Opinión

Pensión

En estos días he visto nuevamente el cartelito. Hay habitación para estudiantes.

Miércoles 02 de Mayo de 2018

En estos días he visto nuevamente el cartelito. Hay habitación para estudiantes. En la puerta de algunas casas antiguas, serias, de altas puertas, por el centro de la ciudad. El cartel está escrito a mano y no muy grande. Prolijo. Renovado.
Uno debía tocar el timbre, presentarse dando nombre y apellido y aceptar un interrogatorio informal pero a fondo. De donde venía, que estudiaba, si estaba solo o tenía amistades para estudiar, si tenía novia (novio supongo, pero no asistía a otros interrogatorios del otro sexo y cuidado, en aquellos años y aquellas casas, con habitación para estudiantes, los sexos eran dos y no se juntaban de ningún modo, no señor...)
Las habitaciones tenían una luz alta, un ropero angosto y una cama sin respaldo. Variante, una vieja cama con resortes en lugar de bastidores. Una mesa de luz, acaso una mesa pequeña y una, tal vez dos sillas. El baño estaba cerca y se compartía. En esta casa no nos acostamos tarde. Esa es la cocina, puede calentar el agua, no use calentador eléctrico. Si lo van a venir a visitar tendría que avisarnos. Se cobra adelantado. Si tiene algo que guardar en la heladera no hay problema, es grande y mi marido y yo no guardamos tantas cosas.
Para ir hasta su facultad el colectivo pasa por la otra cuadra, pero hay gente que va caminando. El joven que estaba antes, que ahora se juntó con una compañera y dejó la habitación, porque acá eso no se permite, iba caminando pero cuando llovía no.
El teléfono es para que lo llamen, si va a llamar avísenos a mi marido o a mi. El teléfono, lo recuerdo perfectamente, tenía un candado pequeño que inutilizaba el disco, porque eran teléfonos donde había que "discar" el número.
En la primera semana familiarizarse con los horarios y los ruidos de la casa y acostumbrar el cuerpo al colchón de goma espuma, no demasiado alto ni demasiado ancho. Una sola almohada. La cercanía del bar, la despensa, la panadería y el pensionado de señoritas en la otra cuadra.
En la mesa ése velador curvo que se encendía cuando estudiábamos y brindaba calor. Preparar el mate era un ritual que incluía tirar la yerba dentro del tacho y dejar limpia la bacha de la cocina, sin restos de yerba. Ni uno. Los lápices, la birome única y los blocks de apuntes y no subrayar los libros y/o los apuntes encuadernados que proporcionaban las agrupaciones estudiantiles.
El primer viaje de retorno al pueblo era con ropa sucia y poco dinero, acaso el último. Pocos cigarrillos si uno fumaba. El retorno con latas, alguna comida envuelta en servilletas y bolsas de polietileno y las camisas prolijamente dobladas, que mirá como las guardas, cuidalas que sos un desastre. Llevá jabón, secá la jabonera que así dura mas, no dejes que se te humedezca la cama, sacá la toalla al patio. Que tal es la señora. El mes que viene vamos nosotros para allá. Antes en el club del pueblo las preguntas eran todas una sola: cómo es la vida en la ciudad. La de cosas nuevas que estarás aprendiendo.
Esos sábados en la ciudad eran de cine club, de peñas, de fiestas de estudiantes y comidas baratas. Esta ciudad era esa que estaba creciendo dentro nuestro. Una amistad, dos amistades, un café donde debíamos encontrarnos y caminatas. Costaba recordar los nombres de las calles.
La vida del estudiante está alejada de la tierra y cerca de cualquier nostalgia grata. Tiene exámenes como bofetadas y comidas magras como esperanzas inusitadas. Siempre tiene una sorpresa y siempre hay una llave, para volver a una mínima cueva donde hay una cama y una luz en el pasillo y la puerta de entrada no hace ruido.
La vida del estudiante tiene una novela prestada de un autor que es lo mejor que leí en mi vida, leela y después me decís si no es extraordinaria.
A veces un hermano mayor, la hermana de una madre, una tía segunda, la prima del padre del vecino que dice que venga un domingo a casa que mi hijo tiene la misma edad y se conocen desde chiquitos porque en el verano lo llevábamos nosotros al club y él se debe acordar.
Una pensión es un sitio donde dejar el cuerpo un instante pero la vida del estudiante pensionado está fuera, como esas orquídeas colgadas de un tronco y sin raíces, que no precisan para florecer.
En estos tiempos, como en aquellos, los estudiantes son una parte desprendida del ayer y del mañana y habitantes de un presente infinitesimal que cruje cada instante. Se quedan, se van, suman a los fantasmas, derrotan los miedos, crecen en suspicacias, recuerdan con afecto y rencor la calle, la cuadra, el llavero de cuero engrasado, ajado, con la mágica llave de la cueva donde cada día se volverá a empezar. Hoy suman 120.000 matrículas. Un número despiadado.
La pensión es el sitio donde se alojan las preguntas, los estudiantes son una pregunta, una inquisición al mañana. Ese cartel no es mas que una clave. En esta ciudad hay una cuadra, en esa cuadra una casa, subiendo la escalera una habitación y en esa habitación el mañana como no podemos imaginarlo, pero verdadero. Cercano. Si la ciudad quisiera es una cosa. Si es hostil es diferente el pacto, el resultado. En las pensiones se construye lad memoria de la ciudad del mañana. Se insiste: como no podemos imaginarlo.

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