Declarar la guerra

Los periodistas Germán de los Santos y Hernán Lascano cuentan la historia de Los Monos, la familia de traficantes de droga que sumergió a Rosario en la violencia. Anticipo del libro que esta semana lanza Sudamericana.
30 de julio 2017 · 01:00hs

La gente se alineaba en una caravana que recorría incesante la estrecha calle bajo la luz soleada del mediodía otoñal. Requería paciencia abrirse paso entre la multitud hasta llegar a la casa sencilla, de dos plantas, a ambos lados del corredor pavimentado, motos y vehículos costosos de los que se acercaban a dar el pésame, entremezclados con la gente más pobre de esa lonja de terreno suburbano. El cortejo reunía personas de dentro y fuera del barrio, de toda edad, de todo aspecto, de toda condición, con las caras serias y fruncidas, que no hacían ruido pero hundían los ojos como navajas en todo aquel desconocido.

Un metro más allá de la puerta, en el interior de la casa, un hombre moreno y macizo de pelo enrulado, endurecido como un busto de bronce, recibe a los que acercan su saludo. Es el padre del muerto. Tiene otros ocho hijos, pero este era el más admirado, el más querido, el más confiable. El Pájaro, al que han matado hace diez horas a veinte cuadras de allí, había tomado un par de años antes las riendas de la familia y del negocio.

En la penumbra de la entrada a su casa, el Viejo Cantero menea la cabeza cuando cada persona se arrima a dejarle una reverencia de consuelo. Cada tanto con una palabra o un gesto mínimo da una indicación a colaboradores que ante la directiva parten resueltos a cumplir el mandado. Alguien que le merece respeto se le acerca, le estrecha la mano y le pide calma. Es curioso porque el Viejo parece sereno. Incluso cuando responde al consejo.

—Que‌ nadie me venga a hablar de nada. Estamos en guerra.

Ya saqué el ejército a la calle.

Afuera sobre la vereda, en la habitación donde reposa el difunto, en el silencio arisco del barrio tapado de marcas se respira la cercanía de algo anómalo. ¿Quién pudo siquiera atreverse a pensar en matar al Pájaro Cantero? ¿Cómo se puede concebir y ejecutar un acto así sin esperar que bajo el cielo se abra un tendal de cicatrices y se llenen de electricidad los cementerios de la ciudad?

Pero el cuerpo del hombre más fuerte de los barrios Las Flores y La Granada está ahí, despedido por centenares en la improvisada capilla ardiente en la casa de la calle Caña de Ámbar, sin evidencia en la cara cuadrada y serena de los tres balazos que le quitaron la vida.

Solamente una mente nublada de ambición o locura podía sacarlo del medio. Nadie podía imaginarlo, pero lo menos pensado a veces acaba por ocurrir.

La tarde anterior, el Pájaro había estado sentado frente a una mesa con mantel de hule, tomando mate con su madre durante horas en la casa donde ahora lo despiden. Cerca de medianoche le pidió que le planchara una camisa porque iba a salir. A las 0:30 de ese 26 de mayo de 2013, el Pájaro montó en su Peugeot RCZ descapotable gris y pasó a buscar a Eric Perea, un amigo del barrio. Primero se detuvieron en una estación de servicio de Arijón y Moreno, en una zona abierta de casas achaparradas cercana al Casino, y entraron en la cafetería. Allí, el Pájaro pidió una lágrima y Eric, una gaseosa. A los quince minutos se les unieron otras dos personas. Uno era su hermano, Ramón Ezequiel Machuca, conocido como Monchi, administrador de los negocios de la banda. Lo acompañaba Mariano Salomón, el Gordo, uno de los lavadores de plata de los quioscos del grupo.


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De los Santos y Lascano cuentan la historia de Los Monos, la familia de traficantes de droga que sumergió a Rosario en la violencia.

Se quedaron hasta las dos en el minimercado de la YPF. El Pájaro subió entonces al descapotable gris para ir a Yamper, un boliche del barrio Acíndar, construido en los años setenta para los operarios de la vieja acería. En el ambiente de la noche se dice que ese boliche es de Los Monos.

Salomón y Monchi encararon hacia Loft, otra disco, en el centro, mientras el Pájaro y Eric se quedaron un rato en el VIP de Yamper, en la planta alta, donde siempre tenían lugar asegurado. Ahí se juntaron con Guille, otro de los hermanos del Pájaro, Daniel Jesús Gorosito y Lisandro Mena. Miraban la pista repleta de gente bailando, apoyados en la baranda de arriba. Se quedaron hasta las cinco y decidieron terminar la madrugada en otro lado.

