lucha armada en particular. Precisamente se trata de abordajes que buscaron superar la indeterminación asociada al uso de categorías como "nueva izquierda" o los relatos y testimonios provenientes del campo de la literatura militante.

En suma, el cambio de clima que acompañó el inicio del nuevo milenio se constituyó en el terreno propicio para que proliferaran proyectos de investigación, congresos y jornadas, que buscaron problematizar nuevas formas de acercamiento a la experiencia de la lucha armada a través de estudios de caso concretos.

Por las sendas argentinas El PRT-ERP. La guerrilla marxista (Pozzi, 2001), es una obra que dialoga íntimamente con otras producciones y se propone reconstruir los lazos entre guerrilla marxista y clase obrera, vínculos que se hallaban ciertamente desatendidos por la historiografía. Dos han sido los aciertos de la intervención de Pozzi, por un lado destacamos su valor historiográfico en tanto la obra da cuenta de la historia del PRT-ERP que hasta ese momento se encontraba escasamente explorada, por otra parte, Pozzi retoma el debate en torno a la "militarización" planteado originariamente por Gillespie y continuado por otros y señala que para el caso del PRT-ERP: "La hipótesis es que no hubo militarismo como tal (lo militar guiando a lo político), pero lo que hubo fue una autonomización de los aspectos militares de la organización. La separación entre ambos aspectos, militar y político, los llevó a desarrollarse por carriles distintos donde a veces chocaban entre sí y a veces se complementaban. Así se fue dando una cada vez mayor separación entre las acciones de gran envergadura y el desarrollo de la organización y sus necesidades políticas. El resultado fue una impaciencia permanente que llevó a la organización, en el plano militar, a acelerar los tiempos más allá de las coyunturas y desarrollos políticos." (Pozzi, 2001: 222)

Por las sendas argentinas constituye una obra de referencia obligada para comprender la experiencia de la guerrilla marxista argentina en particular y un aporte al debate más general en torno a las organizaciones político-militares y la lucha armada en la Argentina.

En esta dirección, también los planteos de Marcelo Raimundo (2006) merecen una mención destacada. Raimundo aborda la experiencia de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) y de la izquierda peronista. Su enfoque indaga la vinculación entre organización política y clase obrera; o más específicamente, digamos que hay expresa una persistente preocupación por iluminar la relación entre línea política, lucha sindical y lucha armada, desde los orígenes (1968) hasta el año 1979 (momento de disolución de las FAP). Asimismo, en términos generales, los enfoques de Raimundo demuestran, a través de una serie de documentos internos, la profundidad de los debates orgánicos y la ligazón de éstos con el desarrollo de cierta línea política. En esa clave, señala el surgimiento de significativas reformulaciones a las concepciones ideológico-políticas que más tarde se expresarían en la existencia de dos líneas de acción hacia el movimiento peronista: los alternativistas y los movimientistas, conceptos claves para comprender la dinámica de las organizaciones armadas englobadas bajo las banderas del peronismo.

Con objetivos mucho más acotados, la obra de Gustavo Plis-Sterenberg (2003) es un enfoque singular que merece destacarse. Escrita desde los márgenes de la academia por un consagrado director de orquesta, es, no obstante, una investigación rigurosa y con una lograda estrategia narrativa. Plis-Sterenberg reconstruye el complejo mosaico de individualidades y acontecimientos que confluyeron en "la mayor batalla de la guerrilla argentina", al mismo tiempo que da cuenta de aspectos estructurales de la organización en el contexto político previo al golpe de estado de 1976 y explora sensiblemente los aspectos subjetivos de los varones y mujeres del PRT-ERP que llevaron adelante el intento de copamiento del Batallón de Arsenales "Domingo Viejobueno". Ciertos temas abordados por Plis-Sterenberg anticipan algunos de los debates más álgidos que se plasmarían pocos años más tarde en la Revista "Lucha armada en la Argentina". Entre otros, la moral de los y las militantes revolucionarios, "el culto a la muerte", y/o los "rasgos autoritarios" de las organizaciones político-militares.

Con la intención de rastrear los "orígenes" de la guerrilla en la Argentina, Ernesto Salas (2003) explora una temprana experiencia rural prácticamente desconocida por la historiografía, así Uturuncos. El origen de la guerrilla peronista (1959-1960) tiene la intención de establecer un diálogo con las experiencias posteriores aunque su contexto de desarrollo está más cabalmente vinculado a la resistencia peronista.

Por su parte y de la mano de una editorial de distribución masiva, llegaba a las vidrieras de las librerías Montoneros, El mito de sus 12 fundadores (Lanusse, 2005). Un trabajo que tal como se anticipaba en el enunciado del título, echaba por tierra una de las afirmaciones sostenidas por Gillespie una veintena de años antes en su emblemática obra y que nadie había reparado en discutir: precisamente el origen de la organización. Así, la hipótesis central de Lanusse demuestra que el nacimiento de Montoneros se debía a la confluencia de distintos grupos originarios diseminados por distintas provincias del territorio nacional y no a la gesta de 12 militantes que habían optado por tomar las armas en la ciudad de Buenos Aires.

Orígenes y derroteros diversos, la historia de "la principal fuerza guerrillera urbana que ha existido hasta la fecha en la América Latina" tal como Gillespie la describía a mediados de la década del 80, no podría ser abordada sin atender a las particularidades específicas de las regiones donde lograra finalmente un desarrollo cualitativo.

En este punto podría señalarse que los resultados de esta nueva oleada de investigaciones provenientes de la academia pusieron sobre la mesa dos cuestiones fundamentales: en primer lugar, que era necesario profundizar los estudios sobre las organizaciones político- militares (incluso aquellas sobre las que supuestamente se disponía de más información) y en segundo término, señalaron la necesidad de avanzar con los enfoques regionales y/o locales.

Efectivamente, promediando la primera década del segundo milenio, los enfoques en torno al fenómeno de la lucha armada encontraban un renovado impulso en una suerte de clímax intelectual y político.


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