Resulta difícil abordar en breves líneas un tema tan sensible y trascendente para la humanidad. Me refiero al artículo aparecido en La Capital del martes 12 sobre el empleo de la tortura para obtener confesiones en prisioneros de guerra. Con la abyección y cinismo proverbiales a los que nos tiene acostumbrados Estados Unidos, se anuncia que el Pentágono, por boca de su asesor legal, general Hartmann, pedirá la pena de muerte para los acusados presos en Guantánamo, a quienes presuntamente les fueron arrancadas sendas confesiones mediante publicitados y pormenorizados métodos de tortura. Los autores "intelectuales" y "materiales" del brutal ataque del 11 de septiembre (de dudosa motivación y autoría, que yo repudio) serían castigados con la pena máxima, de cuya aplicación se jacta "el gran país del norte". Me pregunto ¿hasta cuándo nuestra humanidad contemplará este cínico proceder de un país que acumula la mayor cantidad de crímenes de lesa humanidad a partir de su larga historia de discriminación racial e imperialismo político y económico, y que fue la usina más poderosa de intervenciones armadas, golpes de Estado y asesinatos políticos? Recuérdese la tristemente célebre Escuela de las Américas, una confesa escuela para cuadros especializados en desestabilización y crímenes políticos. Y además: ¿permanecerán impunes por el resto de los tiempos los mentores y ejecutores del desastre atómico de Hiroshima y Nagasaki cuando la guerra estaba a punto de terminar con la derrota del eje germano-nipón? ¿Quedarán impunes quienes volcaron centenares de miles de toneladas de explosivos y napalm sobre poblaciones inermes de Vietnam? ¿Hasta cuándo en Irak? Invito al lector a preguntarse, como yo: ¿quién acusa a quién?



