Tomaron por la avenida Ovidio Lagos para Villa Gobernador Gálvez, la ciudad de Pocho Lavezzi, pegada a Rosario hacia el sur. Iban como locos, con el fierro a fondo en el Peugeot con la capota abierta, complacidos con las promesas imaginarias del final de madrugada. El auto se detuvo frente a Infinity, un boliche en la colectora de la calle San Martín. Sacaron dos vasos de plástico y abrieron una botella de whisky.

El Pájaro estaba fresco en la humedad de la noche. Eran las 5:30. Frente a la disco había mucho movimiento. En un recodo lateral al portón azul del boliche, uno de sus amigos se había puesto a orinar. Repentinamente, un ruido de motor abrió un surco en el tiempo de la ciudad.

Daniel Gorosito le pasó al Pájaro un vaso y en ese momento empezaron a reventar los disparos. Al Pájaro se le resbaló el vaso de las manos y se cayó de costado al suelo. Eric se tiró de cabeza abajo del descapotable. Como en una alucinación, Gorosito advirtió el balazo que a Mena le entraba por el mentón y le salía por la boca. Uno de los sicarios se acercó entonces al grupo de amigos, desguarnecidos juntos al auto, y siguió tirando de frente desde unos cinco o seis metros. Los que pudieron salieron espantados. El tirador se aproximó al Pájaro, que estaba tumbado con la cara al cielo, y le hizo un tiro que le entró por el hombro desde arriba. Del piso se levantarían más tarde diez cápsulas de balas calibre 9 milímetros. En el juzgado, Gorosito contó que tuvo un roce en el brazo derecho y la cadera. Pero que con Mena la habían ligado porque estaban ahí y no porque fueran los buscados. Estaba claro que los disparos eran para el Pájaro.

Después de esa noche, a Gorosito quisieron matarlo dos veces. Lisandro Mena, el del tiro en el mentón, conservó la vida por apenas siete meses. Lo ejecutaron frente al Casino de Rosario el último día de ese mismo año.

Eric Perea, el amigo del Pájaro que se había apartado para orinar y casi fue rozado por el cuerpo del tirador, guardó una febril memoria de esos instantes. Al retornar junto al grupo advirtió al Pájaro y a Lisandro desde un metro, cuando ellos ya estaban caídos. Al darse vuelta, sus ojos se cruzaron con los del sicario, por lo que salió corriendo y se tiró cuerpo a tierra. Escuchó cinco tiros más que daban en el suelo y en los autos que estaban pegados a él. No le pasó nada.


Este chico fue el único que pudo dar una descripción del atacante. Un tipo de contextura robusta, un metro sesenta y cinco de alto, con una campera azul con capucha. Dijo que salió corriendo para la calle sin dejar de tirar y se subió a una camioneta Ford EcoSport gris, que salió a toda velocidad conducida por otra persona.


Varios miembros de la familia Cantero aparecieron allí como si hubieran adivinado un mal augurio. En un instante, el Pájaro fue cargado en brazos por Rubén, su tío, quien lo acomodó en el asiento trasero de un Fiat Uno gris para llevarlo al Hospital Roque Sáenz Peña. A Lisandro lo metieron en el Peugeot del Pájaro, que salió chirriando con igual rumbo. Al costado estaban las hermanas del Pájaro, Macarena y Elizabeth, en el Chevrolet Cruze de Macarena, al que subió Eric también para ir al hospital.


A Mena y al Pájaro los trasladaron al Hospital de Emergencias Clemente Álvarez —el de mayor complejidad de la ciudad y conocido como el Heca— porque las heridas de ambos eran serias. Por el Pájaro no había mucho más que hacer.


A las 6:05 de esa mañana aún sin clarear sonó el teléfono del Viejo. Era su hijo adoptivo, Monchi, hermano de crianza del Pájaro. Sus aparatos estaban interceptados por orden del juez que investigaba el asesinato de Martín Paz, el Fantasma, ocurrido ocho meses antes.


—Máximo,‌ hirieron al Pájaro.

—¿Cómo? ¿Ahora?

—Sí,‌ yo no estaba justo en el baile ese. Ahí estoy llegando al Heca. Lo llevaron para ahí.

—¿Le‌ pegaron un tiro?

—Sí,‌ no lo vi yo. Los pibes me avisaron y me vine para acá.

—¿Adónde‌ le pegaron el tiro? ¿No sabés?

—No‌ sé, supuestamente le dieron un par en las gambas y uno atrás de la oreja.

—¿Y‌ no saben quién es?

—No,‌ no sabemos, los pibes dicen que desde una moto, después dicen también que una camioneta, otros que un auto.

—Ahora‌ la mando a la Cele, que la lleven allá. Esperala que ahí va.

—Sí,‌ la mandé a buscar.

