Opinión

Prueba

Saquen una hoja. Hoy tomaremos "prueba". Había una suerte de código de buena leche, tácito. De la lección del día si, se podía, las de repaso, las que todavía no se llamaban trimestrales pero eran eso no, esas debían avisarse.

Lunes 11 de Junio de 2018

Saquen una hoja. Hoy tomaremos "prueba". Había una suerte de código de buena leche, tácito. De la lección del día si, se podía, las de repaso, las que todavía no se llamaban trimestrales pero eran eso no, esas debían avisarse.
Estudiar la lección del día tenía sus pequeños secretitos. Los primeros del abecedario y los últimos / últimos, por una cuestión menos de azar y mas de misterioso capricho, pasábamos al comienzo del año. Después a descuidar las lecciones. Al revés, los que no habían pasado al frente debían mantener mas cuidado con el olvido y la fiaca.
Las materias en aquel colegio, con bastante de siglo XX y un poco mas atrás, servían para que supiésemos de la Paz de Westfalia y la Guerra de los cien Años antes que del Imperio Inca y sus crueldades. A nosotros nos enseñaban la crueldad de Napoleón y su hermano, "pepe" botella y era divertido un Bonaparte borracho como parte del sistema de liberación del Imperio Español en aquella América de la cruz y de la espada.
Los borbones y los tudor no eran coñac o muebles, eran dinastías. Sabíamos poco y nada de José Gabriel Condorcanqui.
Aquellas pruebas eran manuscritas, birome y muy poca lapicera fuente. Eran tiempos que las capacidades de los bolsillos aparecían también en las lapiceras. Una Parker 51 era una señal. Siempre hubo señales de poder o, como dice Lucaks, el criterio estético lo define la clase dominante.
El capuchón "enchapado en oro", ejem, algo que nunca estuvo cerca de mis manos, salvo prestada un ratito, para ver como era. No eran de buena calidad las biromes de un peso y cada tanto la tinta se derramaba en algún guardapolvo, saco o campera. Segundas marcas nunca fueron buenas.
Las carpetas anilladas, de tapa dura, iban en las mochilas o portafolios cargados con los libros y ése cuaderno donde anotábamos los deberes, los programas, una suerte de primer agenda.
Ya fue toda una definición las hojas sueltas con los tres agujeros y abandonar la tiranía del cuaderno y el folio incorruptible. Una definición no. Una liberación.
Las pruebas eran con las preguntas delante y las respuestas, que no podían ser iguales, a continuación. Cinco preguntas. Un 10 el máximo. Sospecho que la numeración hasta el diez permitía una mejor división y un fraccionamiento menos culposo. Un 6,50 dejaba cerca de la eximición (con 7) y tranquilidad para llevar la prueba hasta la casa. Algunos exigían que en la carpeta de su materia estuviesen las pruebas. Una especie de libro de actas con los yerros y los aciertos.
Las mas terribles las de geografía y las de química. Fórmulas y montañas. Macizos y cadenas de carbono.
A la vuelta de los años y de muchas deliberaciones dos cuestiones quedan firmes. Se aprendían demasiadas cosas al cuete, pero quedaba un criterio firme: estudiar liberaba. No podíamos escapar de la prueba ni sostenernos en la enfermedad, el capricho y la igualdad entre profesor y alumno. Dábamos por sentado que el profesor sabía mas y que enseñaba como podía. Aprendíamos igual, como podíamos.
El mejor sistema para estudiar tenía relación con el almanaque. El que tenía buenas notas en las pruebas tenía un verano mas tranquilo. No encuentro, aún, un aliciente mas efectivo para el conocimiento que eso, unas buenas vacaciones. Ahora vaya uno a saber que pasa, apareció Disney World en la educación argentina.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario