Opinión
Miércoles 21 de Septiembre de 2016

Macri & Susana

El pedido del ojo por ojo es un camino equivocado; el recurso al que debemos recurrir es a la Justicia, ya que la venganza nos lleva a la muerte como sociedad. La única forma de escapar del estado de terror es aceptar las leyes y no transgredirlas.

Los argentinos solemos estar distraídos. Desatentos. Se indica que quien está desatento de algunas cosas es porque está atento a otras.

Hace algunos años, no muchos, una destacada personalidad argentina, Susana Giménez, se enojó "al aire", en su programa de televisión, por una agresión a una persona de su amistad, de su afecto. Lamentó el ataque y, muy enojada, pidió una resolución rápida de ese crimen.

Por cierto que, a estar de las informaciones policiales y periodísticas se trataba, efectivamente, de un ataque criminal.

Una suerte de venganza, eso pedía la estrella, soliviantada en sus afectos. Fueron muchos los que se alzaron en su contra con la simpleza de un argumento: recurrir a los códigos, las leyes y la sujeción a ellos. Una devolución rápida, mal por mal, ojo por ojo, no resultaba conveniente. Aún hoy no lo resulta. No es lo más acertado, es más, resulta totalmente desacertado.

Un caso reciente, de una víctima joven que persigue con su vehículo al delincuente que lo asaltó, lo choca, lo arrincona contra un árbol y luego lo aplasta es, en los hechos, un crecimiento de aquella intención de Susana.

Debemos, después del acontecimiento y esa conmoción social en la que derivó, estar atentos a la reacción popular. El pueblo cercano al joven homicida salió a la calle justificando su accionar, apoyándolo.

Hay, en toda la refriega, una proyección muy grande del inconsciente colectivo. No a la justicia, si a la venganza.

Debemos preguntarnos si estamos distraídos. Es evidente que Susana se encontraba atenta a sus asuntos y un crimen de alguien querido, una desgracia sin arreglo posible, la soliviantó. Cayó en la cuenta: en la sociedad suceden cosas, en su seno, de las que nada sabía o de las que, al menos, creía liberados a sus afectos. Pues bien: no, no es así. Le pasa a cualquiera, en algún lugar y en determinado momento; todas circunstancias ajenas a cualquier previsión.

No necesitamos buscar muchas definiciones de la inseguridad cuando estamos atentos a cualquier movimiento extraño para asustarnos y todo desconocido es un posible asesino.

La jurisprudencia, todos los pactos, al menos de Rousseau hacia el presente en nuestro mundo, estos es, en occidente, indican que el recurso es la justicia y que la venganza nos lleva a la muerte como sociedad.

Cada asesino, de la categoría que se quiera indicar, debe ser juzgado por leyes comunes, previamente aprobadas por todos. Y toda pena así resuelta debe ser cumplida.

La única forma de escapar del estado de terror es aceptar las leyes y no transgredirlas buscando venganza o empate.

No hay otro modo de juzgar los delitos, aún los de lesa humanidad, que bajo un estado de derecho, con justa defensa del criminal así sea evidente su culpa.

Cuando a un homicida se le toma afecto, al punto de entender que debe estar con su familia hasta que se lo condene, porque no tiene intenciones de fugarse, estamos saltando varias leyes, usos, costumbres, también destinos y ocupaciones.

Hay tribunales naturales para estas cuestiones y no es una estrella del espectáculo quien debe resolver un caso de asesinato, así lo suyo sea simplemente un anhelo porque el mensaje que trasciende es, justamente, ese anhelo. No es un presidente quien debe indicar de qué modo y en qué lugar esperará la sentencia un homicida, por más que los "focus group" indiquen que se le perdona todo porque la inseguridad trastorna y cambia el sentido de las cosas.

Los argentinos tenemos líos con los anhelos, la vehemencia y las distracciones que nos impiden discernir sobre el bien y el mal, sobre la culpa y el perdón. Nuestros delegados en el poder no pueden tener las mismas distracciones. El gobierno es nuestro delegado en el poder.

No estábamos mal de plata. Argentina, más allá de los informes de los economistas, al 10 de diciembre de 2015 no estaba mal de plata. La plata corriente, la que vemos en el supermercado. En el bolsillo de los argentinos había dinero. Es contrafactismo indicar que íbamos a Venezuela o peor, al "biafrismo" sudamericano. No es posible probarlo. Hasta puede ser verdad que nos íbamos a fundir irremediablemente, pero que había un santo remedio. Nada de eso es sustancia.

La sustancia es más clara e inobjetable. Estábamos mal de gestos claros, confianza y humildad. Estábamos con miedo a la muerte en cualquier parte. Sospechábamos que nuestros gobernantes eran ladrones y corruptos, teníamos una íntima convicción de su culpa pero no nos movió a cambiar de gobierno el dinero mal habido y los hijos ricos con dineros robados. Votamos un cambio en los modos, elegimos mayoritariamente un poco de paz. Un "cacho" de humildad. Queríamos que terminara eso que no cesa, el miedo a morir en cualquier parte el día menos pensado.

En Lomas de Zamora 17 muertos por cada 100.000 habitantes; en Rosario, provincia de Santa Fe, 12; en el país 6,6. Ese es el tema.

Detrás de los muertos los heridos, los mutilados, las agresiones, los arrebatos. Después, o mejor dicho antes, durante y después la droga y su doble carga, la corrupción económica y las neuronas deshilachadas. El país que se desarma.

Todo ciudadano citado por un juez debe ir a declarar con o sin pañuelo, con o sin inmunidad parlamentaria. Todo homicida debe ser juzgado pronto e imparcialmente. Todos los dineros deben justificarse, no hay ninguna droga buena ni corrupto simpático.

Tengo el derecho a pensar que eso es lo que se votó para el mandato que comenzó el 10 de diciembre de 2015. Y aclarar un punto: no votamos a Susana. Tampoco a las asambleas populares que salvan a los homicidas porque la justicia es lenta y mala.

Comentarios