Hay una aglomeración de motos y autos en la puerta del Heca, sobre la ancha vereda de Pellegrini y Crespo, donde se amontona gente. Las cámaras externas del mayor hospital de la ciudad captaron el andar nervioso de las personas del clan y los autos en los que llegaban. Estaban Guille Cantero y sus hermanas, el Gordo Salomón, el Gitano Andrés Fernández, el Ema Chamorro. Algunos se abrazaban, otros daban pasos inútiles en un silencio ensimismado, Monchi permanecía inmóvil y pensativo. Una chica de campera negra y pelo rapado, Laura, no contenía los sollozos. Los Cantero estaban habituados a manejar cada acontecimiento a voluntad, pero este momento no lo controlaban. Cuando el jefe de quirófano salió a dar la noticia, despuntaba el alba.

—Sí, Monchi.

—Ey,‌ murió el Pájaro.

—Fijate‌ la Cele, Monchi.

—¿Cómo?

—Fijate‌ la Cele.

—Sí,‌ sí, estamos con Guille, la estamos esperando.

—Dale.

La Cele es Patricia Celestina Contreras, la madre del Pájaro, la mujer que había criado a Monchi, la autoridad del hogar. Andariego, mujeriego, indócil a cualquier rutina, el Viejo estaba separado de Cele hacía diez años, aunque la visitaba casi todos los días. Guardaba por ella la clase de respeto profundo de quien supo compartir las mejores buenas y las peores malas. La Cele es la palabra reverenciada e indiscutida de la familia, la persona a escuchar y, por ello, la destinataria del mayor resguardo.
A media mañana, a los familiares les entregaron una caja con las pertenencias del Pájaro. Un pantalón de jean azul, una camisa negra, un par de zapatillas Nike negras y rojas, unos zoquetes blancos y un anillo de color dorado con la inscripción de San Benito, al que se le atribuyen poderes de exorcismo y defensa contra maleficios de todo género.

Lo que parece imposible también puede pasar. La ciudad se desperezaba con una novedad inverosímil. Habían matado al Pájaro Cantero, el jefe de la banda Los Monos. Un hombre al que le gustaba moverse a distancia de las bravuconadas feroces de los suyos, un multimillonario que no estaba inscripto en ningún organismo tributario, que solo tenía una vivienda a su nombre y que no había cumplido los 30 años.

El Pájaro tuvo un final más acorde con todas las historias que se contaron en la calle que con las que fiscales y policías pudieron probarle. Su prontuario condensa en una sola hoja tres anotaciones por las que nunca mereció castigo. Una infracción por una apuesta clandestina del año 2002, una tenencia ilegal de arma de fuego y una participación en un homicidio por el que fue juzgado pero absuelto en 2011.

Esa capacidad elusiva era una de las facetas del poderío armado por su familia: la aptitud de corromper a las fuerzas de seguridad no solo para comprarles tolerancia sino para sostener sus negocios gracias a la información policial. Y la destreza de sus audaces abogados, expertos en sacarles partido a las grietas y la ineficiencia del sistema judicial.

El estruendo que provocó la ejecución del Pájaro no condice con su historial de antecedentes penales, sino con otro no escrito en ningún sitio oficial. El del hombre que supo ser sin llamar la atención, moviendo los hilos de una violencia concreta y brumosa instalado en sus márgenes, corrido del centro de los hechos pero siempre presente en ellos.

También tuvo el rasgo que iguala a cualquier ser humano: no ser una sola cosa. Surgido de una familia marginal y cruenta se había convertido en millonario. No tomaba drogas y casi no probaba alcohol. Era generoso con sus amigos y tímido hasta el sufrimiento. De pocas palabras y jamás provocador, aunque perfectamente capaz de hacer daño.

Por encima de cualquier descripción, el Pájaro es el timonel que endereza a la banda cambiando de la pura violencia a la violencia necesaria. El cobro de peaje, la usurpación de viviendas o las extorsiones eran negocios rudimentarios basados en una brutalidad vehemente y continuada. El Pájaro entendió que la plata grande estaba en la venta de drogas. La expansión de esa actividad y el acuerdo con la policía le garantizarían un reaseguro territorial que ya no precisaría de una violencia permanente para expandirse. Con la policía comprada, los vecinos no tendrían a quién acudir. Esa asociación los consolidaba como dueños de la calle a la vez que mantenía en calma a esos barrios duros. ¿Quién se iba a atrever a afrentarlos?

Esa importancia que les imprime el Pájaro a los suyos no solo arraiga como un rasgo de la actividad comercial, también es identidad. Cuatro meses después de que lo maten, el perfil del Pájaro en las redes sociales seguirá activo, con retratos que van cambiando, como si él siguiera ahí. En septiembre, varios amigos saludan una nueva foto subida al perfil, pero un intruso del sitio, probablemente un policía, decide patear el hormiguero. "Bien muerto está", escribe. La primera en plantarse es Mariana Cantero. "Hijo de puta, ojalá maten a toda tu familia", le dice. "Todo se da vuelta y ya lo vas a ver. Somos narcos con orgullo y así vamos a morir".


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