Olímpicos rosarinos

Facundo Bagnis: de Armstrong a Tokio, tras la huella olímpica de Delfo Cabrera

El zurdo que nació en Rosario y se mudó pronto al pueblo en el que también creció el maratonista campeón en Londres 1948, cumplirá el gran sueño de su vida. La esencia y la inspiración.

Viernes 16 de Julio de 2021

En la localidad de Armstrong, a 95 kilómetros de Rosario, un espíritu surca las calles y los caminos rurales. Fue allí, donde hoy se cuentan unos 11 mil habitantes, con la tierra remolineando entre máquinas agrarias de los campos en los que iba a trabajar, por donde Delfo Cabrera transitó incontables kilómetros corriendo. Fue allí donde se empezó a forjar al campeón olímpico del maratón de los Juegos Olímpicos de Londres 1948 y el mayor orgullo deportivo de esta comunidad. Por eso, no hay posibilidad, si se crece por esos pagos, de no escuchar alguna vez historias de Delfo y su épica. Le pasa a todos y le pasó a Facundo Bagnis, quien disputará desde el próximo 23 de julio sus primeros Juegos Olímpicos, a los 31 años. Facu no es maratonista, sino tenista. Pero en su medida y a su manera pondrá de nuevo de pie a su pequeña ciudad ante la máxima cita del deporte mundial. Facu, en otras formas y en otros tiempos, estará siguiendo la huella de Delfo. Del que tanto le hablaron. Del que tanto se inspiró.

Es así. El espíritu olímpico está impregnado en Armstrong. Es curioso pero a la vez emotivo. Porque sus habitantes tienen la historia aprehendida, no la quieren soltar. Y es con ellos que vive, porque mantienen la memoria y los relatos, los mitos y las verdades que hacen circular. Facundo lo sabe. Por eso siente de manera tan especial su entrada a los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, en los que jugará singles y dobles junto a Diego Schwartzman. Y ni hablar de sus vecinos, que ya están todos prácticamente sentados frente a la televisión a la espera de que este zurdo, su orgullo contemporáneo, los siga haciendo sonreír.

Técnicamente Facu es rosarino. Vivió hasta los ocho meses en la Cuna de la Bandera, mientras mamá Fabiana terminaba de estudiar y después se trasladó a esta localidad en familia, con Enzo, el papá, hasta que se sumó al clan Camila, la hermana menor. Allí creció con ese espíritu de pueblo tranquilo en el que todos conocen a todos. De ahí, Facundo, que debe trotar el mundo para hacerse de sus objetivos en el tenis, casi nunca pudo salir definitivamente. Mientras tantos tenistas eligen locaciones súper cómodas para entrenar, él, el Torbellino, elige Armstrong para permanecer lo más que pueda y para recargar energías. Sólo cuando no le quedó otra se fue a hacer base a Buenos Aires, aunque no duró mucho. La cercanía con su gente es su esencia, entonces por ello Rosario fue, tiempo después, una casa posible en este contexto de proximidad. Se instaló 10 años para entrenar su tenis. Y para ir y volver a casa.

Facundito

El nombramiento de Facundo para los Juegos Olímpicos viene a completar los casilleros que más le gustan. Desde chiquito representó a Argentina en Sudamericanos y es campeón panamericano en singles. Jugar en equipo lo potencia. Por ello, la Copa Davis, torneo emblema en su deporte y esta cita multidisciplinaria máxima fueron por años su desvelo. Fue parte de la Davis en la última serie que se jugó en Colombia y si bien no le tocó disputar ningún punto, tachó el pendiente. Con los Panamericanos empezó a respirar ese clima olímpico que es un camino de ida para cada uno que lo vive. Los Juegos Olímpicos eran hasta el año pasado lejanos e imposibles. Pero su última temporada y media formidable, de crecimiento, de reinvención en el circuito y cercano a su mejor versión, lo fueron entusiasmando. No lo puso en palabras hasta que no oficializaron su nombre para ir a Japón. Aunque con la performance que tuvo en la gira sudamericana de marzo, más las perspectivas de ránking, empezó a creer. Y se permitió algo: le sacó la tapita a ese sueño guardado en el corazón, el de ser olímpico.

Estar en Tokio, para Facundo, será lo máximo. El, fanático de todos los deportes, se va a sentir como pez en el agua aunque en estos Juegos las restricciones de la pandemia imposibilitarán muchas actividades habituales en los atletas, como poder ir a ver a otra selección, a alguna estrella mundial, a compartir una mesa con el deportista más famoso o el más amateur o anónimo. Pero con él, en esa Villa y en ese contexto, renacerá el Facu de la infancia, ese nene bueno al que querían todos y al que no le daban los tiempos para hacer todos los deportes que quería hacer.

Arrancó con el paddle siguiendo a papá, pero el abuelo Julio, zurdo como él, le vio los dotes y le regaló una raqueta. Entre papá y el tío Nacho se turnaban para llevarlo a entrenar a la ciudad vecina de Las Parejas, e ir forjando al tenista. Aquellos tiempos fueron difíciles, porque se complementaban con el fútbol y ese número 8 que ordenaba a todos sus compañeritos un día tuvo que elegir entre una cosa y la otra. Fue por una de las disciplinas más solitarias y duras que hay, pero mantuvo ese espíritu grupal que lo hace sentir tanto cuando juega en equipo y sobre todo con la albiceleste. Cuenta él mismo y se ríe, como contemplando rareza, que siempre le costó ponerse a mirar partidos individuales del circuito de tenis. Si había que elegir, se sentaba a mirar un dobles, la modalidad más “compartida” dentro de su deporte. Hincha fanático de River, no sabe qué podría haber sido si no hubiese sido tenista. Pero sí supone que tenía muchas chances de ser futbolista. Por gusto propio y porque la mayoría en su entorno de amigos estaba en el fútbol.

FacundoB

A Facundo Bagnis le dicen Torbellino, por la fiereza con la que encara cada competencia y cada partido, y es contradictorio cuando pisa el afuera, donde transmite una calma y confiere una humildad de la que pocos pueden jactarse en este ambiente. Tal vez forjó esas virtudes eligiendo crecer en la tranquilidad de Armstrong, localidad pequeña de innegable espíritu pueblerino. Y la suposición toma peso porque se nota que la lleva a todos lados. Como lleva en la memoria esos relatos sobre Delfo que lo hicieron intrigar primero y motivar después.

Dicen que cuando Delfo decidió empezar a correr le dijo a su mamá: “Mire madre si no tiene aquí a otro Zabalita”. Se había iluminado con Juan Carlos Zabala, el otro oro olímpico del atletismo argentino (los únicos dos hasta el momento), quien vivió en Rosario y deslumbró ganando el maratón de Los Angeles 1932. Definitivamente, Delfo tuvo una inspiración, como hoy la tiene Facu, quien a su manera y en su época sigue esa huella. Y por ahí, quién sabe, tal vez en Tokio pueda sentir que alguien le palmea la espalda y le diga que no está jugando solo.

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