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El bandoneón mayor de Rosario

Antonio Ríos recibió elogios de los más encumbrados músicos del tango, como Aníbal Troilo, que lo destacó como el mejor fueye del país. También Ástor Piazzolla era un gran admirador de su talento. Pero cuando alcanzó el éxito en Buenos Aires, prefirió partir hacia un destino oscuro.

Domingo 14 de Julio de 2019

La historia del tango es un entramado de misterios y leyendas. Desde el tiempo de extramuros hasta los salones del centro, su historiografía se ha encargado de exaltar a personajes e historias cargados de romanticismo. De esa estirpe es el bandoneonista rosarino Antonio Ríos. Estirpe que, por cierto, no se ciñe a ningún género, sino que convoca a los mejores sin discriminar foros. Vagabundo como Blaise Cendrars, libre como Julián Centeya e irrepetible como Charlie Parker, Ríos pertenece a un universo al que sólo tienen acceso unos pocos elegidos.

Desde pibe

Antonio Ríos nació el 13 de junio de 1917 en las inmediaciones de Salta y España, y al comenzar la dura década del 30 debutó en la orquesta de su maestro, don Abel Bedrune. Uno de los chicos con los que compartió filas por entonces fue Julio Ahumada, a quien deberíamos agregar al limbo artístico que apuntamos recién. Además, Ríos y Ahumada nos convocan de modo particular pues sus nombres representan lo más cabal de lo que se ha denominado Escuela Bandoneonística Rosarina.

En 1937, Antonio desembarcó en la Capital de la mano de Juan Rezzano, y el inmediato reconocimiento que le brindaron sus pares le valió la posibilidad de ser convocado por orquestas como la de Antonio Rodio. A ella ingresó como primer bandoneón y arreglador y compartió plantel con músicos de la talla de Tití Rossi, Jaime Gosis, Eduardo Rovira, Juan José Fantín, Luis Bonnat o Héctor Chupita Stamponi. Además, allí debutó en el disco como compositor —el 16 de julio de 1943— cuando con la voz de Alberto Serna registraron su tango Corazón, qué has hecho, con letra de Oscar Rubens.

Mientras tanto, Antonio formó parte de la legendaria pensión La Alegría, a la que llegó por recomendación de Enrique Mario Francini. Durante una etapa residieron allí, además de Antonio y el mismo Francini, tangueros de leyenda como Julio Ahumada, Armando Pontier, Emilio Barbato, Guillermo Uría, Argentino Galván, Alberto Suárez Villanueva, Enrique Munné o Alberto Allegro, además de otros tantos músicos provincianos que llegaban a Buenos Aires.

Luego se produciría el encuentro con el inolvidable Orlando Goñi, en cuya agrupación ofició de primer bandoneón y arreglador, además de tener que ejercer como pianista cuando al Pulpo Goñi “se le hacía tarde”. Luego Ríos, quien también había comenzado a realizar arreglos para la recordada orquesta de Edgardo Donato y para la Editorial Edami, fue convocado por el cantor Roberto Rufino como director de su acompañamiento. Debe destacarse lo significativo de este hecho, ya que Rufino era por entonces una de las figuras rutilantes del dos por cuatro en Buenos Aires. Actuaron en el Café Nacional y en Radio Belgrano, y realizaron giras por distintas provincias.

Luego, Antonio formó su propia orquesta con Pablo Lozano como vocalista. Sin embargo, la experiencia duró apenas ocho meses pues, persiguiendo su destino errabundo, en medio del éxito se trasladó a Bahía Blanca, donde estaba radicado su hermano Guillermo. Así era Ríos: tal vez, inexplicable.

El genio trashumante

En la ciudad del sur bonaerense desarrolló una destacable tarea docente (uno de sus alumnos de bandoneón fue Roberto Achával) e incluso volvió a formar orquesta. Pero pasado el año, decidió que era hora de marcharse. Así fue que desembarcó nuevamente en su ciudad

natal. En Buenos Aires se dijo entonces: “Su vuelta a Rosario se interpreta como un renunciamiento ¡al primer plano que le corresponde!”.

Así, emprendió otra vez la dirección orquestal e inauguró una nueva etapa no solo para su carrera artística, sino también para el tango rosarino. En compañía de su colega Omar Torres, que de modo coincidente también desembarcó en la ciudad a fines de la década del cuarenta, le imprimieron al mundo musical de Rosario un sello de originalidad y creatividad determinantes. Fueron pilares en la búsqueda de formas propias y en el abandono de las orquestaciones estándar. Por otra parte, amén de su probidad como ejecutantes, demostraron también gran pericia como arregladores.

Por otra parte, durante los primeros años de la década del cincuenta, la orquesta de Ríos impulsó y dio solidez a algunos de los más grandes músicos rosarinos de las décadas siguientes. Allí estuvieron figuras ilustres como Rodolfo Cholo Montironi y José Brondel en bandoneones, y Antonio Agri -después, ladero de Astor Piazzolla- y Norberto Auteri en violines.

El poeta del tango

Para 1955 la situación para las orquestas típicas era muy difícil. Mantener un gran plantel era cada vez más complicado y, por ello, se comenzaron a conformar conjuntos reducidos para facilitar las contrataciones. Así fue que surgió Los Poetas del Tango.

