Cartas de lectores

Las comunidades terapéuticas

Domingo 14 de Abril de 2019

Los tratamientos para drogadependientes en nuestro país requieren de un abordaje específico que está fundamentado en la historia reciente de esta problemática. Estamos hablando de una patología que nunca fue abordada seriamente por las áreas profesionales y sí fue entendida y encarada por adictos que lograban rehacer sus existencias sombrías, además de líderes y laicos de iglesias cristianas. Esta es la realidad de los últimos 40 años en nuestro país. Si bien había algunos esfuerzos desde la clínica tradicional como FAT, Gradiva, y en algunos efectores gubernamentales, el primer paso definitivo lo dio Carlos Novelli con el Programa "Andrés" a mediado de los setenta. Allí en una convivencia y hermandad espiritual se comenzó a gestar el movimiento posterior de comunidades terapéuticas en el país. Junto al "Tano" estaban sus compinches de drogas (entre ellos Enrique Vivas), que iban cambiando hábitos y teniendo responsabilidades organizativas, además de los hermanos de las iglesias que apoyaban desde sus lugares solidarios. Con el tiempo y a mediados de los ochenta, luego de participar de congresos y experiencias e intercambio con comunidades terapéuticas de Italia y EEUU, Novelli adaptó la modalidad a nuestro país con la primera comunidad verdaderamente terapéutica en Diego Gaynor. A partir de allí se visibilizó este nuevo dispositivo específico, al principio con líderes, luego con operadores, y más tarde con la incorporación de profesionales conformando equipos multidisciplinarios. De esta primera experiencia nacen los líderes y comunidades que empiezan paulatinamente a dispersarse por la provincia de Buenos Aires y Santa Fe, para luego extenderse por algunas provincias más. Ya en el año 1990 se crea la Sedronar y las comunidades extienden sus actividades interactuando de forma armoniosa con un Estado que pareciera que pone a la problemática en un lugar necesario. De todas maneras, aún hoy las comunidades terapéuticas estamos a la deriva en cuestiones básicas como habilitación, reconocimiento de los recursos humanos, aranceles acordes al servicio prestado, requerimientos edilicios absurdos, y seguimos cargando con la estigmatización de algunos sectores "talibanes" que nos consideran "sospechosos" y "hechiceros", cuando en realidad fuimos las comunidades terapéuticas las que a través de nuestra coherencia solidaria y profesional abordamos esta problemática cuando la salud pública le daba la espalda alevosamente. Por esto planteo que cuando la ley de Salud Mental incorpora en el artículo 4 las adicciones en su concepción, no entiende la especificidad que requiere esta compleja problemática, y olvida los miles de casos que han llegado a nuestros centros de admisión y han podido reinsertarse a la vida cotidiana y social desde un lugar distinto con la intimidad conquistada. En definitiva, somos lo que fuimos construyendo y desconocer la historia es riesgoso para el desarrollo de una tarea tan humana, misteriosa y apasionante. Pues pensar esta problemática desde los escritorios, la letra fría, las conveniencias políticas, los negocios sombríos y el egoísmo profesional es abyecto. En conclusión, aquellos sujetos que andan perdidos en sus dependencias diarias y tumultuosas, junto a sus familias aletargadas, serán las victimas que perecerán en una sociedad cada vez más hostil y vacía.

Osvaldo S. Marrochi

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