25 años de la Copa

El Ángel de la Conmebol

Don Ángel Tulio Sof fue jugador, pero se destacó como DT de Central en grandes equipos y cosechó 3 títulos.

Sábado 19 de Diciembre de 2020

Don Angel fue uno de los personajes más queridos y queribles de la historia de Central. Así, a secas. Sin el apellido. Como alguna vez le dijo un hincha que hace rato peina canas: “Para nosotros usted no es más Zof sino don Angel, así como Poy es Aldo, Bauza es el Patón y Russo es Miguel”. Y así como Kempes es el Matador, Palma es el Tordo, Cristian González es el Kily y Coudet es el Chacho. Nacido el 8 de julio de 1928 en una humilde familia de inmigrantes, don Angel era hijo del albañil italiano Antonio y de María. “Escuchaba a un médico especialista y decía que el puchero es la comida más saludable porque tiene todo lo que uno necesita para vivir. Entonces pensé: ¡pero cuando éramos pibes comíamos fenómeno, éramos bacanes porque la vieja le daba al puchero todos los días!”, me confió don Angel, entre risas, en la última entrevista que hicimos una agobiante tarde de enero de 2014, en el living de su casona de Fisherton, frente a la vía.

Hijo de tanos laburantes, don Angel aprendió de pibe varios oficios, desde albañil hasta boyero y vendedor de helados. “No teníamos nada. Mi único juguete era una pelota. Vivíamos al lado de la cancha de Estudiantes, nuestra casa daba a un arco y me despertaba con el ruido del primer pique de la pelota en el suelo, me levantaba y me pasaba todo el día jugando a la pelota”, recuerda sus días más felices.

“Estudiantes era un club que jugó en la Rosarina y le alquiló durante 15 años la cancha a Gatt y Chaves, que era una tienda famosa de esa época”, cuenta la historia del mítico nombre de la firma fundada por el inglés Gatt y el santiagueño Chaves. Y había una frase que la gente de entonces utilizaba cuando un jugador era un tronco, que don Angel recuerda como una pintura de época: “¡Andá a jugar a Gatichaves!” ¿Por qué había buenos jugadores por todos lados?, fue una de las preguntas en aquellas charlas futboleras en interminables sobremesas bien regadas que compartíamos con don Angel y el entonces redactor del Decano, el Negro Marasco, en las que alternaban su habilidad para el truco y los cuentos. “Porque en aquella época no teníamos otra cosa que la pelota y había huecos por todos lados. Los porteños le decían potrero, pero acá le decíamos el hueco, un baldío o un campito con una canchita donde jugábamos todo el día y hacíamos desafíos contra los pibes de la otra cuadra o de otros barrios”, abundaba el maestro de la redonda.

Don Angel jugaba de insider izquierdo, en épocas de equipos partidos al medio, donde los defensores no cruzaban la mitad de la cancha y no pudo hacer un gol durante su carrera profesional en Central. Una materia pendiente sobre la que discutían y se cargaban con el profesor Horacio Vigna, el preparador físico de la mayor parte de su carrera. Vigna, que había llegado a jugar en la reserva de Central como número 10, pudo jugar en primera un partido en el que hubo una huelga de jugadores, en el que la reserva canalla goleó a Racing 10 a 0, con un tanto suyo, un logro que le enrostraba a don Angel en cada discusión futbolera.

Rápido de reflejos, el Viejo no se amilanaba y salía airoso con una explicación bien de café: “¿Sabe qué pasa? Vigna llegó a jugar de 10 en la reserva de Central, pero inventó un puesto: él era un número 10 stopper” y se reía con ganas. Y sobre el gol de Vigna, también tenía una respuesta de barrio: “El gol de Vigna fue así: uno pateó al arco, Vigna estaba en el medio y la pelota le pegó y entró. Ese fue el gol de Vigna en la primera de Central”.

Armador de grandes equipos con su mano de artesano, don Angel buscaba jugadores de buen pie para construirlos a su alrededor. Así armó la Sinfónica de 1979, con el tucumano Héctor Chazarreta de 4, el Loro Gaitán de 8 y el Lalo Bacas de 10. Pero también tenía una gran defensa, con el Tuna Ghielmetti, Oscar Craiyacich, Bauza y el Chiquilín García. En 1988, don Angel confió a un cronista rosarino de un diario porteño en la cancha de Platense sobre el volante ofensivo Jorge Manuel Díaz que “tiene cosas de Maradona y la gente va a pagar gustosa una entrada para verlo”.

El sempiterno Omar Arnaldo Palma, uno de los mejores jugadores que vistió la camiseta de Central, era una de las debilidades de don Angel, quien lo hizo debutar en la primera final contra Racing de Córdoba, cuando el Tordo clavó un golazo desde fuera del área, en el arco de Génova. “Palmita, cuidesé, por favor. Coma bien, tomesé un tubito, pero uno solo, eh, y descanse bien”, era su consejo a uno de sus jugadores más mimados. Otro jugador fetiche de Zof era el Polillita Da Silva, un exquisito delantero uruguayo que descolló en Boca y en River y que también se consagró en la recordada epopeya de la Conmebol. “Ustedes tráiganme al Polillita, que yo con el resto me arreglo”, fue su frase elegida para conseguirlo.

“Don Angel manejaba muy bien la parte psicológica y me acuerdo que en la última práctica antes de la final de la Conmebol, en vez de jugar contra la reserva mandó a traer un equipo de juveniles de las inferiores, al que le ganamos 10 u 11 a 0. No importaba el rival, la cuestión era que los delanteros vieran que podían hacer un montón de goles”, confió esta semana el ex arquero Roberto Bonano a este diario.

A mediados del 95, el Chacho Coudet la rompió en un partido para Platense, en la vieja cancha de Newells, y un cronista de entonces le sugirió su nombre a don Angel como refuerzo. “Mire, yo lo voy a traer, pero si sale mal, voy a decir que usted lo recomendó”, fue la llamativa respuesta de Zof, que pareció perderse en el tiempo. Casi 20 años más tarde, en una entrevista, el mismo interlocutor le preguntó a don Angel si se acordaba de aquella respuesta que le había dado sobre Coudet. El Viejo miró para otro lado, puso cara de poker y remató: “La verdad que no me acuerdo. ¿Usted sabe que no acuerdo?”

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