El conjunto estaba conformado por Antonio Agri en violín, Omar Murtagh en contrabajo, José Cacho Puertas en piano y el propio Antonio Ríos en bandoneón, arreglos y dirección. Como cantor, oficiaba Raúl Encina.

En lo musical, el cuarteto resultó un mojón ineludible en la evolución del tango de la ciudad. A los arreglos y la técnica impactante de Ríos, se sumó el aporte de ejecutantes de máxima calidad. No solo ganaron de inmediato el favor del público, sino también de otros músicos, que noche a noche presenciaban sus actuaciones.

Requeridos por el Sello Trío, grabaron tres discos, que contenían joyas como Amurado (P. Maffia-P. Láurenz), Orgullo criollo (P. Láurenz-J. De Caro), Mal de amores (Pedro Láurenz), Lo que vendrá (Ástor Piazzolla) y Griseta (Enrique Delfino), en forma instrumental, y Desorientado (Miguel Caló-Marvil-Oscar Rubens), el único que incluía la intervención del cantor.

Algún tiempo después fueron contratados desde Buenos Aires, donde realizaron actuaciones en la Boite King y Radio Belgrano. Las crónicas relatan que la presentación en LR3 se realizó a estudio lleno y con una cantidad de maestros que iban a ver nuevamente el genial bandoneón de Ríos. Entre los asistentes, por ejemplo, se encontraban Horacio Salgán, Ubaldo De Lío, Héctor Varela y Leopoldo Federico.

Entrando al derecho

Durante los años siguientes, y de nuevo en Rosario, Antonio conformó algunos dúos de bandoneón y guitarra con Carlos Peralta y con su cuñado Carlos Velázquez. Posteriormente, formó un dúo de fueyes con el Cholo Montironi e hizo giras por Santa Fe y provincias aledañas. Mientras tanto, con el agregado de músicos de la ciudad como el guitarrista Carlos Padula y el pianista Dino Cassano, acompañaron a un buen número de cantores, entre quienes estaban Rubén Galván, Oscar Juárez, Rubén Maldonado y Rubén Lenarduzzi.

Pero el mundo con el que Antonio había interactuado se iba diluyendo. El tango ya no tenía la presencia de antaño y las posibilidades laborales eran demasiado pocas. Y aunque la dimensión de su nombre le permitía cierta ventaja sobre sus pares, su impenitente bohemia lo llevaba a temporadas cada vez más extensas de retiro etílico.

En medio de todo esto, recibió un enorme reconocimiento cuando en 1970 Ástor Piazzolla lo convocó para la grabación de Recuerdos de bohemia (Enrique Delfino), con un arreglo especial realizado por el marplatense para cuatro bandoneones. Junto a Piazzolla y Ríos intervinieron nada menos que Leopoldo Federico y Rodolfo Mederos.

También por entonces comenzó a grabar en Buenos Aires con Roberto Grela en dúo de bandoneón y guitarra pero la serie quedó inconclusa debido a que Antonio, súbitamente y como ya era costumbre, dejó todo y regresó a Rosario.

Durante los años siguientes su nomadismo se agudizó. Pasó temporadas enteras en localidades como Corral de Bustos (Córdoba) o Firmat, a las que llegaba por alguna invitación puntual y se quedaba por largo tiempo. En Firmat, a poco de estar, Antonio se hizo habitué de un club donde solía tocar algo en el piano y tomar algunas copas. Un día crudo de invierno, llegó algo desabrigrado y un parroquiano le preguntó si no tenía frío. La respuesta del gran bandoneón quedó en la memoria popular: “Soy tan pobre que ni frío tengo”.

Durante sus últimos años, su actividad artística fue quedando limitada a pensiones de estudiantes, peñas o reductos puntuales de admiradores o amigos. Algún rincón de La Sexta también lo supo cobijar cuando el festín de la feria hería su fina sensibilidad artística.

Con su salud ya muy deteriorada, falleció en las últimas horas del martes 13 de agosto de 1991.

Con él, se había ido el pedazo más auténtico del corazón musical rosarino.

El elegido de Piazzolla

Antonio Ríos y Ástor Piazzolla se mostraron siempre una mutua y profunda admiración. En el texto principal ya hemos hecho referencia al reconocimiento del rosarino por la música de Ástor, pero debe destacarse que la cuestión también funcionaba a la inversa. Y eso ha quedado plasmado no solo en la citada convocatoria para la grabación del famoso arreglo especial de Recuerdos de bohemia, sino también en otros registros, como las cartas que el Gato (así le decían a Ástor) cruzó con Leopoldo Federico discutiendo la actualidad del tango y su futuro: “(...) Sigo enamorado de Maffia, Láurenz, Gobbi, Troilo, De Caro, Salgán y sobre todo vos, Leopoldo Federico... Te insisto Gordo, el tango no está muerto, son los tangueros los que lo matan... Yo insisto, en el cuarenta estábamos nosotros y nadie nos enseñó nada, y de toda esa camada de músicos fabulosos salimos nosotros. Arregladores como Galván, Artola, Pepe, Orquesta Buenos Aires, Caló mismo, Di Filippo, Ríos (el rosarino bandoneonista), Francini, Gosis, Goñi, Gobbi... que salieron a matar y mataron. Hoy si vivieran esos mismos estarían cambiando el tango, estoy seguro...”.

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