Cultura y Libros

El día que los más humildes entraron juntos en la historia

En la recientemente publicada 14 de julio, el premiado narrador francés Éric Vuillard relata con poderosa intensidad rítmica la toma de la Bastilla en 1789.

Domingo 21 de Julio de 2019

Son pobres, muy pobres. Son muchos, demasiados. Y a su alrededor, los ricos son cada vez más ricos. Obscenamente ricos. Insoportablemente ricos. No puede durar.

Cualquier vinculación con la Argentina del presente que sospechara algún lector desprevenido resultaría errada. No se está hablando, en este caso, del aquí y del hoy, sino del ayer y del lejos. Es que a las librerías argentinas acaba de llegar la última novela del narrador francés Éric Vuillard (Lyon, 1968, multipremiado en el Viejo Continente). Y se llama 14 de Julio. Para los memoriosos que aún quedaran en este mundo que pierde crecientemente la memoria, esa fecha del legendario año 1789 se produjo la primera gran irrupción de las masas en la historia: la toma de La Bastilla.

Ágil, amena y bien narrada —con sentido del ritmo, inclusive, que resulta tan inusual en esta época de prosistas pasteurizados—, esta novela se leería de un tirón si no fuera por un obstáculo insalvable para los argentinos: fue traducida en España. Y entonces, al sufrido consumidor de ficción nacido al sur del sur le resultará inevitable apelar a la solidaridad del diccionario (el viejo y querido mataburros, como rezaba el lunfardo) para despejar las numerosas incógnitas que siembra un texto plagado de vocablos ultracastizos. Ahí va una breve oración como muestra: "La cisterna bien repleta, se levantaron bamboleándose, la sesera hecha un pudín, zumbados, las lentes de piel de salchichón y mascaloteando como vacas". En fin. Hecha esta salvedad, el paciente lector que haya atravesado ileso semejante jungla (y mientras se entera, por ejemplo, de que "pimplar" significa, para nuestro traductor de turno, beber vino) se habrá encontrado con un relato al que no le faltan méritos literarios. Y que, además, se sumerge con pasión en lo más hondo de la epopeya humana.

El protagonista de esta historia, cabrá aclararlo, no es uno sino muchos. El protagonista verdadero es la multitud. Esa multitud compuesta por decenas, cientos, miles de Charles, Pierres, Jeans, François, Rogers, Antoines, Théreses, Maries, Louises, Catherines, Anne, Jeannes, Genevieves, Elisabeths, Madeleines, Gabrielles, Juliennes y Marguerites.

Esa multitud de carreteros, carpinteros, toneleros, tapiceros, recaudadores, herreros, aguadores, cerrajeros, zapateros, labradores, panaderos, profesores, doradores, techadores, bauleros, fruteros, porteros, jornaleros, peones camineros, caldereros, braceros, portuarios, albañiles, jornaleros, hojalateros, bomberos, tintoreros, sastres, aserradores, fabricantes de cordones, vendedores de clavos.

Esa multitud de costureras, obreras, pulidoras, alquiladoras de sillas, vendedoras de sombreros viejos, vendedoras de pescado fresco, vendedoras de bastones, de fruta, de alfileres, de cirios, de crestas de gallo, vendedoras de todo. Y también prostitutas, claro, que como en todas las grandes batallas del pueblo, son las que cuidarán a los heridos.

Vuillard dirige con destreza ese inmenso coro de anónimos, que sólo se bañarán aquel día en la luz de la historia antes de volver a las catacumbas donde nacieron. Pero no sin haber celebrado una victoria contra la desigualdad y la injusticia.

Ellos, todos ellos, al fin juntos, desembocarán en la inmensa fortaleza parisiense como un río justiciero para adueñarse de la eternidad. Como bien dice Vuillard, aquellos que estaban en el interior del ciclópeo edificio sentirán que los gruesos muros ya no los protegen, sino que los cercan. Y La Bastilla finalmente caerá, para el asombro y la felicidad de todos.

Los héroes desconocidos ya han sido olvidados. Sin embargo, alguna vez resurgirán. Quedan muchas Bastillas todavía.

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