Alfredo Guido

El realista inquebrantable

La valoración general de la vasta obra de Alfredo Guido (Rosario 1896-Buenos Aires, 1967) no impide subrayar algunos aspectos que la singularizan. Por un lado, el carácter polifónico de su quehacer en el mundo del arte, visible en el conjunto de actividades y prácticas que abordó.

Martes 17 de Noviembre de 2020

Baste mencionar su magistral recorrido por las formas tradicionales del dibujo, el grabado y la pintura; su incursión en la realización de cerámicas, objetos y muebles, así como de vitrales y escenografías; su aliento y participación en proyectos culturales y emprendimientos editoriales significativos; su dedicada labor de ilustrador de libros y revistas, además de la escritura y la docencia que lo ocuparon largamente en Rosario y Buenos Aires. Por otro, el despliegue de un ideario americanista inspirado en los escritos de Ricardo Rojas y compartido con su hermano Ángel, que activó con sus viajes por los países andinos y expresó en líneas editoriales de “La revista de El Círculo”, así como en series de aguafuertes, dibujos y pinturas, otorgando un sello peculiar a Rosario en los años veinte.

En ese marco debe inscribirse La chola, un óleo de gran formato en el que una mujer reclinada y desnuda condensa preocupaciones americanistas, fusiones hispano-indígenas y estudios del arte europeo; con él obtuvo el primer premio en el Salón Nacional de 1924 y a partir de ese evento devino en un cuadro tan celebrado como discutido. Junto a las dos cuestiones antes señaladas, la frecuentación y el dominio de la pintura mural constituyeron sin duda, otro rasgo distintivo de su producción. Las telas pintadas con las que envolvió en 1927 la sala principal de la casa de Teodoro Fracassi, ubicada en la intersección de las calles San Luis y Rioja y proyectada en estilo neocolonial por Ángel Guido, le permitieron compendiar experiencias: las de la travesía por el altiplano andino y la observación de los pueblos y costumbres indígenas, y las del reciente viaje a Europa que lo impulsó a una paleta más intensa, exacerbando las pinceladas prolongadas y los ritmos lineales yuxtapuestos. Un modo de trabajo que volvió a aplicar unos años después, cuando participó en la Exposición Iberoamericana de Sevilla con pinturas murales sobre las diversas regiones argentinas. Narró para esa ocasión la topografía y la vegetación de cada una, los recursos y los pobladores, los momentos de trabajo y descanso, de recogimiento y algarabía; un mundo privilegiadamente rural y armónico que dejó lugar a fragmentos del paisaje más urbano e industrial del Litoral; un país imaginado con tradiciones arraigadas y un próspero destino que, desde 1936 y por gestiones del propio Guido, se emplazó en la biblioteca de la Escuela Normal N° 2 Juan María Gutiérrez.

Si los murales anteriores tuvieron como protagonistas a indígenas y paisanos del campo, otro conjunto mural incluyó la figura de los chacareros de origen inmigrante a propósito de la comitencia de Federación Agraria Argentina, institución que en 1927 acababa de inaugurar su edificio en la esquina de Mendoza y Sarmiento, hoy sede de un espacio cultural de la provincia de Santa Fe. El gran friso del salón dedicado al cine ostenta como figura central a Palas Atenea, flanqueada por un hombre con un haz de trigo y una mujer morena con frutos sobre su cabeza, expresando así vertientes de la nacionalidad de inspiración euríndica. Cuatro alegorías referidas a las letras y las artes plásticas, a las ciencias y la música, completan los murales de la sala donde resuenan los ecos del divisionismo y la impronta del art déco, muy diferentes en cuanto al tratamiento a los murales anteriores. Además, en ese año en que se cumplían tres lustros del Grito de Alcorta, concretó dos cuadros de gran tamaño investidos de drama social y de una representación realista no exenta de idealismo: Latifundium, donde un grupo de chacareros avanza frontalmente para cortar los tentáculos del pulpo latifundista y que la Federación Agraria de Rosario conserva en su sede actual, y Coro de labradores, el gran panel que sugiere una marcha de protesta con la entonación de una procesión o una rogativa y que desde 1940 se exhibe en el Museo Municipal de Bellas Artes Juan B. Castagnino.

Las pinturas murales y los cuadros de gran formato hasta aquí aludidos corresponden a los años veinte, un período de intensa actividad en Rosario en el que desarrolló ampliamente su oficio de grabador y la pintura de caballete. Sin embargo, Guido había iniciado su desarrollo profesional en la década anterior, destacándose por sus figuras y sus visiones del campo. En esos paisajes se había concentrado en los estudios del cielo y de los planos de la tierra, así como en la creación de atmósferas luministas acorde a los momentos del día y las estaciones. Todavía en los años sesenta recordaba los días de invierno en la chacra de un tío cerca del Carcarañá con los campos arados que parecían un gran mar de tierra violácea y que plasmó en varias pinturas, entre ellas Arando, un óleo de 1916 con franco clima espiritualista. Obras que remiten a su formación inicial en Rosario con Mateo Casella, ampliada y perfeccionada a partir de su ingreso en 1914 a la Academia Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires, lo que implicó que desde muy joven alternara su vida y su trabajo entre Rosario y la Capital. A partir de 1932, su rol como docente y director de la Escuela Superior de Bellas Artes Ernesto de la Cárcova lo requirió a tiempo completo en Buenos Aires, si bien siempre mantuvo lazos estrechos con su ciudad natal; desde esa nueva colocación expandió y difundió sus saberes manteniendo su inquebrantable compromiso con el realismo, al que a lo largo de su carrera se le fueron filtrando diferentes fuentes e inspiraciones. Las pinturas murales, que tanto lo habían ocupado en Rosario en los años veinte, volvieron a ser un foco importante de su trabajo en Buenos Aires en la década siguiente y más aún cuando su compromiso con el peronismo entre 1945 y 1955 le permitió participar con asiduidad en proyectos artísticos de envergadura de escala pública y privada. Y siempre acrecentando su labor de ilustrador y grabador y sin renunciar a la pintura de caballete.

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